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Callao Coronavirus

Plaza de Callao, Madrid. 22/03/2020 Foto: Silvia Sánchez

Hoy me acordé de cómo era el mundo cuando el mundo era otro. Hace mucho, al menos, una semana. Todos los extranjeros aterrizaban en la calle en la que vivo, una arteria detrás de la Gran Vía, en el epicentro de Madrid. Los locales, en su mayoría bares, vomitaban gente de noche y de día. Los perros esparcían su orín por todas las esquinas. Salir a comprar el pan era entrar en un videojuego en el que sorteaba decenas de fantasmas hasta llegar a la panadería. Los niños en patinete atropellaban a los vagabundos. Decenas de modernos presumían de portátil en los cafés. El olor a marihuana se mezclaba con los gases de los tubos de escape. El cielo rebosaba de ruido y contaminación, nutriendo de polvo cada alféizar, barnizando los cristales de hollín, cubriendo de negro todas las ventanas. No había margaritas en los balcones. Entonces, yo hubiera querido morirme porque no se podía aguantar tanta vida.

Hoy recordé cuando éramos otros. Antes de que el miedo pulverizara las mascarillas de las farmacias, llenara de papel higiénico las despensas, vaciara de latas los estantes del supermercado. Antes de que el ejercito saltara a la calle, de que la enfermedad colapsara los hospitales, de que se impusiera la regla del metro en la conversación. Antes de que el palacio de hielo se llenara de cadáveres. Antes de que los ancianos convivieran con ancianos difuntos en las residencias. Antes de que las familias no pudieran decir adiós a sus muertos. Antes de que el mundo se aislara del mundo.

Ahora, barro y escucho la radio imparable. Pongo la lavadora y actualizo la última hora en el ordenador. Friego mientras conecto con el discurso del presidente del gobierno. Troceo las judías verdes y consulto el noticiero en internet. Ordeno la alacena y grabo en vídeo los aplausos de los vecinos. Limpio la nevera y miro la televisión. No sé qué será para ustedes su profesión, pero para mí ser periodista es lidiar con la necesidad imperiosa y permanente de contar lo que nos pasa. Y lo que, por ejemplo, me pasa mientras escribo esto, es que no puedo ni podré contar nada nuevo. La epidemia suspendió mi trabajo y solo llegaré a contarles el desasosiego que me asalta. Y barro. Y pongo la lavadora. Y limpio la nevera. Y ordeno el armario. Y paso la aspiradora. Y me escapo a comprar el pan. Y me convierto en una ladrona que se esconde de nadie en las calles vacías e insólitas del centro de Madrid. Y cuento uno, dos, tres, cuatro vecinos y un perro haciendo cola frente al supermercado manteniendo las nuevas distancias de seguridad. Y doblo la esquina y me sorprende el inaudito canto de los pájaros en las calles del barrio. Y entro en la galería comercial de tenderos enfundados en guantes y mascarillas. Y se me suspendió la realidad. Y compro mandarinas. Y lejía. Y puerros. Y cebollas. Y lentejas. Y regreso al arresto domiciliario. Y subo los cien escalones que separan la calle de mi apartamento. Y cada escalón es una tabla de ejercicios. Y así evito el cubículo infecto del ascensor. Y entro en casa. Y me lavo las manos. Y paso la aspiradora. Y barro. Y pelo unas zanahorias. Y me impongo una línea de seguridad que me mantenga a salvo de mí misma. Y conecto la radio. Y me acuerdo de las palabras de la periodista Leila Guerriero que dicen: “Dejar atrás es, ahora, la forma de ganarlo todo. Regresar, la única forma de seguir adelante”. Quiero contarles cómo era el mundo cuando el mundo era otro. Hace mucho, al menos, una semana. Por eso escribo.

Calle del Carmen Coronavirus

Calle Preciados, Madrid. 22/03/2020 Foto: Silvia Sánchez

Marrónoscurocasicaca

Publicado: 11 noviembre, 2013 en actualidad, opinión, periodismo
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Lo mire por donde lo mire, no veo más que ventajas en la huelga indefinida de recogida de basuras. Siempre he sido muy perezosa a la hora de decidir qué bolsa escoger para echar desperdicios. Así que he empezado a ahorrar tiempo y dinero. Llevo con la misma bolsa casi siete días, está a rebosar, pero insisto: todo son ventajas; no he tenido que cargar los cinco pisos sin ascensor para depositarla en el contenedor. Me cuesta deshacerme de lo que es mío, he dejado de sufrir ese sentimiento de propiedad privada. Ahora todo lo mío se queda conmigo.  Por fin he entendido eso de  que “somos lo que comemos” y ahora estoy conociendo mucho más a fondo a mis vecinos. La basura está esparcida a lo largo y ancho de la calle en la que vivo, ahora sé que el vecino del primero come gambas congeladas, la señora mayor del tercero disfrutó ayer un cocido (hay restos de tocino, garbanzos fritos y una pata de pollo en el portal), el señor del quinto izquierda, que está viudo, se apaña con tortilla precocinada y la vecina del segundo derecha le da al cordero con patatas.

Con la basura ha vuelto el juego a la calle. La infancia tiene centenares de latas de refrescos a las que arrear patadas. Jugar al pilla-pilla es mucho más divertido, las torres de plásticos, cartón y papel invitan a esconderse detrás, delante, dentro. Hay cristales rotos. Botellas esmeriladas. La mierda tiene un sinfín de desconocidas posibilidades.  Los dueños de los perros han estrenado sonrisa. Durante estos días de felicidad supina, no cabe ni un cagarro más en las papeleras, ya no hay que meter la caca canina en esas bolsas estrechas y antinaturales. Los canes defecan donde les viene la gana, que para eso son canes.

Estoy disfrutando del otoño como nunca. Pisar la alfombra marrón de hojas secas, oír su crujir, sentir su crepitar bajo mis pies es una sensación nueva. Si el invierno nos sorprende con heladas anticipadas y la huelga de basuras a cuestas, podremos disfrutar de divertidas caídas de ancianos con bastón o trepidantes carreras de hombres en muletas sobre una amalgama de hojas secas y putrefactas. Pura diversión.

Teniendo toda la basura al alcance, bien a la vista y bien revuelta, no hace falta hurgar en la escombrera.  Todo está a pedir de mano. Los hombres del pincho y el carrito han descubierto un nuevo presente y yo puedo disfrutar un nuevo pasado leyendo decenas periódicos atrasados sin acercarme al contenedor. Las noticias vuelan en el pavimento, se pegan al orín de la farola y se arremolinan a la costra pegajosa de la esquina. Un lujo inesperado.

Lo mire por donde lo mire, los efectos positivos de la huelga de basura van a más. Cada día de huelga sumaremos 300.000 kilos de basura en calles, parques y jardines de Madrid. Un paraíso en esta esquina.

Un paraíso que fotografían los miles de turistas que pisan la capital de un país dedicado en cuerpo y alma al turismo. El ayuntamiento madrileño privatizó la gestión del estercolero. Hoy se lava las manos: la basura no es cosa suya. Así, trabajadores y patronos andan frotando trapos sucios. Los primeros pelean para hacerse con un contenedor verde en el que ya no cabe una Botella que les libre del ERE que podría dejar a 1000 empleados en la calle. Los segundos luchan por un contenedor azul con el que llenar de papeles un nuevo concurso: el de los contratos basura. Lo mire por donde lo mire todo es color.  La costra marrónoscurocasicaca adorna las calles.

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