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Traigo una historia, un cuento. Y estoy en franca desventaja con quien me inspira porque esa persona me ha enseñado muchas cosas y tiene muchas más historias que contar. Yo tengo mucho tiempo qure recuperar, ponerme al día y compensar sus enseñanzas. Dicen que para contar historias no hay que ser buen escribiente sino mejor escucha. Hay estadísticas que hablan de que el 120% de las buenas narraciones no salen de la cabeza genial de un escritor: le entran por las orejas. Los escritores ordenan las palabras, les dan forma y las sacan a bailar.

Y quien inspira esta historia, bailaba y baila. Salía a hurtadillas de la casa de sus padres cuando llegaban las fiestas y, con ellas, el baile al pueblo. Allá por 1930, cuando llegaba la noche y mientras sus padres soñaban, se escapaba por la ventana de atrás para que no le robaran sus sueños. Porque entonces, cuando estrenaba juventud y le apetecía bailar, el baile de la mujer era cosa fea. Qué cosa.

La cosa es que tengo abuela. Y eso ya es más que buena cosa. Pero es que además de historias, mi abuela tiene una edad. Una edad de haber vivido un reinado, una guerra, una posguerra, una república, una dictadura, una transición, una democracia y otro reinado más. Palabras esas que ahora tanto usan los que cuentan, aunque no sepamos si cuenta su uso o si no es su uso lo que cuenta.

Volvamos, que lo que cuenta es mi abuela, una abuela que me cuenta que vivió todo eso sin casi salir del pueblo. Bueno, sí, salió a servir como otras muchas mujeres del valle. Así se llamaba entonces el empleo del servicio doméstico. Recién estrenada su adolescencia (si es que entonces había de eso) partió a Madrid a casa de ‘la señora’. A mi abuela le sirvió servir y después de servir volvió a su pueblo. En esa vuelta aprendió a no ser reina y puede que en algún baile bailara con Zacarías, mi abuelo. Decidió que sí, que tenía ya una edad y con él se casó.

Isabel y Zacarías. Zacarías e Isabel. Tanto monta monta tanto. Entre baile y baile encargaron nueve hijos. Llegaron siete. Todos especiales para su vida especial en la casa de adobe que da al arroyo. En la casa de la calle Zahurdilla. La casa con cueva donde envejece el vino y donde en verano se guardan las patatas al resguardo del invierno. En la casa de ida y vuelta a la guerra y la posguerra. Ella, estirando los garbanzos, repartiendo el somier, multiplicando la manta, plantando tomates o, con suerte, recogiendo pimientos y alimentando gallinas para dar de comer a siete bocas. La octava era la suya. Y, mientras, él iba y venía. Siendo vinatero, arriero y cabrero por los pueblos de la sierra de Ávila. Pastoreando su rebaño por los montes. Aquel entonces de colchón de lana, dio paso al después de somier con colchón de espuma y como el viscolástico no llegaba se quedó en colchón a secas.

Y hubo tiempos a secas y tiempos de húmeda espuma. Y en esa casa que da al arroyo, que tiene cueva y huerto han crecido sus siete hijos, se ha mecido apelotonada la risa de sus trece nietos o el llanto de trece biznietos. Ha habido tiempos de llantos y tiempos de risa. Tiempos de lluvia y tiempos de sol. Tiempos de idas y tiempos de vueltas.

En esa casa que da al arroyo, que tiene cueva y huerto, mi abuela sigue contando historias, en verano bajo la parra y frente a la lumbre en invierno. Y allí desmadeja el tiempo mientras teje labores y ganchillos. Con ella hemos sabido que meditar es concentrarse contando los puntos y deshacer los miles de líos en los que se mete la lana para ser manta, colcha, bolso o vestido. Con la abuela unos y otras hemos descubierto que internet y las redes sociales se inventaron a la fresca del portal. Que pueden cambiarse calabazas por melones o patatas por lechugas. Porque cuando el vecino está cerca -y esa es escuela de pueblo- uno da lo que recibe y luego recibe lo que da.

Y ahora que se invierte la historia y que los bolsillos se ajustan y nos empujan a volver a lo nuestro, a lo local, al campo, al pueblo, quienes aún tenemos la suerte de tener abuela y hemos probado el sabor de un tomate recién cortado de la mata sabemos cuándo regar es urgente y escardar es importante. Sabemos de la libertad de las puertas abiertas de par en par. Sabemos que los colores de la tele los inventó el paisaje y que los sonidos, sus paisanos. Las historias de mi abuela construyen el presente con el lenguaje de antaño. Me regaló la badila para fundir el ascua, o el artesón para amasar la uva o el alambique para aguardientes escondidos y embotellar damajuanas. Las historias bailan en lugares secretos y danzan en casas hinchadas de fotos enmarcadas con dolores en color o con fiestas en blanco y negro.

Mi abuela Isabel nació un 8 de julio de 1918 en San Esteban del Valle, una localidad de apenas mil paisanos escondido en el abulense Valle del Tiétar. Hoy, mientras el pueblo celebra sus fiestas de verano, ella cumple 96 años. Sus historias son valores. Cuentos de identidad. Cuando suenen las campanas, repique la fiesta y la plaza se llene de música, ella saldrá a bailar. Si te fijas bien, seguro que ves danzando sus diminutos pies sobre la arena. Feliz baile, abuela.

Foto: Silvia Sánchez

Amanece en San Esteban del Valle. Ávila.

(Este texto ha sido publicado en la revista anual que se edita con motivo de las Fiestas Patronales de San Esteban. La publicación carece de edición digital, por ello he querido insertarlo en mi blog).

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