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Ruinas de Palmira. Siria antes de la guerra.

Ruinas de Palmira. Siria antes de la guerra.

Viajé a Siria a finales de 2010. Tan sólo unos meses antes de que un grupo de adolescentes escribiera en el muro de Daara “El pueblo quiere la caída del régimen”. Era marzo de 2011 cuando aquella pintada, imitación de las primaveras árabes de los países vecinos, cambiaba para siempre la historia de un país que hasta entonces vivía de enseñar su historia.

Antes de que estallara la guerra civil que ha dejado más de 100.000 muertos. Antes de las manifestaciones. Antes de que seis millones de sirios se convirtieran en refugiados. Antes de los asedios de Baba Amr y Homs. Antes de la pasividad internacional ante los bombardeos contra la población civil. Antes del terror. Antes de la desesperación. Antes de que corriera la sangre de quienes pedían la caída del régimen. Antes de los funerales. Antes del ataque químico, conocí a Aimán. Licenciado en derecho, casado y padre de dos niños. Aimán vivía de mostrar las ruinas. Era guía turístico.

El desierto sirio, tierra de interminables llanuras antes de que seis millones de personas se convirtieran en refugiados.

El desierto sirio, tierra de interminables llanuras.

Con Aimán me adentré en las callejuelas de la Ciudad Vieja de Damasco. Descubrí la Mezquita Omeya, uno de los edificios más importantes del islam, donde acudían miles de musulmanes en peregrinaje desde hacía 3000 años. Con él escuché, desde el amanecer hasta el anochecer, la fascinante llamada a la oración del almuédano. Me perdí entre las columnas de Apamea. Saboreé los platos especiados en el zoco de Alepo y caminé las enigmáticas Ciudades Muertas de Siria.

Mujer rezando en la mezquita Omeya.

Mujer rezando en la mezquita Omeya.

Revisando aquellas fotos: las imágenes de una turista accidental pateando por las ruinas de un país convertido ahora gracias a la pasividad internacional -insisto- en un país en ruinas, siento una punzada de dolor. Ya nada en Siria tiene el color de aquellos diez días.

Ese impulso me lleva a compartir hoy el recuerdo de la sonrisa permanente de Aimán, aquella sonrisa que, volteando los ojos, se tornaba en gesto serio cuando le hacía la pregunta:

-¿Por qué el retrato de Bashar al Assad reina en cada calle, en cada comercio, en cada casa, en cada esquina si Siria es una república presidencial? Silencio.

La imagen de aquel tipo dominaba el país como si fuera su Mordor privado. Aquel tipo que llegó a la presidencia en unas elecciones sin oposición, a los 36 años, por lo que hubo que modificar la Constitución, que no permitía acceder al cargo a menores de 40.

Una foto de Bashar al Assad en cada esquina.

Una foto de Bashar al Assad en cada esquina.

Revisando aquellas fotos, reviso la oscura sensación que me transmitía el ojo de Bashar al Assad. Estaba en todas partes, era como si tuviera un espía reinando en cada ciudadano. Su sombra tenía la devoción de su pueblo. Transmitía que, en cualquier momento, entre el cuarenta y tres y el ochenta y ocho por ciento de la población podía estar en la nómina de su policía secreta. Miedo. El reinado del señor oscuro era tan extremo que parecía que la gente pudiera pensar que al Assad tuviera poderes sobrenaturales y descubrir al disidente. Pero no hay que exagerar, había gente que soñaba con la revolución.

La revolución soñada llegó. Y con ella la guerra. Y Siria llegó a los periódicos y a las primeras páginas de los noticieros. Bueno, no a todos. En España la cuestión siria no se cuela ni se ha colado, durante estos dos años años y medio de conflicto, en las portadas de los grandes periódicos. Hay asuntos que no venden o que sólo interesan a ratos. No hay dinero para corresponsales de guerra. Pero no hay que exagerar, también hay informadores disidentes y valientes. Conozco a compañeros, periodistas españoles, que han pedido créditos personales para poder marcharse a contar la guerra. Sobreviven gracias a las agencias internacionales de noticias. Periodistas que denuncian lo que pasa, que sueñan con la resolución del conflicto y la revolución de la prensa. Ahí está el magnífico trabajo del fotoperiodista Manu Brabo o de Mónica G. Prieto de Periodismo Humano.

Después de aquel viaje no he vuelto a saber de Aimán. Sin él no hubiera podido hacer estas fotos ni conocer aquella Siria amable y hospitalaria. Por eso recupero en su memoria aquel país que ya no es. Gracias. Ahora que en Siria hay más ruinas que nunca, ya no hay turistas. Ironía total. Aimán no dejó nunca de sonreír. Nunca respondió a mi pregunta. Ahora sé porqué. Era un asunto muy sirio.

Con Aiman en las ruinas de Palmira. Siria, octubre de 2010.

Con Aimán en las ruinas de Palmira. Siria, octubre de 2010.

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Me licencié como periodista en la calle, ese lugar donde  se graduó el oficio más antiguo del mundo -o si prefieres, el segundo oficio  más antiguo del mundo-; el oficio de contar historias.  La calle, con sus miles de recovecos, sus cientos de esquinas,  sus decenas de puertas cerradas, sus centenares de ventanas entornadas y sus miles de alcantarillas abiertas. Porque no hay vida sin calle. Y si las calles se han quedado sin niños, el periodismo se está quedando sin aceras.  En un momento en el que el sector periodístico atraviesa la peor crisis de su historia,  10.000 periodistas se han apuntado a las listas del paro desde el año 2008 (Observatorio de la crisis FAPE)  hay que  a salir al raso, a la intemperie, estar allí donde pica el asfalto, escuece la zarza o se suda y se tirita de frío. El periodista es periodista porque ha de salir para después volver y contar lo que pasa.

No es en las redacciones y a golpe de clic donde se esconde la información. Las mejores pistas para las mejores historias están en lo que se oye en la esquina, en lo que se masca en el bar o se susurra en casa de la vecina. Y lo más importante, ahí fuera está también quien quiere saber lo que pasa: el ciudadano.

Porque ser periodista es saber mirar y querer ver para poder contarle, a quien  interese,  lo que se mira y lo que  se ve desde múltiples y distintos ámbitos. No creo en el periodismo ciudadano, cualquiera que tiene un blog, una cuenta en Twitter,  Facebook o usa una cámara de teléfono móvil no puede ser periodista. Es como pensar que si compro un bisturí,  soy cirujano. El periodismo es un oficio que  ha de estar hecho por gente que sepa analizar y evaluar lo que merece ser contado.

Y ahí está la calle para la forma y para el fondo, porque no dirá el ladrón lo  mismo que el policía, ni el testigo del cuarto derecha que miraba por la ventana que  la señora del bajo a la que han robado la cartera, y si además  hay un socavón en el lugar de los hechos que impidió llegar a la ambulancia, habrá que preguntarle al político quién se llevó el asfalto.  En fin…  Jerarquizar, confirmar, contrastar, difundir noticias y hacer la calle para la gente de la calle.

Ser periodista es un desafío tan grande como intentar abordar la realidad desde un blog. Por fortuna, no pretendo más que  contar desde aquí lo que a ratos se queda entre líneas en mis reportajes, ahondar en la historia de esas personas que me abren la puerta de su casa.   “Haciendo la calle” pretende ser una especie de  ”así se hizo”,  con detalles, vivencias, reflexiones. Quiero compartir  los entresijos de lo que no llega a la pantalla porque se que se queda en la carretera.  Consciente de que  hoy por hoy un periodista sin blog es como una vaca sin cencerro, he decidido llegar hasta aquí. No hay más pretensión que la de contar historias, en este caso, historias de la calle.