Archivos de la categoría ‘Reportajes’

Hostias consagradas a domicilio. Foto: Daniel Galindo-José Ángel García Pavón.

Acelera, agarra el volante y sus pulseras de cuero giran en la misma dirección que la curva. Hay casas de piedra, algunas en pie. Las calles están desiertas y llenas de polvo. El termómetro roza los cinco grados, es marzo, no hay humo en las chimeneas. Desde el asiento de copiloto observo al cura que no lleva sotana ni alzacuellos. La camisa suelta de cuadros, el pelo largo. Miro la raya que hace su pantalón vaquero al pisar el acelerador. El vello corporal asoma por el último botón de su camisa. La carretera zigzaguea por los pueblos, los une y los separa como una frontera vacía.
– Los perdemos, dice Teo.
-¿Para qué te viniste a trabajar aquí, lejos de todo?, pregunto.
Para en seco el coche. Abro la puerta y veo que saca del maletero un papel. Se lo ofrece a una mujer que cuida vacas frente a la carretera. Sé exactamente lo que está haciendo.
-Buscamos gente, contesta.
Se retira el pelo de la cara y le ofrece el papel a la mujer, es un folio escrito por las dos caras y envuelto en plástico. Se remanga la camisa, las pulseras de cuero ciñen su muñeca. La mujer tiene unos cuarenta años, sonríe y golpea en el lomo a las vacas con un bastón. Es una celebrante de la palabra, una vecina que lee en misa el texto que escribe el cura. Hay veinte como ella en la comarca. Habitantes que llegan donde él no llega. Teo, el cura, tiene a su cargo quince pueblos. Sólo en un fin de semana celebra seis misas. Además de ser el sacerdote con más parroquias de toda Zamora, por las mañanas es profesor de religión. La mujer guarda el papel en el delantal, sus gafas rojas contrastan con el verde del campo. Vive de vender chuletas. Si sus hijos quisieran quedarse esa tierra y continuar con la ganadería, ella les diría que no. La mano derecha del cura sujeta un mechón de pelo que el viento empuja en la misma dirección que la hierba.
-¿Buscamos gente?, pregunto.
Teo conecta el radiocasete de su Opel Astra. Se recuesta en el asiento. Suena Luis Eduardo Aute. Baja el volumen. Sabe a lo que he venido. Le observo conducir por las carreteras desiertas de una comarca desierta y pienso en el recorte que dejé abandonado sobre mi escritorio antes de salir de casa. La prensa de tirada nacional le sacó en portada. Un cura en la primera página de un periódico es como un extra de moda primaveral en una revista de economía. Guardé el recorte; y su foto, la foto de un rockero dando la comunión a una anciana vestida de negro tapada de pies a cabeza. Salir a buscar gente, eso es exactamente lo que hacemos. Intentar descifrar qué sucede en esta zona de España con rincones menos habitados que los lugares menos poblados de Siberia o Laponia. Teo mete quinta y las ruedas rebasan una curva que yo no habría pasado ni en tercera. Miro hacia atrás, el atardecer dibuja dos rayas paralelas de polvo en la carretera. Un puñado de ancianos sentados al sol saludan al cura. Estamos a una hora de Zamora aunque las señales digan que la capital de provincia está a 65 kilómetros. Las arboledas centenarias avanzan a través de la ventanilla.
-¿Esto no tiene salida?, insisto.
Teo tira de freno de mano, sale al camino y vocea. Un millar de ovejas come lo que queda verde del pasto, el rebaño se espanta. Un niño de apenas diez años chisca la lengua, contiene al ganado y corre hacia el cura. Una mujer y un hombre le siguen despacio. Sonríen. Teo les entrega una botella de vino. Ella limpia la iglesia de uno de los pueblos, él lleva la cruz en los entierros. El chaval dice que de mayor quiere ser pastor. La mujer le mira. Su hijo es el único niño que queda en el pueblo, le acaricia el pelo. Será pastor, dice, pero primero tendrá que estudiar.
-La salida es montar un tanatorio, oigo al cura mascullar mientras se despide del matrimonio y del niño. Enfilamos un sendero de arena. Hay algunas casas más adelante. Un cementerio en una colina. Un bosque al fondo. Delante, la llanura. Eso que llaman los campos de Castilla aquí limita al norte con Galicia y al oeste con Portugal. Estamos más cerca de la raya portuguesa que de cualquier capital de cualquier provincia española. A Teo se le mueren los pueblos, se le desprenden del mapa como migas de un mantel al sacudirlo por la ventana. Las aldeas, las casas, las iglesias, los habitantes de la Comarca de Aliste son migajas que se escapan para ser devoradas en vuelo por gorriones como aves carroñeras.
-¿Cuántos años llevas en esta zona?, digo.
-Llegamos tarde, contesta.
Las campanas tocan a misa. Entra en la iglesia, en la sacristía y con la puerta abierta se mete en la casulla, la estira despacio sobre el pantalón vaquero. Las mujeres han encendido las velas. Al fondo, tres o cuatro ancianos; delante, señoras con pañuelo a la cabeza vestidas de negro, con la mirada fija en el altar. A la hora de la paz, Teo baja del púlpito y da la mano a todos los vecinos, uno a uno. Se levantan, le esperan.

El cura con más parroquias de Zamora. Foto: Daniel Galindo-José Ángel García Pavón.

Teo se crió entre obreros, a los veinte eligió el sacerdocio y el pueblo. Hoy está nervioso. Es un cura, un sacerdote, un clérigo, un pastor y la cámara le persigue, indiscreta; le interroga, le convierte en el protagonista del relato audiovisual sobre la falta de habitantes en su comarca. Teo es el sacerdote al que todos esperan, el cura que no vende biblias. Ese que se ha quedado sin mayos de infancias y comunión, aquel que no ve llegar puntillas bordadas a las pilas bautismales, el que pelea por robarle al alcalde el penúltimo sacramento del matrimonio y quien ha cambiado los ataúdes por urnas. El cura que no pasa el cepillo se debe al voto de pobreza, de castidad, de obediencia, de caridad. El cura que tiene un póster del Ché Guevara colgado detrás de la puerta de su dormitorio nunca podrá estar en las afueras de las afueras del marco que lo sostiene. Llega a mi altura, las pulseras de cuero apretadas a su mano izquierda. Pasa de largo. Sabe que la cámara no cree en Dios. Son las ocho y media de la tarde. Un rayo de luz se cuela por un ventanuco. Al fondo, el cura levanta el misal. La estufa de butano no puede con el frío.
-Llevo veintidós, dice Teo.
-¿Veintidós?
-Veintidós años trabajando en estos pueblos, tengo cuarenta y siete.
Teo sabe que los periodistas adoran los números. Se ha hecho de noche. Llueve. La luz roja del salpicadero marca seis grados. Me fijo en el cuentakilómetros, hemos recorrido sesenta en dos horas. Avanzamos en la oscuridad de la carretera. Todos los habitantes de la contorna suman mil doscientos, son quince pueblos. En cinco años ha enterrado a 210 vecinos y bautizado a cinco niños. La última rapaza nació hace dos meses. El parabrisas del coche barre las gotas que resbalan amarillas al trasluz de las farolas.
La contorna y la rapaza. El lenguaje y sus fronteras. Las palabras mueren o desaparecen en el abismo cuando no se usan. Las palabras nos definen: los amigos que tuvimos, el grupo social al que pertenecemos. Las palabras le cuentan a un ladrón, antes de que nos robe, cuánto dinero llevamos en la cartera. Teo no quiere dejar caer a su contorna ni a la rapaza que sostiene en brazos. Se llama Sofía. Es la última niña que pasará por su pila bautismal. Los padres de Sofía reciben al cura en casa, vestidos de domingo; la lumbre baja. El vino y el chorizo, sobre la mesa.
Hace veinte años comenzó a dar clase de religión en el único instituto de la zona a 300 chavales. Hoy en sus aulas quedan 136 alumnos. El cura que tiene un ojo verde y otro azul entra en clase y un remolino de chavalería se le acerca, le pone la mano en el hombro, le enseña las últimas fotos de grupo en Facebook. Teo proyecta la imagen de los apóstoles en una pizarra digital, hoy toca examen del Evangelio. Fuera: la carretera, la bombona de oxígeno en el maletero dentro de un bote de hostias consagradas, las pulseras de cuero bien prietas, las manos al volante.

Instituto de Alcañices, Zamora. Foto: Daniel Galindo-José Ángel García Pavón.

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Antonio

Publicado: 29 noviembre, 2016 en opinión, periodismo, Reportajes
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Es noviembre. Todavía. Es noviembre y estoy en casa. Son las cuatro de la tarde, y es nueve de noviembre, y pienso. Pienso en lo que voy a decir este nueve de noviembre, día en el que Donald Trump ha sido elegido presidente de los Estados Unidos. Presidente electo. Pienso en la palabra electo. Pienso eso encerrada en mi apartamento que tiene una cama, una cocina, un sillón, una televisión, una radio que no he apagado desde que esta mañana desayuné con la noticia. Pienso en el poder de la palabra elegir. Texto elegido, texto electo. Elegir. Y pienso. Y vuelvo a pensar. Y entonces me visto y salgo a comprar.

Es noviembre, pero hace calor. Camino por las calles sorteando familias, niños, carritos de bebés, gente que entra y sale de las tiendas, gente que hace cola en cada esquina. Esquivo madres, padres, abuelas, tíos, tías, cuñados que cargan con bolsas. Y pienso. Entro en la frutería de la esquina que hoy abre porque es fiesta. Compro kiwis, zanahorias, patatas y puerros. Tengo que elegir. Entro en el supermercado y me muevo entre los lineales rebosantes de botellas de vino, de productos de limpieza, de pan, de latas de conserva. Pienso que elegir lo que hay que hacer no es un verbo libre. Elegir es sujeto peligroso cuando va en contra de lo que parece conveniente. Elegir revela un predicado que apuesta por su real gana. Inconveniente y libre. Y pienso, y vuelvo a pensar, y entonces, como un trueno, recuerdo la foto que tengo sobre mi escritorio. La foto de Antonio. Y vuelvo sobre mis pasos, salgo del supermercado, esquivo más gente, más bolsas. Subo por San Bernardo y entro en mi apartamento. Sobre el escritorio, la foto de Antonio. La foto es así: un niño de rodillas en el suelo mira su propia imagen en el espejo de la lluvia asfaltada.

Cuando conocí a Antonio acababa de cumplir un año. Rubio, ojos azules, no hablaba. Sonreía. Sólo sonreía. Acababa de aprender a andar. Él fue el único motivo capaz de reunir a quince amigos que, como perdigones, no encuentran un punto de encuentro. Antonio se tambaleaba entre las mesas de un bar, mantenía el equilibrio como un muñeco con base redonda. Como un barbapapá. Recuerdo cómo esquivó el pico de una mesa, cómo se agarró a la pata de una silla. Y cómo volvió a sonreír. Y pienso que elegir es agarrarse a lo que recomienda la lógica. Elegir la fuerza de la razón.

Antonio me miró y abrió sus brazos. Lo cogí. Pesaba un quintal. Antonio era un niño rollizo, demasiado grande, demasiado fuerte para su edad. Antonio nació en la cárcel. Tiene cuatro hermanos. Todos de distinto padre. La madre pasó su infancia y su juventud en un centro de acogida. Fue un número más en la estadística de niños y jóvenes sin hogar. 40.000 en España. La madre de Antonio no tuvo padres, madres, tías o abuelos a los que agarrarse. Fue engullida por la serpiente de un sistema que protege a los niños sin familia, arrastrada por los colmillos que, a veces, institucionalizan la protección hasta convertirla en una cárcel de la que es imposible salir. Cumplir 18 años es traumático si no has podido fomentar tu autoestima. Y pienso que elegir es poder hacer lo que prefieres, es poder equivocarte.

¿Quieres otra caña?, preguntó Sara mientras preparaba la merienda de Antonio con una mano, plegaba el carrito del bebé con la otra y no quitaba ojo a su hija menor. Sara es la madre de acogida de Antonio. Ella y Dani, recién convertido en padre de acogida, tienen otras dos niñas: Martina y Teresa. Dos niñas rubias, de ojos azules y grises. Dos niñas que no se tambalean. Sara abrió el potito, sentó a Antonio en sus rodillas y le dio de comer. Antonio abrió la boca. Tragó y sonrió. Sonrió y tragó. Sara me contó que la madre biológica de Antonio ha salido de prisión y que está desaparecida. Miro al bebé y pienso en un maremoto arrastrando a esa mujer. Veo troncos, árboles, coches flotando en el océano, a una mujer que intenta salvarse. El tronco se parte en dos, el árbol cae al agua y desaparece, los coches se hunden. Y pienso que elegir es el poder más temible, el poder de la libertad.

Sara me contó que los otros cuatro hermanos del pequeño viven con distintas familias de acogida mientras rebañaba los restos de papilla de frutas de los labios de Antonio. Están en contacto con una de ellas. Cuando sea el momento, quedarán para que los dos hermanos se conozcan. El niño terminó el potito y sonrió. Se agarró al pantalón de Sara y aterrizó en el suelo. Ella le acarició el pelo. Sara cogió mi mano y la pasó por la parte trasera de la cabeza del bebé. No era curva, sino plana. Antonio estuvo siete meses sin apenas levantarse de la cuna. No tiene zapatos porque no hay talla suficiente para el diámetro de sus tobillos. Pienso en una habitación con muchos niños, muchas camas, muchas cunas y pocas manos que puedan sostenerlos, cogerlos por las axilas, lanzarlos hacia arriba, sentir el vértigo en su risa al caer, abrazarlos y sacarlos a pasear. Pienso elegir como posibilidad de hacer o no hacer.

Sara guardó el babero, retiró el potito vacío y llamó a su hija pequeña. Teresa giró el dedo índice diciendo no. Las niñas juegan con Antonio. Le llaman Tito. Tito, Tito, Tito. Tito sonríe, y balbucea: ito, ito, ito. Saben que en cualquier momento la madre biológica de Antonio puede aparecer. Si ella quisiera ver al bebé, ellos tendrían que dejarlo unas horas en el centro de acogida. Recogerlo después. Sara y Dani nunca verán a la madre biológica de Antonio. Lo dice la ley. Si la situación de la madre de Antonio cambiara podría reclamar la custodia del bebé. Sara y Dani tendrían que devolverlo. Pienso en la palabra devolver. No casa con la palabra infancia.

Pienso en Sara y en Dani cuando criaban a Martina y a Teresa. Y les veo alzar a sus hijas, cambiarles el pañal, rozar las plantas rosadas de sus pies, ponerlas en su pecho, darles de comer. Acunarlas despacio, oler su piel, peinar la pelusa de su pelo. Salir de paseo. Dormir. Dormir con ellas. Y pienso en su ahora y en su futuro con Antonio. Pienso que elegir es ir en contra de lo que parece conveniente. Elegir ha de ser peligroso.

Vuelvo a pensar en lo que estoy escribiendo este nueve de noviembre. Los pitidos de las señales horarias suenan en la radio. La locutora pregunta a los oyentes por qué nadie se explica la victoria de Donald Trump. Una señora con voz aguda cuenta en antena que los votantes están hartos de desigualdad. Un señor de voz ronca asegura que Trump va a traer más oportunidades a los que no las tienen. La foto de Antonio sobre la mesa. Si eres de esas personas que no pueden llorar, ten un hijo. Pienso en la madre biológica de Antonio y vuelvo a pensar en la serpiente tragándose a una niña, vuelve el maremoto zarandeando a una mujer, y pienso en instituciones que no funcionan, en oportunidades que se hunden en el mar como un coche a la deriva. Pienso en Antonio, un niño elegido, un niño electo. Pienso en Sara y en Dani, y en su elección con riesgo de perder. Pienso en un tipo blanco, rubio, racista, alto y arrogante, y en la democracia del verbo elegir. Es noviembre. Todavía. Es noviembre, y estoy en casa. Apago la radio.

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Garganta de los Montes, Madrid. Foto: Tomás Hernández.

Justo es vaquero trashumante. Guía al ganado desde las dehesas a la montaña.

Justo es vaquero trashumante. Guía al ganado desde las dehesas a la montaña.

Era la última vez, su último viaje. Se lo había prometido. Ésta sería la ocasión en la que por fin haría lo que cada año, uno tras otro, pensaba. Una y no más, no había vuelta atrás. Al mirar el color de los pastos, sentía calor. Al pisarlos, crujían bajo las botas, clavaban su aguijón seco y amarillo en la dura suela. El sol estaba peleón y aún la aguja chica no rozaba las diez. Al fondo y sin inmutarse, cuatrocientas vacas pastaban tranquilas, con la nostalgia con la que pastan las vacas. Y no eran vacas cualquiera. Eran vacas con pedigrí, vacas de pata negra. Reses que valían el desvelo de las noches al relente, de dormir sobre un saco o, en la mejor de las noches, sobre una suerte de colchón de mantas apiladas. Colocó la montura a su caballo, tensó la cincha, se caló el sombrero y posó su mirada en algún punto del horizonte. Echó un trago. Repetía el vaquero el mismo gesto que mediado junio venía repitiendo desde hacía veinte años. Así comenzó su viaje y así comenzó el nuestro. Tengo la suerte de haber crecido en un pueblo en el que a los niños nos permitían dar de comer a los cerdos, agarrar a los corderos al ser trasquilados, asistir a partos complicados de terneros, salir corriendo tras el gallo que te picó en el culo y cerrar los ojos al sentir el grito del cerdo en su matanza. Pero hasta este verano no he podido convivir con quienes pasan semanas enteras en el campo trasladando vacas desde las dehesas agostadas hasta las frescas cumbres. El último viaje del vaquero es para mí el primer viaje trashumante a una montaña cercana a mi infancia, de la dehesa extremeña a los agrestes picos de la Sierra de Gredos.

Acompañamos a 400 vacas en su camino trashumante

Acompañamos a 400 vacas en su camino trashumante

Los primeros kilómetros son los mejores. El estreno del camino aún no añora la propia cama, ni sabe de la sed o del polvo, ni de la incertidumbre que ocultan las nubes o el sol. El vaquero tiene por delante 300 kilómetros, con sus madrugadas y sus atardeceres. No va solo. Junto a él, el mayoral, los caballistas, cinco vaqueros curtidos a la sombra o a la intemperie y dos mozos aprendices de vaquero que cabalgan, teléfono móvil en mano, espoleando o sujetando las riendas de la caballería. Las reglas de la trashumancia han cambiado, las formas se han acomodado a los nuevos tiempos. El móvil silenció al silbido. El camión abarató los costes y la carretera asfaltada mermó el tiempo de traslado. En España hay nueve grandes rutas trashumantes, en teoría protegidas por la Ley de Vías Pecuarias. Las antiguas cañadas reales son pasto ahora de coches y de caprichos de alcaldes, administraciones públicas o particulares que han levantado en ellas gasolineras, casas, piscinas o cercas. Por suerte, aún hay ganaderos que tienen la espalda recia y que soportan diez horas diarias a caballo. Valientes que año tras año insisten en repetir el rito a pie. Han cambiado el burro y las alforjas por la furgoneta de alquiler para llevar los víveres. En la panza del vehículo caben el agua fresca, el vino, el chorizo cortado a navaja, el jamón con mucho magro y poca veta. Y en el camino, que se sabe cuándo empieza pero no cuándo acaba, hay lugar para la risa, para las confidencias, para sacar la guitarra y desmadejar la voz. La ganadería a la que acompañamos trashuma desde los tiempos en los que la mesta era sinónimo de poderío español frente a una Europa más proclive al desarrollo urbano.

Cabalgan semanas llevando el ganado a los pastos frescos de la Sierra de Gredos.

Cabalgan semanas llevando el ganado a los pastos frescos de la Sierra de Gredos.

El poderío de estos ganaderos es, ahora, trasladar el ganado a pie, más proclive al desarrollo rural. Encaramos la etapa reina del camino trashumante: El puerto del Pico, 1352 metros sobre el nivel del mar. Las reses suben por la calzada romana. El vaquero cuenta: una, dos, tres…, cuatrocientas. Si una vaca se pierde hay que parar, volver, buscarla para encontrarla, convencerla para que retome la senda. Las vacas -ya se sabe- tienen querencia. El vaquero se seca el sudor. Hace una semana que cabalga. Los últimos kilómetros son los peores. El final del viaje añora la propia cama, sabe de la sed y del polvo, de la certidumbre que ocultan las nubes o el sol. No hay sombrero que dé sombra.

En el Puerto del Pico, 1352 metros sobre el nivel del mar.

En el Puerto del Pico, 1352 metros sobre el nivel del mar.

Alcanzó la cumbre y nosotros con él. Tengo la suerte de ejercer un oficio que me permite vivir experiencias a veces casi extinguidas, para, después, contarlas. El cuento de este viaje se escribe gracias a quienes siguen apostando por el antiguo sistema de producción ganadera; a su paso se limpian los pastos, se abona la tierra, mueve músculo la res. Son ecologistas que no van de ello, ni lo pretenden. Aguantan la dureza de la tradición pese a que la regulación de la economía de mercado haya roto los mecanismos de la naturaleza. Llevar caminando las vacas durante semanas implica tal volumen de burocracia que a veces se hace más duro el papeleo que el pateo. Montarlas en un camión ahorra costes y tiempo pero eleva el estrés de los animales. Ahora que la pequeña ganadería ya no cumple con el viejo precepto de ser hereditaria, es muy difícil que el hijo de un ganadero continúe la senda paterna. Ya no hay quien retome o siga, salvo que vayan muy bien las cosas, una vida parecida a la de su padre, que recupere, que conserve.

En España hay nueve rutas trashumantes protegidas por la Ley de Vías Pecuarias.

En España hay nueve rutas trashumantes protegidas por la Ley de Vías Pecuarias.

Me hubiera gustado dormir al raso, sentir el relente, el frío, compartir el temor a que una vaca se escape, contar las cabezas antes de que llegue mañana, pero las normas de los presupuestos televisivos merman la economía del periodismo. Hay que apretarse la cincha, contar historias en el menor tiempo posible y con el menor coste. Como si fueras en camión.

Al mirar el color de los pastos, el vaquero siente frescor. Pisarlos mulle las botas, relaja la suavidad húmeda y verde en la dura suela. Es la ocasión en la que por fin hace lo que cada año, uno tras otro, desea. Al fondo y sin inmutarse, cuatrocientas vacas pastan tranquilas, con la nostalgia con la que pastan las vacas. El sol está peleón y aún la aguja chica no roza las diez.

Imágenes: Jose Antonio Julián.

Manuel es vaquero desde niño, lleva trashumando 25 años.

Manuel es vaquero desde niño, lleva trashumando 25 años.

La ruta trashumante en Comando Actualidad

 

El Pozo Sotón cerró en diciembre de 2014, ahora sirve de auxiliar a la extracción de carbón en el Pozo María Luisa.

El pozo Sotón cerró en diciembre de 2014, ahora sirve de auxiliar a la extracción de carbón en el pozo María Luisa.

La noche antes de bajar a la mina el sueño se ahuyentó. La cabeza se desbocó. A esas horas en las que la mente oscurece la claridad, basta con que abras una ventana a la incertidumbre para que no puedas volver a cerrarla ni a golpe de piedra. La noche era un hervidero de miedos. La mina mandaba. Y lo peor es que al día siguiente había que madrugar. El pozo Sotón abría su boca a nuestra cámara al amanecer. Enclavado en la comarca minera de Langreo, en Asturias, el pozo dejó de escupir carbón en diciembre de 2014. Ahora presta sus agujeros de mozo auxiliar al activo pozo María Luisa.

Cuando nos presentamos en la mina, mi estómago era un hueco hueco. La falta de sueño y el temor se habían llevado el hambre. No podía evitarlo.

A la mina se baja en una jaula, un ascensor industrial cerrado con barras de hierro por los cuatro costados. A través de las rejas puedes tocar la pared de hormigón, sentir el eco del mortero conteniendo la roca. Contengo la respiración. Descendemos a las entrañas de la tierra. Primera parada. Octavo piso. 400 metros bajo el suelo.

A la mina se sigue bajando por una chimenea, una escalera excavada en la piedra. Es el primer orificio que se le abre a la roca para extraer el carbón. Los puntales de madera castigan o sostienen, según, el movimiento del agujero y sirven de agarradero. Dos pies y una mano en los palos o dos manos y un pie. Siempre. Bajas casi en vertical. El movimiento desprende arena y polvo. Tengo mucho calor. Me ahogo. El hueco, pensado también para escapar si las cosas se ponen negras, tiene medio metro de ancho y 800 metros de longitud. Mejor no mirar hacia abajo. Segunda parada. Noveno piso. 500 metros bajo el suelo.

A la mina se puede seguir descendiendo por un tubo de peldaños inclinados, un túnel arañado a los intestinos de la tierra. Aferrada a una cuerda. A más profundidad, más humedad. No pensar, pisar. El carbón, cuanto más profundo, más caro. Cuanto más abajo, más duro. Cuanto más caes, más rumias la dureza del trabajo en la mina. Los callos del tajo son rumor siendo visita.  Décimo piso. 700 metros bajo el suelo. Última parada. La máxima cota a la que se puede descender en nuestro país. Ningún rascacielos llega tan alto sobre la superficie terrestre. Respiro. El recorrido dura cinco horas pero hace rato que no me funciona el tiempo.

A la mina se baja con casco, linterna, mono, botas de caña alta y rescatador; un aparato respiratorio que, si el aire se pone oscuro, has de enchufarte a boca y nariz para salir pitando. Al pozo no se baja en soledad. Si eres minero, vas en par. Si eres turista, vas en compañía. Seis mineros, formados como guías y en primeros auxilios, reconstruyen su mirada para dirigir al visitante a través del territorio sin luz. Intercalados. Minero, turista, minero, turista, minero… Así, hasta diez. Pedro es el capitán. Hijo de minero fallecido,  sabe de la dureza y de la oscuridad de la mina; de lo que la mina te quita y de lo que la mina te da. Él y sus compañeros han aparcado el martillo picador para convertirse en luminarias de las visitas. Ganan en salud y en condiciones laborales. Avanzo con ellos por las galerías y el hueco del estómago se llena, el estrés y la ansiedad se pulverizan. Todo lo que estamos viendo ha sido construido por hombres como ellos. Cierro las compuertas del miedo.

El pozo Sotón es el primero que abre al público cinco de sus 140 kilómetros de galerías.  La experiencia, pionera en España, se vende como turismo de aventura. Es el presente de la mina en una comarca donde antaño hubo 50 pozos abiertos y 40.000 familias viviendo del carbón. Hoy quedan cuatro activos y 1500 personas comen del mineral. ¿Será el turismo la mina del futuro del carbón?

Del pozo se sale en la misma jaula en la que se entra. Cuesta abrir los ojos. Respiro. Al fin y al cabo, la bajada a setecientos metros bajo tierra no se improvisa.

Bajando a la mina en 'la jaula'

Bajando a la mina en ‘la jaula’

En la chimenea del Pozo Sotón

En la chimenea del pozo Sotón

mineros

Seis mineros enseñan esta mina asturiana al turista

con carbón

El carbón a 700 metros bajo tierra.

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Preparando la detonación en el pozo Sotón.

Cinco kilómetros de galerías subterráneas abren al público por primera vez

Cinco kilómetros de galerías subterráneas abren al público por primera vez en España

Barrenar, o cómo meterse en el mono de un minero.

Bajando y bajando y bajando, hasta llegar al centro de la tierra

Bajando y bajando y bajando, hasta llegar al centro de la tierra

140 kilómetros excavados en la roca, dan para este gesto y mucho más.

140 kilómetros excavados en la roca, dan para este gesto y mucho más.

Seis mineros del Pozo Sotón pendientes de la seguridad del visitante.

Y de recuerdo, un trozo de carbón.

Cinco horas de viaje subterráneo.

Cinco horas de viaje subterráneo.

Entrar como turista en una mina asturiana de carbón cuesta 48 euros.

Ser minero por unas horas cuesta 48 euros.

Imágenes: Jose Antonio Julián.

El pastor de Espierba que habla belsetán.

El pastor de Espierba que habla belsetán.

La nevada del año ha caído en Espierba. El termómetro duerme bajo el bajo cero. La montaña hiberna asomada al sol. El ruido no circula. El silencio patina. Son las diez de la mañana,  Ángel Luis desciende por la única calle asfaltada y libre de nieve.  Aparece sonriente al encuentro. Hace 53 años que patea las cumbres y los barrancos del Valle de Bielsa, -según miras de frente el mapa, al norte, Huesca, a la derecha, Monte Perdido.- Son cinco paisanos en el pueblo (contando los perros), guardianes de ese pirineo aragonés donde suman 20 los picos de tres mil y donde no llega el turismo de la nieve. Es un desahogo para el paisaje que no haya remontes, ni pistas negras, ni pistas rojas. Es una suerte salvaje para la descomunal naturaleza que no hayan transformado su nieve en polvo de euros. La suerte y el desahogo de la montaña es hazaña para el pastor, vive de la carne que le regalan sus cabras y sus ovejas. Quiso estudiar y llegó a la cumbre del COU, seguir escalando la ladera del conocimiento suponía marcharse muy lejos de Espierba. Así, eligió cuidar del ganado y acompañar a sus padres.  Hace unos años se abarrancó y comenzó a guardar, una a una, todas las palabras que aprendió charrando con su madre. Su madre se llama Generosa; su lengua madre, Belsetán.

Es una suerte para la lengua que a Ángel Luis le diera por atesorar las palabras de la variante más antigua y conservadora del aragonés. Sólo él, su madre y otros cincuenta locos del lugar charran en belsetán, un habla arcaica que, como el aragonés, el castellano o el catalán, procede del latín y que mantiene sonidos casi extinguidos. Convencido de que lo que no se usa se pierde y que para que algo no se pierda hay que usarlo, está construyendo el primer diccionario de Belsetán del mundo. Ha recogido, escrito y definido 15.000 palabras. Guarda su tesoro en una carpeta de cartón azul, atrapado entre gomas. Segunda hazaña. Como no le sobra ni un minuto, entre ordeños, pastoreos y salidas al monte, le ha dado (además) por sentarse a escribir un manual con un atractivo título: ‘Aspectos morfosintácticos del belsetán’. Defiende, aquí, que sin lengua los hombres seremos otra cosa, no quienes somos. Tercera hazaña.

Con Ángel Luis yo he aprendido que abarrancarse significa tomar una decisión arriesgada, en belsetán, en castellano, o en chino capuchino. Que el aire fagüeño (caliente) que sopla en el Pirineo y en las mentes de quienes legislan puede derretir la nieve y la lengua. Que el lenguaje, las palabras, los giros, los vocablos, el acervo, los nombres, los pronombres, los adjetivos, los sustantivos… forman parte de nuestra cultura. Que no hay que olvidar hacia dónde vamos pero tampoco de dónde venimos. Que no hace falta convocar un referéndum para sacar la lengua o reivindicarla. A Ángel Luis le enseñaron en la escuela (cuando había que reeducar a los rojos que en la Guerra Civil se habían atrincherado en esta zona de Aragón) que charrar belsetán era feo, era paleto, era malo. Le inculcaron (regla en mano) que para ser finos había que hablar castellano. Y él, que es pastor e hila fino, defiende la lana, su lengua y, sobre todo, las palabras.

Don de lenguas. Comando Actualidad

 

 

Cuando el deseo de callar es más grande que la necesidad de contar, hay desequilibrios en suspense o equilibrios en claro suspenso. Y claro, el suspenso pica. Pica de rascar. Y si rascas, pica más. Las palabras que hoy me pican y que pico  para contar son las que he encontrado bajo el picajoso sol canario. Estaban ahí, juntas, apelotonadas, tendidas en la arena de la playa. Descansando frente al mar alicatado para el turista alemán, británico o nórdico de la Gran Canaria. Doce millones de blancos y rubios europeos pisaron el año pasado la capital del archipiélago del sol y la playa. Record batido. Este año va a más. Llega el verano y lanzamos  la caña para que vuelvan a picar. Y pican. Claro, porque el “made in Spain” ya picó la roca que bate el mar haciendo picadillo la ley de costas. Hay hoteles como caries en Las Palmas, Lanzarote o Tenerife (lo mismo da). Hay palabras de neón en los complejos del sur que han perdido el norte para intentar ganarlo.  Si caminas, ya sea rápido o lento, te topas con ellas: supermarket, shopping center, sales, coffee… El alemán ni lo pico, tanta consonante me rasca el cielo del paladar. 

El primer turista británico pisó Canarias cuando la costa de Las Palmas era una plantación tomatera. Hoy aquellos tomates son huertas de apartamentos y complejos muy complejos de gestionar. El ‘todo incluido’ hace su agosto de noviembre a mayo, temporada en la que el ‘guiri’ convierte Canarias en su invernadero. Pero claro, si el turista no sale del hotel hay restaurantes, taxis y mercaderes de excursiones que mueren en el ‘nada incluido’.

Y si picas, y confieso que he picado, encuentras familias (declaradas hay 53.000 en todo el archipiélago) viviendo única y exclusivamente de alquilar sus propias casas al extranjero. Familias ‘alegales’  que se enfrentan a multas de hasta 60.000 euros y que están perdiendo sus casas por no poder hacer frente a las sanciones. El gobierno canario persigue  a aquellos que subsisten del llamado  ‘alquiler vacacional’. Gran paradoja. ¿No hay turistas para todos?

Hay taxistas, camareras de piso, freganchines, hamaqueros, quiosqueros, gobernantas que hablan cinco idiomas. Todo por el turismo. Vendemos sol, clima, gastronomía, fútbol, playa, siestas, sangría, plátanos, aloe vera y  papas con mojo. ¿Pero qué vemos de ese milagro turístico que exportamos a bombo y platillo?

Cuando baja la marea, el océano deja a la vista otros picos: el pico del 33 por ciento de paro que ahoga Canarias, el pico que la convierte en la comunidad española con más desahucios o el pico que dice que es la zona con mayor número de familias que no llega a fin de mes. Y por poco que horades un poquito más, sale a flote todo un arsenal de vocablos canarios traducidos al lenguaje del monedero que rima con dinero. Desequilibrios suspendidos en un mar que calla más que cuenta.

 

Atardecer en la Playa de Maspalomas (Gran Canaria)

Atardecer en la Playa de Maspalomas (Gran Canaria)

 

 

Begoña se puso de parto una tarde en la que el frío lo cambió todo. Fue en Vallecas, hace un año. En su vientre, Víctor, su primer hijo. En el hospital, huelga sanitaria. El bebé empuja en el interior de la madre mientras los recortes empujan al mínimo el cuadrante de médicos y enfermeras. Es un parto más en un hospital público más de Madrid. Puede que ni la huelga ni los recortes tuvieran la culpa. Puede que el cordón umbilical fuera demasiado corto, puede que la placenta fuera demasiado vieja, puede que pasara mucho tiempo entre la primera y la última contracción. Puede. Víctor y Begoña no pudieron.

A Begoña le practicaron una cesárea de urgencia. Lo urgente acabó siendo importante y lo importante era más que urgente. El corazón de Víctor nació sin latido. En el informe médico, dos palabras: parada cardiorespiratoria. En lenguaje de la calle, una palabra: muerto.  Aún no lo ha visto, no ha podido abrazarlo, y Begoña ya se despide de su bebé.  Las piernas anestesiadas, el corazón helado. El recién nacido vuela en ambulancia hacia otro hospital público de Madrid. Frío.

La hipoxia afecta a uno de cada 1000 bebés en España y es responsable del 20% de los casos de parálisis cerebral. El único arma que tiene la medicina para evitar las secuelas neurológicas que, como en el caso de Víctor, se pueden producir por la falta de oxígeno en el cerebro es el frío.

El corazón del pequeño tardó seis minutos en latir. Recuperado el pulso, lo metieron en “la nevera” de la UCI de neonatos. La terapia hipotérmica hace que la actividad corporal y cerebral se ralentice. El bebé estuvo 72 horas enchufado a una máquina que bajó a 28 grados centígrados la temperatura de su corteza cerebral y acostado en una manta que enfrió su cuerpo a 35 grados. Tres días después del parto Begoña pudo abrazar, por primera vez,  a su bebé.

Hoy, un año después, un niño de mejillas rojas y ojos sonrientes entra en brazos de su madre a la consulta de la Doctora Blanco. No tiene ni una sola secuela, aún así tendrá que someterse a exámenes médicos hasta que llegue a la edad escolar. 

La terapia del frío se aplica desde hace seis años en la unidad de cuidados intensivos del Hospital Gregorio Marañón de Madrid. Su complejidad técnica y elevado coste económico hace que muy pocos hospitales puedan tenerla entre sus terapias. La mayor parte son hospitales públicos. “Víctor, el niño que llegó del frío” es parte de una de las historias que podrás ver hoy en Comando Actualidad.  El frío me ha despertado también a mí del letargo bloguero en una semana en la que hospitales, médicos y pacientes celebramos la congelación de la privatización de la sanidad madrileña.

La terapia del frío disminuye las secuelas neurológicas tras una muerte súbita

La terapia del frío disminuye las secuelas neurológicas tras una muerte súbita