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La mariposa monarca

Publicado: 29 junio, 2018 en Sin categoría

La ventana enmarca la foto: Isabel sentada en el sillón naranja, bajo la montaña. Al fondo, una torre; a la izquierda, un campanario; sobre las casas, chimeneas sin humo. Es abril. A la derecha del sillón naranja, en el suelo, la bolsa que nutre al ganchillo: pelotas rojas de algodón, pelotas verdes de lana, pelotas blancas de perlé; gordas y finas, de nylon, suaves o ásperas. Detrás del ventanal, los ruidos de la tarde: motores que arrancan para desbrozar, el golpe rítmico de una construcción, murmullo de mujeres que cruzan de acera, el resonar de una moto. Todo el movimiento cae afuera, a través del cristal, formando una cúpula invisible. Dentro Isabel enrolla la lana en el dedo, tira del cabo, el hilo forma un meandro sobre su falda negra. Mete la aguja entre la parábola de lana y su dedo corazón. Un punto, dos puntos, tres puntos, un cordón de lana, una bufanda, tres colchas, un chal, cuatro tapetes. Isabel teje la seda formando un capullo, como la oruga que sabe su futuro de mariposa y conoce la hora de su transformación.

– Ahora llamáis de tú a todo el mundo, pero yo tengo la costumbre de llamar de usted. Pasa, pasa.

Entro en la habitación. Levanta la vista del ganchillo y sus ojos azules diminutos se contentan. No me esperaba. El pelo blanco, los pendientes estirando la piel de las orejas, como romanas. La habitación es así: un crucifijo en la pared sobre la cama blanca; una tele en la mesita con faldilla, frente a la butaca naranja; un tapetito de croché, el cuadro de flores hechas a mano, el calendario con la foto de un pueblo.

– ¿Ahora llegas? Con lo que está lloviendo. Siéntate.

Isabel nació un 8 de julio de 1918. El mismo año en el que llegaron al mundo el activista Nelson Mandela, la actriz Rita Hayworth, los políticos Marcelino Camacho y Enrique Tierno Galván o Ceausescu, el dictador rumano comunista. El año en el que el presidente de Estados Unidos se apellidaba Wilson, cuando en Madrid se estrenaba la zarzuela El niño judío, los periódicos hablaban del incendio del Palacio Real de la Granja de San Ildefonso y el artista Joan Miró exponía sus primeras obras. Isabel lloró por primera vez el año en el que la gripe española provocó una devastadora pandemia que acabaría, en solo un año, con 40 millones de personas en el mundo; en el siglo en el que las primeras suffragettes luchaban por el voto femenino en Inglaterra, cuando en España reinaba Alfonso XIII de Borbón y Antonio Maura era presidente del gobierno español

– Solo hay una más vieja que yo.

– ¿Cuántos años tiene?

– Pues, los que yo voy a hacer: cien. Yo me las valgo, pero a las demás les tienen que hacer todo y dar hasta de comer.

– No hemos hablado del cumpleaños.

– Si estuviera yo como antes, en mi casa, lo organizaría yo todo. No os tendríais que preocupar de nada. Pero, estando aquí, no puedo. A mí me da alegría, pero de la misma alegría sé que voy a sufrir.

Isabel cumplirá cien años el próximo 8 de julio. Hace unos meses que empezó a notar los primeros síntomas de la metamorfosis. Su voraz apetito fue desapareciendo, su movilidad menguaba. El carro blindado que fue capaz de parir siete hijos, avanzar por cualquier terreno con trece nietos e ir sorteando los desniveles que provoca una descendencia de diecisiete biznietos pasó de vivir temporadas de dos meses y medio en casa de sus hijas a elegir lo inesperado: una residencia de ancianos a catorce kilómetros de su pueblo y a cinco minutos del más joven de sus hijos. Isabel quiso aferrarse a la seguridad de lo cotidiano.

– Es un pueblo lo que yo tengo. Hay muchos pueblos que no tienen los habitantes que hay en mi familia.

– San Esteban se está quedando sin vecinos.

– Nosotros éramos nueve hermanos. Vivíamos en una casa con tres habitaciones. Allí cogíamos todos. El que no dormía en la cama, dormía en la pajera. En la escuela había muchos niños, las niñas a un lado y los niños al otro.

Isabel fue niña en la España del hambre, en las calles de tierra, de las ancianas de luto, del atraso y de las cartillas de racionamiento. Se frota las manos. Llueve detrás del cristal. El campanario al fondo, las nubes bailan alrededor de la torre de la iglesia como el anillo de oro en su dedo. Lo gira, lleva más de medio siglo casado con su anular. Isabel fue adulta en la España del baby boom, en las calles recién asfaltadas, en las maletas del éxodo rural, en los primeros seiscientos de los señoritos de capital de provincia, en los sueños de los que dejaban sus casas con dirección a Francia o Suiza. Se levanta. Camina despacio hacia la mesilla de noche.

– Ahora cojo en cualquier sitio, me muevo mejor que antes y no tengo necesidad de correr.

– Sí, estás más delgada. Mejor, así vas más ligera.

– Mira, esta es la última flor que he hecho. El plástico azul y el plástico blanco van atados a este garbanzo.

– Es pequeño, ¿no se vuela?

– Es chiquitillo, pero pesa. Y con este cordelito se unen unas flores con otras. Hemos hecho una ristra. Deben estar ya colgadas en las calles del pueblo, para la fiesta. Hay muchas, muchas, de muchos colores. Hacerlas me entretiene.

Suspendida en sí misma, Isabel se mueve despacio entre el pasillo que dibujan la cama y la pared. Detrás del ventanal ha dejado de llover. Un rayo de luz ilumina la montaña, suenan las nueve en las campanas, un perro ladra, el viento mueve las nubes. Isabel enciende la tele. Su teléfono móvil descansa sobre la almohada. Sentada en la butaca naranja acciona el mando, las imágenes se suceden en la pantalla. Isabel cumplirá cien años el 8 de julio de 2018. El año en el que Donald Trump es presidente de Estados Unidos y los periódicos hablan de la salida del poder del cubano Raúl Castro. El año en el que la Constitución española cumple 40 años, en los cines triunfa Campeones y reina Felipe VI. En el siglo en el que el feminismo sigue buscando su hueco y un mes antes de que el Aquarius llegue a las costas valencianas con 630 inmigrantes a bordo. Isabel teje la seda formando un capullo, consciente de su transformación, trazando la ruta, como la mariposa monarca. La hermosa mariposa azul de grandes y fuertes alas, la más longeva, una especie única capaz de ir contracorriente, de volar en medio de tempestades y de hacer frente al poderoso viento. Es julio. A la derecha del sillón naranja, en el suelo, la bolsa que nutre al ganchillo: pelotas rojas de algodón, pelotas verdes de lana, pelotas blancas de perlé; gordas y finas, de nylon, suaves o ásperas.

Silvia Sánchez. Junio, 2018.

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Hostias consagradas a domicilio. Foto: Daniel Galindo-José Ángel García Pavón.

Acelera, agarra el volante y sus pulseras de cuero giran en la misma dirección que la curva. Hay casas de piedra, algunas en pie. Las calles están desiertas y llenas de polvo. El termómetro roza los cinco grados, es marzo, no hay humo en las chimeneas. Desde el asiento de copiloto observo al cura que no lleva sotana ni alzacuellos. La camisa suelta de cuadros, el pelo largo. Miro la raya que hace su pantalón vaquero al pisar el acelerador. El vello corporal asoma por el último botón de su camisa. La carretera zigzaguea por los pueblos, los une y los separa como una frontera vacía.
– Los perdemos, dice Teo.
-¿Para qué te viniste a trabajar aquí, lejos de todo?, pregunto.
Para en seco el coche. Abro la puerta y veo que saca del maletero un papel. Se lo ofrece a una mujer que cuida vacas frente a la carretera. Sé exactamente lo que está haciendo.
-Buscamos gente, contesta.
Se retira el pelo de la cara y le ofrece el papel a la mujer, es un folio escrito por las dos caras y envuelto en plástico. Se remanga la camisa, las pulseras de cuero ciñen su muñeca. La mujer tiene unos cuarenta años, sonríe y golpea en el lomo a las vacas con un bastón. Es una celebrante de la palabra, una vecina que lee en misa el texto que escribe el cura. Hay veinte como ella en la comarca. Habitantes que llegan donde él no llega. Teo, el cura, tiene a su cargo quince pueblos. Sólo en un fin de semana celebra seis misas. Además de ser el sacerdote con más parroquias de toda Zamora, por las mañanas es profesor de religión. La mujer guarda el papel en el delantal, sus gafas rojas contrastan con el verde del campo. Vive de vender chuletas. Si sus hijos quisieran quedarse esa tierra y continuar con la ganadería, ella les diría que no. La mano derecha del cura sujeta un mechón de pelo que el viento empuja en la misma dirección que la hierba.
-¿Buscamos gente?, pregunto.
Teo conecta el radiocasete de su Opel Astra. Se recuesta en el asiento. Suena Luis Eduardo Aute. Baja el volumen. Sabe a lo que he venido. Le observo conducir por las carreteras desiertas de una comarca desierta y pienso en el recorte que dejé abandonado sobre mi escritorio antes de salir de casa. La prensa de tirada nacional le sacó en portada. Un cura en la primera página de un periódico es como un extra de moda primaveral en una revista de economía. Guardé el recorte; y su foto, la foto de un rockero dando la comunión a una anciana vestida de negro tapada de pies a cabeza. Salir a buscar gente, eso es exactamente lo que hacemos. Intentar descifrar qué sucede en esta zona de España con rincones menos habitados que los lugares menos poblados de Siberia o Laponia. Teo mete quinta y las ruedas rebasan una curva que yo no habría pasado ni en tercera. Miro hacia atrás, el atardecer dibuja dos rayas paralelas de polvo en la carretera. Un puñado de ancianos sentados al sol saludan al cura. Estamos a una hora de Zamora aunque las señales digan que la capital de provincia está a 65 kilómetros. Las arboledas centenarias avanzan a través de la ventanilla.
-¿Esto no tiene salida?, insisto.
Teo tira de freno de mano, sale al camino y vocea. Un millar de ovejas come lo que queda verde del pasto, el rebaño se espanta. Un niño de apenas diez años chisca la lengua, contiene al ganado y corre hacia el cura. Una mujer y un hombre le siguen despacio. Sonríen. Teo les entrega una botella de vino. Ella limpia la iglesia de uno de los pueblos, él lleva la cruz en los entierros. El chaval dice que de mayor quiere ser pastor. La mujer le mira. Su hijo es el único niño que queda en el pueblo, le acaricia el pelo. Será pastor, dice, pero primero tendrá que estudiar.
-La salida es montar un tanatorio, oigo al cura mascullar mientras se despide del matrimonio y del niño. Enfilamos un sendero de arena. Hay algunas casas más adelante. Un cementerio en una colina. Un bosque al fondo. Delante, la llanura. Eso que llaman los campos de Castilla aquí limita al norte con Galicia y al oeste con Portugal. Estamos más cerca de la raya portuguesa que de cualquier capital de cualquier provincia española. A Teo se le mueren los pueblos, se le desprenden del mapa como migas de un mantel al sacudirlo por la ventana. Las aldeas, las casas, las iglesias, los habitantes de la Comarca de Aliste son migajas que se escapan para ser devoradas en vuelo por gorriones como aves carroñeras.
-¿Cuántos años llevas en esta zona?, digo.
-Llegamos tarde, contesta.
Las campanas tocan a misa. Entra en la iglesia, en la sacristía y con la puerta abierta se mete en la casulla, la estira despacio sobre el pantalón vaquero. Las mujeres han encendido las velas. Al fondo, tres o cuatro ancianos; delante, señoras con pañuelo a la cabeza vestidas de negro, con la mirada fija en el altar. A la hora de la paz, Teo baja del púlpito y da la mano a todos los vecinos, uno a uno. Se levantan, le esperan.

El cura con más parroquias de Zamora. Foto: Daniel Galindo-José Ángel García Pavón.

Teo se crió entre obreros, a los veinte eligió el sacerdocio y el pueblo. Hoy está nervioso. Es un cura, un sacerdote, un clérigo, un pastor y la cámara le persigue, indiscreta; le interroga, le convierte en el protagonista del relato audiovisual sobre la falta de habitantes en su comarca. Teo es el sacerdote al que todos esperan, el cura que no vende biblias. Ese que se ha quedado sin mayos de infancias y comunión, aquel que no ve llegar puntillas bordadas a las pilas bautismales, el que pelea por robarle al alcalde el penúltimo sacramento del matrimonio y quien ha cambiado los ataúdes por urnas. El cura que no pasa el cepillo se debe al voto de pobreza, de castidad, de obediencia, de caridad. El cura que tiene un póster del Ché Guevara colgado detrás de la puerta de su dormitorio nunca podrá estar en las afueras de las afueras del marco que lo sostiene. Llega a mi altura, las pulseras de cuero apretadas a su mano izquierda. Pasa de largo. Sabe que la cámara no cree en Dios. Son las ocho y media de la tarde. Un rayo de luz se cuela por un ventanuco. Al fondo, el cura levanta el misal. La estufa de butano no puede con el frío.
-Llevo veintidós, dice Teo.
-¿Veintidós?
-Veintidós años trabajando en estos pueblos, tengo cuarenta y siete.
Teo sabe que los periodistas adoran los números. Se ha hecho de noche. Llueve. La luz roja del salpicadero marca seis grados. Me fijo en el cuentakilómetros, hemos recorrido sesenta en dos horas. Avanzamos en la oscuridad de la carretera. Todos los habitantes de la contorna suman mil doscientos, son quince pueblos. En cinco años ha enterrado a 210 vecinos y bautizado a cinco niños. La última rapaza nació hace dos meses. El parabrisas del coche barre las gotas que resbalan amarillas al trasluz de las farolas.
La contorna y la rapaza. El lenguaje y sus fronteras. Las palabras mueren o desaparecen en el abismo cuando no se usan. Las palabras nos definen: los amigos que tuvimos, el grupo social al que pertenecemos. Las palabras le cuentan a un ladrón, antes de que nos robe, cuánto dinero llevamos en la cartera. Teo no quiere dejar caer a su contorna ni a la rapaza que sostiene en brazos. Se llama Sofía. Es la última niña que pasará por su pila bautismal. Los padres de Sofía reciben al cura en casa, vestidos de domingo; la lumbre baja. El vino y el chorizo, sobre la mesa.
Hace veinte años comenzó a dar clase de religión en el único instituto de la zona a 300 chavales. Hoy en sus aulas quedan 136 alumnos. El cura que tiene un ojo verde y otro azul entra en clase y un remolino de chavalería se le acerca, le pone la mano en el hombro, le enseña las últimas fotos de grupo en Facebook. Teo proyecta la imagen de los apóstoles en una pizarra digital, hoy toca examen del Evangelio. Fuera: la carretera, la bombona de oxígeno en el maletero dentro de un bote de hostias consagradas, las pulseras de cuero bien prietas, las manos al volante.

Instituto de Alcañices, Zamora. Foto: Daniel Galindo-José Ángel García Pavón.

Ruinas de Palmira. Siria antes de la guerra.

Ruinas de Palmira. Siria antes de la guerra.

Viajé a Siria a finales de 2010. Tan sólo unos meses antes de que un grupo de adolescentes escribiera en el muro de Daara “El pueblo quiere la caída del régimen”. Era marzo de 2011 cuando aquella pintada, imitación de las primaveras árabes de los países vecinos, cambiaba para siempre la historia de un país que hasta entonces vivía de enseñar su historia.

Antes de que estallara la guerra civil que ha dejado más de 100.000 muertos. Antes de las manifestaciones. Antes de que seis millones de sirios se convirtieran en refugiados. Antes de los asedios de Baba Amr y Homs. Antes de la pasividad internacional ante los bombardeos contra la población civil. Antes del terror. Antes de la desesperación. Antes de que corriera la sangre de quienes pedían la caída del régimen. Antes de los funerales. Antes del ataque químico, conocí a Aimán. Licenciado en derecho, casado y padre de dos niños. Aimán vivía de mostrar las ruinas. Era guía turístico.

El desierto sirio, tierra de interminables llanuras antes de que seis millones de personas se convirtieran en refugiados.

El desierto sirio, tierra de interminables llanuras.

Con Aimán me adentré en las callejuelas de la Ciudad Vieja de Damasco. Descubrí la Mezquita Omeya, uno de los edificios más importantes del islam, donde acudían miles de musulmanes en peregrinaje desde hacía 3000 años. Con él escuché, desde el amanecer hasta el anochecer, la fascinante llamada a la oración del almuédano. Me perdí entre las columnas de Apamea. Saboreé los platos especiados en el zoco de Alepo y caminé las enigmáticas Ciudades Muertas de Siria.

Mujer rezando en la mezquita Omeya.

Mujer rezando en la mezquita Omeya.

Revisando aquellas fotos: las imágenes de una turista accidental pateando por las ruinas de un país convertido ahora gracias a la pasividad internacional -insisto- en un país en ruinas, siento una punzada de dolor. Ya nada en Siria tiene el color de aquellos diez días.

Ese impulso me lleva a compartir hoy el recuerdo de la sonrisa permanente de Aimán, aquella sonrisa que, volteando los ojos, se tornaba en gesto serio cuando le hacía la pregunta:

-¿Por qué el retrato de Bashar al Assad reina en cada calle, en cada comercio, en cada casa, en cada esquina si Siria es una república presidencial? Silencio.

La imagen de aquel tipo dominaba el país como si fuera su Mordor privado. Aquel tipo que llegó a la presidencia en unas elecciones sin oposición, a los 36 años, por lo que hubo que modificar la Constitución, que no permitía acceder al cargo a menores de 40.

Una foto de Bashar al Assad en cada esquina.

Una foto de Bashar al Assad en cada esquina.

Revisando aquellas fotos, reviso la oscura sensación que me transmitía el ojo de Bashar al Assad. Estaba en todas partes, era como si tuviera un espía reinando en cada ciudadano. Su sombra tenía la devoción de su pueblo. Transmitía que, en cualquier momento, entre el cuarenta y tres y el ochenta y ocho por ciento de la población podía estar en la nómina de su policía secreta. Miedo. El reinado del señor oscuro era tan extremo que parecía que la gente pudiera pensar que al Assad tuviera poderes sobrenaturales y descubrir al disidente. Pero no hay que exagerar, había gente que soñaba con la revolución.

La revolución soñada llegó. Y con ella la guerra. Y Siria llegó a los periódicos y a las primeras páginas de los noticieros. Bueno, no a todos. En España la cuestión siria no se cuela ni se ha colado, durante estos dos años años y medio de conflicto, en las portadas de los grandes periódicos. Hay asuntos que no venden o que sólo interesan a ratos. No hay dinero para corresponsales de guerra. Pero no hay que exagerar, también hay informadores disidentes y valientes. Conozco a compañeros, periodistas españoles, que han pedido créditos personales para poder marcharse a contar la guerra. Sobreviven gracias a las agencias internacionales de noticias. Periodistas que denuncian lo que pasa, que sueñan con la resolución del conflicto y la revolución de la prensa. Ahí está el magnífico trabajo del fotoperiodista Manu Brabo o de Mónica G. Prieto de Periodismo Humano.

Después de aquel viaje no he vuelto a saber de Aimán. Sin él no hubiera podido hacer estas fotos ni conocer aquella Siria amable y hospitalaria. Por eso recupero en su memoria aquel país que ya no es. Gracias. Ahora que en Siria hay más ruinas que nunca, ya no hay turistas. Ironía total. Aimán no dejó nunca de sonreír. Nunca respondió a mi pregunta. Ahora sé porqué. Era un asunto muy sirio.

Con Aiman en las ruinas de Palmira. Siria, octubre de 2010.

Con Aimán en las ruinas de Palmira. Siria, octubre de 2010.