Posts etiquetados ‘Trashumancia’

Justo es vaquero trashumante. Guía al ganado desde las dehesas a la montaña.

Justo es vaquero trashumante. Guía al ganado desde las dehesas a la montaña.

Era la última vez, su último viaje. Se lo había prometido. Ésta sería la ocasión en la que por fin haría lo que cada año, uno tras otro, pensaba. Una y no más, no había vuelta atrás. Al mirar el color de los pastos, sentía calor. Al pisarlos, crujían bajo las botas, clavaban su aguijón seco y amarillo en la dura suela. El sol estaba peleón y aún la aguja chica no rozaba las diez. Al fondo y sin inmutarse, cuatrocientas vacas pastaban tranquilas, con la nostalgia con la que pastan las vacas. Y no eran vacas cualquiera. Eran vacas con pedigrí, vacas de pata negra. Reses que valían el desvelo de las noches al relente, de dormir sobre un saco o, en la mejor de las noches, sobre una suerte de colchón de mantas apiladas. Colocó la montura a su caballo, tensó la cincha, se caló el sombrero y posó su mirada en algún punto del horizonte. Echó un trago. Repetía el vaquero el mismo gesto que mediado junio venía repitiendo desde hacía veinte años. Así comenzó su viaje y así comenzó el nuestro. Tengo la suerte de haber crecido en un pueblo en el que a los niños nos permitían dar de comer a los cerdos, agarrar a los corderos al ser trasquilados, asistir a partos complicados de terneros, salir corriendo tras el gallo que te picó en el culo y cerrar los ojos al sentir el grito del cerdo en su matanza. Pero hasta este verano no he podido convivir con quienes pasan semanas enteras en el campo trasladando vacas desde las dehesas agostadas hasta las frescas cumbres. El último viaje del vaquero es para mí el primer viaje trashumante a una montaña cercana a mi infancia, de la dehesa extremeña a los agrestes picos de la Sierra de Gredos.

Acompañamos a 400 vacas en su camino trashumante

Acompañamos a 400 vacas en su camino trashumante

Los primeros kilómetros son los mejores. El estreno del camino aún no añora la propia cama, ni sabe de la sed o del polvo, ni de la incertidumbre que ocultan las nubes o el sol. El vaquero tiene por delante 300 kilómetros, con sus madrugadas y sus atardeceres. No va solo. Junto a él, el mayoral, los caballistas, cinco vaqueros curtidos a la sombra o a la intemperie y dos mozos aprendices de vaquero que cabalgan, teléfono móvil en mano, espoleando o sujetando las riendas de la caballería. Las reglas de la trashumancia han cambiado, las formas se han acomodado a los nuevos tiempos. El móvil silenció al silbido. El camión abarató los costes y la carretera asfaltada mermó el tiempo de traslado. En España hay nueve grandes rutas trashumantes, en teoría protegidas por la Ley de Vías Pecuarias. Las antiguas cañadas reales son pasto ahora de coches y de caprichos de alcaldes, administraciones públicas o particulares que han levantado en ellas gasolineras, casas, piscinas o cercas. Por suerte, aún hay ganaderos que tienen la espalda recia y que soportan diez horas diarias a caballo. Valientes que año tras año insisten en repetir el rito a pie. Han cambiado el burro y las alforjas por la furgoneta de alquiler para llevar los víveres. En la panza del vehículo caben el agua fresca, el vino, el chorizo cortado a navaja, el jamón con mucho magro y poca veta. Y en el camino, que se sabe cuándo empieza pero no cuándo acaba, hay lugar para la risa, para las confidencias, para sacar la guitarra y desmadejar la voz. La ganadería a la que acompañamos trashuma desde los tiempos en los que la mesta era sinónimo de poderío español frente a una Europa más proclive al desarrollo urbano.

Cabalgan semanas llevando el ganado a los pastos frescos de la Sierra de Gredos.

Cabalgan semanas llevando el ganado a los pastos frescos de la Sierra de Gredos.

El poderío de estos ganaderos es, ahora, trasladar el ganado a pie, más proclive al desarrollo rural. Encaramos la etapa reina del camino trashumante: El puerto del Pico, 1352 metros sobre el nivel del mar. Las reses suben por la calzada romana. El vaquero cuenta: una, dos, tres…, cuatrocientas. Si una vaca se pierde hay que parar, volver, buscarla para encontrarla, convencerla para que retome la senda. Las vacas -ya se sabe- tienen querencia. El vaquero se seca el sudor. Hace una semana que cabalga. Los últimos kilómetros son los peores. El final del viaje añora la propia cama, sabe de la sed y del polvo, de la certidumbre que ocultan las nubes o el sol. No hay sombrero que dé sombra.

En el Puerto del Pico, 1352 metros sobre el nivel del mar.

En el Puerto del Pico, 1352 metros sobre el nivel del mar.

Alcanzó la cumbre y nosotros con él. Tengo la suerte de ejercer un oficio que me permite vivir experiencias a veces casi extinguidas, para, después, contarlas. El cuento de este viaje se escribe gracias a quienes siguen apostando por el antiguo sistema de producción ganadera; a su paso se limpian los pastos, se abona la tierra, mueve músculo la res. Son ecologistas que no van de ello, ni lo pretenden. Aguantan la dureza de la tradición pese a que la regulación de la economía de mercado haya roto los mecanismos de la naturaleza. Llevar caminando las vacas durante semanas implica tal volumen de burocracia que a veces se hace más duro el papeleo que el pateo. Montarlas en un camión ahorra costes y tiempo pero eleva el estrés de los animales. Ahora que la pequeña ganadería ya no cumple con el viejo precepto de ser hereditaria, es muy difícil que el hijo de un ganadero continúe la senda paterna. Ya no hay quien retome o siga, salvo que vayan muy bien las cosas, una vida parecida a la de su padre, que recupere, que conserve.

En España hay nueve rutas trashumantes protegidas por la Ley de Vías Pecuarias.

En España hay nueve rutas trashumantes protegidas por la Ley de Vías Pecuarias.

Me hubiera gustado dormir al raso, sentir el relente, el frío, compartir el temor a que una vaca se escape, contar las cabezas antes de que llegue mañana, pero las normas de los presupuestos televisivos merman la economía del periodismo. Hay que apretarse la cincha, contar historias en el menor tiempo posible y con el menor coste. Como si fueras en camión.

Al mirar el color de los pastos, el vaquero siente frescor. Pisarlos mulle las botas, relaja la suavidad húmeda y verde en la dura suela. Es la ocasión en la que por fin hace lo que cada año, uno tras otro, desea. Al fondo y sin inmutarse, cuatrocientas vacas pastan tranquilas, con la nostalgia con la que pastan las vacas. El sol está peleón y aún la aguja chica no roza las diez.

Imágenes: Jose Antonio Julián.

Manuel es vaquero desde niño, lleva trashumando 25 años.

Manuel es vaquero desde niño, lleva trashumando 25 años.

La ruta trashumante en Comando Actualidad

 

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