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Con su prostitución a la puerta de casa, sus yonkis ochenteros y sus navajas-jeringa en el portal, mi barrio ha sido, lo que se dice, un barrio ejemplar. Situado en la trasera de la Gran Vía de Madrid, con casi igual número de iglesias que de bares, Malasaña siempre ha hecho honor a su nombre. El apodo de malasañero se lo dieron los modernos de la movida madrileña. Llamarse Barrio de Universidad o Maravillas no era cool ya ni en aquel entonces alucinógeno y heroínico. La dejadez municipal apoyó la degradación urbana convirtiendo todas sus esquinas en gueto.

Yo llegué al barrio cuando la pátina gris del humo a tabaco, los tapizados de polipiel en los antros o las jeringuillas en los lavabos se habían esfumado. A finales de los 90 hasta el ayuntamiento quería lavar la cara a sus calles. Claro, son estratégicas y céntricas. A dos pasos del turismo. ¡Cómo no haberlo visto antes! Tuvieron que matar a una yonki en la Plaza de la Luna para que estallara todo. Y todo estalló.

Estallaron los precios de los pisos, dinamitaron los burdeles en tiendas de diseño, deconstruyeron las tascas en afterlunchs y las mercerías en art gallerys. Mi barrio dejó de ser ejemplar para ser moderno.

Y, hace unos días, cuando me enfrentaba al reportaje que hoy inspira este post. Sobre la página en blanco apareció la gentrificación. Una palabra de esas que te para,  te congela, te paraliza y te hace acudir con urgencia al diccionario (no lo hagas, no hallarás respuesta). Me quedé gentrificada. Resulta que la afección que corroe las entrañas de Malasaña es la de la ‘etilización’, el ‘aburguesamiento’. La élite moderna con sus ipad, sus ipod, sus laptops y otros utensilios mega fashion, desembarca en un espacio degradado para transformarlo. Eso que,  a priori, ha de ser positivo (estando las jeringas donde estaban) viene aliñado con los matices del  ‘todo por la pasta’. Los especuladores del diseño compran inmuebles a precio de risa para venderlos a importes de carcajada. Los alquileres de los locales escalan montañas. El ayuntamiento quita la protección a las viviendas protegidas y les dice a sus inquilinos que se vayan. A los burdeles les venden el todo por las putas pero sin las putas.  Lo in te deja out. Nos han gentrificado pero las calles siguen sucias, que esto no es el Barrio de Salamanca.

Y, una vez gentrificada, me eché a las calles para husmear en esos negocios de toda la vida que resisten los envites de la modernidad porque no tienen que pagar ni hipotecas ni alquileres estratosféricos. Y conocí a Nines que trabaja desde los doce años en Casa Perico, el restaurante que abrió su padre en Ballesta (una de esas calles donde aún hay chicas paseando su exterior para dar placer en interiores de pensiones por horas). Descubrí a Maxi y a Ana, cuya familia lleva cosiendo alpargatas desde finales del siglo XIX, viven del turismo que los busca porque son únicos. Y me metí en la cueva de La Moda de Ángel, en la que guarda faldones, camisetas, pantalones, faldas, leotardos, bragas, braguitas y calzones que han vestido desde 1800 a todos los niños del barrio. Y puse un poco de luz al reportaje en la tienda de Rubén, el mago de las lámparas maravillosas. Es capaz de hacer cumplir más de tres deseos y encontrar cualquier aplique por lejano que esté. Y a la hora de comer pasé por Tejidos Antonio. Tiene sábanas, manteles, mantas, colchas, servilletas, cortinas. Con sus colores viste las casas de los modernos, que a lo antiguo lo llaman vintage y lo vintage, ya se sabe, está de moda. Y acabé la tarde charlando con el mítico Casto en su mítico Palentino. 60 años dando de beber y comer a todo padre y todo hijo de vecino. Sus cañas  y sus sandwiches mixtos  no han variado el precio desde que inventaran los duros. Lo que no hayan visto sus ojos o no haya sucedido en los lavabos de su bar, no es historia.

Maxi, Ana y sus alpargatas centenarias

Maxi, Ana y sus alpargatas centenarias

Casto y su mítico Palentino

Casto y su mítico Palentino

Rubén y sus lámparas maravillosas

Rubén y sus lámparas maravillosas

Nines en su casa de la Calle Ballesta

Nines en su casa de la Calle Ballesta

Ángel y el niño del chocolate

Ángel y el niño del chocolate

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