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Melilla es un cruasán de doce kilómetros cuadrados, media luna de tierra apretada, de este lado, por las olas del mediterráneo, del otro, empujada por la presión fronteriza del continente al que pertenece. A Melilla llegan cada día desde el Rif una legión de 30.000 marroquíes. Hombres y mujeres que se aplastan en la frontera, pasaporte en mano, atravesando el torno fronterizo para llenar sus fardos de mercancías imposibles en las decenas de naves industriales que hay en el paso de Beni Enzar. Melilla come del comercio. Los porteadores marroquíes comen de cada ir y venir, de allí a aquí, de aquí a allí, echan al estómago tres o cinco euros por viaje.

La masa del cruasán melillense es compleja. Añade a los 30.000 rifeños diarios, un buen puñado de cristianos, cuarto y mitad de musulmanes, una pizca de hindúes, y un millar de judíos. Bate bien la mezcla. ¿Salen grumos? ¿Qué esperabas? Ahí llegan, once mil funcionarios para amasar. Si el pasado militar de Melilla ha llenado su historia de legionarios, soldados de reemplazo o familias peninsulares en juras de bandera; el presente fronterizo de Melilla llena sus calles de guardias civiles y de policía nacional.  La tan traída y llevada concertina, esa rosca de cuchillas que no cortan, hiere. Pasear por sus 12 kilómetros y setecientos metros, inquieta. Al fondo, disparos. La legión sigue utilizando el poco monte libre de ladrillo para entrenar a este lado del muro de acero.

La concertina de la valla de Melilla.

La concertina de la valla de Melilla.

La suma diaria de ingredientes eleva a 83.000 el vecindario. Y aún no hemos echado los 2000 subsaharianos que esperan en el Gurugú su gran salto, a ratos, mortal. ¿Qué hacemos? ¿Los unimos a la masa? Pero si sólo tenemos 12 kilómetros cuadrados de cruasán. No hay café para todos. Ni leche en la que mojar.

Y, ahora, el horno. El horno de la Ciudad Autónoma tiene su propio gobierno, que para eso es autónoma. Un horno con Marca España de termostato obsoleto. Es una compleja maquinaria burocrática donde para todo se necesita un papel, un sello y donde impera el oficialista “vuelva usted mañana”.

42 cámaras vigilan la frontera.

42 cámaras vigilan la frontera.

Melilla es una gran hermana, una torre de vigilancia 24 horas. Sólo en el perímetro fronterizo terrestre hay esparcidas 42 cámaras y un semillero de alarmas. Y luego está el habitante autóctono. El cristiano, melillense o melillita (según quien mire) que, celoso de su nacionalidad, ha esparcido la bandera de España en cada esquina, en cada bar, en sus ropas, en la frontera, en los comercios, en el Mercado Central. La bandera como defensa, la bandera como asta para recordar a Marruecos -y al propio gobierno español- que ese trozo de tierra ganado a África es España. El horno está encendido, caliente, a punto de reventar.

Melilla es la única ciudad española que tiene la única estatua de Franco defendiendo la memoria histórica en el centro de la ciudad.  ¿Y quién cuenta esta realidad local?: Cuatro periódicos, varias emisoras de radio y media docena de televisiones locales. Medios “patrocinados” o “subvencionados” (según quien mire) por el propio gobierno autónomo. Y luego están las mafias haciendo negocio con los sueños de los subsaharianos que quieren soñar. Si a este lado colocan concertina, al otro lado aumenta la dificultad y, por tanto, aumenta el precio del viaje a la tierra prometida.  A dos mil euros el salto y cuatro mil el pasaporte falso. Puro negocio. De la guerra civil en Siria están llegando familias enteras que pagan fortunas a las mafias para entrar en la ciudad. ¡Ah!, y los niños de la calle, dos centenares de menores (sin padres ni madres responsables o conocidos) que se escapan del Centro de La Purísima porque cuando cumplen 18 no tienen papeles y han de volver a empezar.

La realidad melillense tiene vértices como pinchos. Los de dentro, apretados gritan. Los que mandan, miran hacia otro lado:  el negro no vende. Melilla no es una valla, ni una frontera ni una concertina. Es más, mucho más. África se aplasta intentando pasar por una diminuta puerta hacia esta gigantesca y ciega Europa.

Casi me como la guinda: Melilla tiene un 41% de paro. La masa se me ha hecho bola. No está el horno para cruasanes.

La casa de Miguel Ángel está al otro lado de la valla. Vive en Marruecos y paga impuestos en Melilla.

La casa de Miguel Ángel está al otro lado de la valla. Vive en Marruecos y paga impuestos en Melilla.

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De chapas y potes

Publicado: 14 noviembre, 2013 en actualidad, opinión, periodismo, Reportajes
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Mariscadoras recogiendo almejas en las Rías Baixas. Once años después de la catástrofe del Prestige

Mariscadoras recogiendo almejas en las Rías Baixas.

Entre esta imagen y la marea que llevó a Galicia a las portadas de todos los periódicos, por una de las mayores catástrofes medioambientales del planeta, han pasado once años y un día.  No es lo que parece, pero sigue siendo lo que fue.

Esta imagen habla de las 4000 mujeres gallegas, más de la mitad mayores de 50 años, que viven pendientes del mar. Mujeres que le roban horas de sueño a la luna para ponerle el desayuno al sol. Mujeres que se embuzan en incómodos trajes de plástico para luchar con las olas. Mujeres que embisten al mar durante cuatro horas con el agua hasta el pecho. Mujeres que hincan pesados rastrillos para arañar a la arena un puñado de almejas, babosas o berberechos. Esta imagen habla de las 4000 gallegas que buscan tesoros en la bajamar.

La marea del destino me ha traído a Galicia hoy para hablar del trabajo de esas mujeres que durante los últimos once años y un día le han ganado tesoros al mar. ¡Y, qué cosas! La marea del destino me ha traído la misma imagen de aquellas mujeres que hace once años bajaban a la playa para quitarle al océano la costra negra y pegajosa que lanzaba un petrolero partido en dos.

Esta foto, que es de hoy, no quería hablar de la sentencia que ha dejado sin culpables ni responsables la marea negra del Prestige. Yo quería hablar de chapas, estoy contando potes.

Galicia ha vuelto a las portadas de todos los periódicos. El Prestige descansa a 4000 metros de profundidad en medio del océano. Once años y un día después,  el océano no descansa, en cualquier momento y sin impunidad cualquier Prestige puede dejarle sin tesoros.

Marrónoscurocasicaca

Publicado: 11 noviembre, 2013 en actualidad, opinión, periodismo
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Lo mire por donde lo mire, no veo más que ventajas en la huelga indefinida de recogida de basuras. Siempre he sido muy perezosa a la hora de decidir qué bolsa escoger para echar desperdicios. Así que he empezado a ahorrar tiempo y dinero. Llevo con la misma bolsa casi siete días, está a rebosar, pero insisto: todo son ventajas; no he tenido que cargar los cinco pisos sin ascensor para depositarla en el contenedor. Me cuesta deshacerme de lo que es mío, he dejado de sufrir ese sentimiento de propiedad privada. Ahora todo lo mío se queda conmigo.  Por fin he entendido eso de  que “somos lo que comemos” y ahora estoy conociendo mucho más a fondo a mis vecinos. La basura está esparcida a lo largo y ancho de la calle en la que vivo, ahora sé que el vecino del primero come gambas congeladas, la señora mayor del tercero disfrutó ayer un cocido (hay restos de tocino, garbanzos fritos y una pata de pollo en el portal), el señor del quinto izquierda, que está viudo, se apaña con tortilla precocinada y la vecina del segundo derecha le da al cordero con patatas.

Con la basura ha vuelto el juego a la calle. La infancia tiene centenares de latas de refrescos a las que arrear patadas. Jugar al pilla-pilla es mucho más divertido, las torres de plásticos, cartón y papel invitan a esconderse detrás, delante, dentro. Hay cristales rotos. Botellas esmeriladas. La mierda tiene un sinfín de desconocidas posibilidades.  Los dueños de los perros han estrenado sonrisa. Durante estos días de felicidad supina, no cabe ni un cagarro más en las papeleras, ya no hay que meter la caca canina en esas bolsas estrechas y antinaturales. Los canes defecan donde les viene la gana, que para eso son canes.

Estoy disfrutando del otoño como nunca. Pisar la alfombra marrón de hojas secas, oír su crujir, sentir su crepitar bajo mis pies es una sensación nueva. Si el invierno nos sorprende con heladas anticipadas y la huelga de basuras a cuestas, podremos disfrutar de divertidas caídas de ancianos con bastón o trepidantes carreras de hombres en muletas sobre una amalgama de hojas secas y putrefactas. Pura diversión.

Teniendo toda la basura al alcance, bien a la vista y bien revuelta, no hace falta hurgar en la escombrera.  Todo está a pedir de mano. Los hombres del pincho y el carrito han descubierto un nuevo presente y yo puedo disfrutar un nuevo pasado leyendo decenas periódicos atrasados sin acercarme al contenedor. Las noticias vuelan en el pavimento, se pegan al orín de la farola y se arremolinan a la costra pegajosa de la esquina. Un lujo inesperado.

Lo mire por donde lo mire, los efectos positivos de la huelga de basura van a más. Cada día de huelga sumaremos 300.000 kilos de basura en calles, parques y jardines de Madrid. Un paraíso en esta esquina.

Un paraíso que fotografían los miles de turistas que pisan la capital de un país dedicado en cuerpo y alma al turismo. El ayuntamiento madrileño privatizó la gestión del estercolero. Hoy se lava las manos: la basura no es cosa suya. Así, trabajadores y patronos andan frotando trapos sucios. Los primeros pelean para hacerse con un contenedor verde en el que ya no cabe una Botella que les libre del ERE que podría dejar a 1000 empleados en la calle. Los segundos luchan por un contenedor azul con el que llenar de papeles un nuevo concurso: el de los contratos basura. Lo mire por donde lo mire todo es color.  La costra marrónoscurocasicaca adorna las calles.

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Siempre he sido de natural confiada. Siempre he creído a pies juntillas en las matemáticas. ¿Y por qué desconfiar?  “Las matemáticas son una ciencia exacta” me decía Don Manolo, un profesor que nos arreaba un par de capones a los alumnos que nos despistábamos cada vez que aquel profesor -de aire autoritario- se encendía un cigarrillo en clase, porque en los años 80 en las aulas se podía fumar.  Pero estos días un nosequé se ha apoderado de mí y desconfío de cada número que leo. Desconfío de las sumas, de las restas, de las multiplicaciones y de las divisiones. A las raíces cuadradas ni me remito porque a estas alturas creo que ya he olvidado hasta para qué sirven. En fin. El caso, y vamos al grano, es que hoy he salido a comprobar mi recién estrenada integral desconfianza en las cifras. ¿Por qué? Porque no me fío. Me dicen que salimos de la recesión porque el crecimiento económico ha subido una décima. No me fío. Me cuentan la crisis se ha acabado aunque el PIB haya bajado un 12% desde que comenzaron las vacas flacas. No me fío. Me aseguran que es motivo de orgullo y satisfacción que el paro haya bajado en 72.800 personas, pero no me cuentan cuántas de esas 72.800 personas se han borrado de la lista del INEM o qué número ha salido corriendo a buscar trabajo fuera de España. No me fío. Siempre he sido de natural optimista pero qué queréis que os diga, no me fío.

Mis padres no pudieron pensar qué colegio era mejor para educar a sus tres hijos, ya tenían bastante con conseguir dinero para vivir, así que primero me llevaron a un colegio de monjas. Razón: estaba al lado de casa. Cuando mi hermano alcanzó la edad escolar, llegó el colegio privado. Razón: “los niños tienen que ir juntos a la escuela”, decía mi madre (las monjas sólo admitían a niñas). La razón número uno había dejado de importar porque el nuevo colegio estaba lejos de casa.  Pero entonces llegó la razón número tres: el colegio estaba subvencionado por la fábrica en la que trabajaba mi padre e íbamos en un autobús comunitario y gratuito para los hijos de los trabajadores. Sobraban las razones. Cuando la subvención de la fábrica se esfumó, llegó el colegio público. Razones:  sin razones.  En esta escuela acabé la EGB y , durante cinco años, tuve la suerte de convivir con estudiantes de toda clase social, había niños que vivían en chabolas, otros que lucían cocodrilos en las camisetas de pico y otros cuyos padres no podían pagar el bocadillo del recreo o vendían chatarra a la salida de clase.

Y mis padres que no pudieron pensar qué colegio era mejor, me enseñaron con tanto cambio, y quizá sin proponérselo,  que educar no es segregar a niños y a niñas en distintas aulas, que aprender religión no es rezar el rosario sino saber qué es el Budismo, el Judaísmo o el Islám, que enseñar no es memorizar sino formar en la reflexión, que la calidad de la educación no es el resultado de un examen o que escribir bien no es hacer una buena caligrafía sino aprender a argumentar, a expresar o formular ideas.  Que la educación es un derecho de todos, y que en ese todos puede haber muchos que no tengan dinero para el bocadillo. Y sobre todo me enseñaron el valor de la suma: muchos es más que uno. Razonamiento matemático que me lleva a pensar que uno no puede decidir cuál es el futuro de una Ley de la que dependen 40 millones de futuros.

Por eso hoy he sacado la calculadora para salir a la calle y contar cuántas personas había en la manifestación contra la reforma educativa que ha recorrido las calles del centro de Madrid. Sigo sin fiarme. Estas son mis cuentas:  130.000 padres, 151.249 madres, 1.200  niñas, 1.624 niños, 14.432 abuelas, 15.237 abuelos, 24.000 jubilados, 90.010 adolescentes, 67.865 jóvenes,  24.987 universitarios, 67.000 profesores y 76.234 maestras. He restado a un grupo de 23 turistas japoneses que hacían fotos a la Cibeles, a tres señores que paseaban a sus perros, a dos hombres vestidos de negro que pasaban por allí,  a dos chicas que se habían equivocado en la parada de autobús y  a una señora que iba a comprar el pan para cenar.

A estas alturas ya sé que mis cuentas no cuadrarán con ninguna otra. Sé que las matemáticas son una ciencia exacta, sí, y que se pueden hacer distintas operaciones para conseguir los mismos resultados o que podemos conseguir distintos resultados con una misma operación. Lío. También sé que no es lo mismo leer de derecha a izquierda que de izquierda a derecha. Sé que los malos humos y los capones de Don Manolo sólo conseguían dividir la clase en buenos y malos sin criterio pedagógico. Sé, porque los he conocido, que hay extraordinarios profesores que multiplican por 1.000 las ganas de aprender de sus alumnos.  Y todo lo aprendí en la escuela. Mis padres no pudieron pensar pero a mí sí me enseñaron a hacerlo. Ahora sé que  educar es sumar para que no haya restas en el futuro. Que hay que Wert para creer. ¡Tanta operación para llegar aquí! Estoy exhausta. Yo me sumo.

Ruinas de Palmira. Siria antes de la guerra.

Ruinas de Palmira. Siria antes de la guerra.

Viajé a Siria a finales de 2010. Tan sólo unos meses antes de que un grupo de adolescentes escribiera en el muro de Daara “El pueblo quiere la caída del régimen”. Era marzo de 2011 cuando aquella pintada, imitación de las primaveras árabes de los países vecinos, cambiaba para siempre la historia de un país que hasta entonces vivía de enseñar su historia.

Antes de que estallara la guerra civil que ha dejado más de 100.000 muertos. Antes de las manifestaciones. Antes de que seis millones de sirios se convirtieran en refugiados. Antes de los asedios de Baba Amr y Homs. Antes de la pasividad internacional ante los bombardeos contra la población civil. Antes del terror. Antes de la desesperación. Antes de que corriera la sangre de quienes pedían la caída del régimen. Antes de los funerales. Antes del ataque químico, conocí a Aimán. Licenciado en derecho, casado y padre de dos niños. Aimán vivía de mostrar las ruinas. Era guía turístico.

El desierto sirio, tierra de interminables llanuras antes de que seis millones de personas se convirtieran en refugiados.

El desierto sirio, tierra de interminables llanuras.

Con Aimán me adentré en las callejuelas de la Ciudad Vieja de Damasco. Descubrí la Mezquita Omeya, uno de los edificios más importantes del islam, donde acudían miles de musulmanes en peregrinaje desde hacía 3000 años. Con él escuché, desde el amanecer hasta el anochecer, la fascinante llamada a la oración del almuédano. Me perdí entre las columnas de Apamea. Saboreé los platos especiados en el zoco de Alepo y caminé las enigmáticas Ciudades Muertas de Siria.

Mujer rezando en la mezquita Omeya.

Mujer rezando en la mezquita Omeya.

Revisando aquellas fotos: las imágenes de una turista accidental pateando por las ruinas de un país convertido ahora gracias a la pasividad internacional -insisto- en un país en ruinas, siento una punzada de dolor. Ya nada en Siria tiene el color de aquellos diez días.

Ese impulso me lleva a compartir hoy el recuerdo de la sonrisa permanente de Aimán, aquella sonrisa que, volteando los ojos, se tornaba en gesto serio cuando le hacía la pregunta:

-¿Por qué el retrato de Bashar al Assad reina en cada calle, en cada comercio, en cada casa, en cada esquina si Siria es una república presidencial? Silencio.

La imagen de aquel tipo dominaba el país como si fuera su Mordor privado. Aquel tipo que llegó a la presidencia en unas elecciones sin oposición, a los 36 años, por lo que hubo que modificar la Constitución, que no permitía acceder al cargo a menores de 40.

Una foto de Bashar al Assad en cada esquina.

Una foto de Bashar al Assad en cada esquina.

Revisando aquellas fotos, reviso la oscura sensación que me transmitía el ojo de Bashar al Assad. Estaba en todas partes, era como si tuviera un espía reinando en cada ciudadano. Su sombra tenía la devoción de su pueblo. Transmitía que, en cualquier momento, entre el cuarenta y tres y el ochenta y ocho por ciento de la población podía estar en la nómina de su policía secreta. Miedo. El reinado del señor oscuro era tan extremo que parecía que la gente pudiera pensar que al Assad tuviera poderes sobrenaturales y descubrir al disidente. Pero no hay que exagerar, había gente que soñaba con la revolución.

La revolución soñada llegó. Y con ella la guerra. Y Siria llegó a los periódicos y a las primeras páginas de los noticieros. Bueno, no a todos. En España la cuestión siria no se cuela ni se ha colado, durante estos dos años años y medio de conflicto, en las portadas de los grandes periódicos. Hay asuntos que no venden o que sólo interesan a ratos. No hay dinero para corresponsales de guerra. Pero no hay que exagerar, también hay informadores disidentes y valientes. Conozco a compañeros, periodistas españoles, que han pedido créditos personales para poder marcharse a contar la guerra. Sobreviven gracias a las agencias internacionales de noticias. Periodistas que denuncian lo que pasa, que sueñan con la resolución del conflicto y la revolución de la prensa. Ahí está el magnífico trabajo del fotoperiodista Manu Brabo o de Mónica G. Prieto de Periodismo Humano.

Después de aquel viaje no he vuelto a saber de Aimán. Sin él no hubiera podido hacer estas fotos ni conocer aquella Siria amable y hospitalaria. Por eso recupero en su memoria aquel país que ya no es. Gracias. Ahora que en Siria hay más ruinas que nunca, ya no hay turistas. Ironía total. Aimán no dejó nunca de sonreír. Nunca respondió a mi pregunta. Ahora sé porqué. Era un asunto muy sirio.

Con Aiman en las ruinas de Palmira. Siria, octubre de 2010.

Con Aimán en las ruinas de Palmira. Siria, octubre de 2010.

Mario se mira en el espejo, se atusa el pelo y sonríe; plancha su camisa con las manos. Hugo le espera  en la habitación de al lado, dando el último sorbo a su penúltimo café. Café negro. Mario y Hugo. Hugo y Mario. Comparten habitación y hotel. Frente a su puerta hacen cola 45 periodistas. Son las estrellas cinematográficas del momento. Conceden entrevistas. Siete minutos de preguntas y respuestas, cronómetro en mano. Ellos y sus vecinos: Alex, Carmen, Carolina y Jaime han tomado la segunda planta del hotel más lujoso de San Sebastián.

Relaxing café con Hugo Silva y Mario Casas

Relaxing café con Hugo Silva y Mario Casas

Hay un lugar estos días concentrado en estrellas. Un lugar donde actores, directores, actrices, periodistas, reporteros gráficos, exhibidores, distribuidores y productores trabajan en los adentros y en las afuera del cine. Arrejuntados, todos, en apenas unos metros cuadrados. Hay una calle en San Sebastián, frente al hotel más lujoso de la ciudad, en la que estos días se concentran historias de histeria, de paroxismo, desfallecimientos e insomnios. Una calle en la que se retienen los fluídos y se espesa la respiración. Una calle en la que se amasan fuertes dolores de cabeza, pérdidas de apetito y de pesadez abdominal.
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Mario y Hugo se levantan del sillón victoriano. Cinco horas respondiendo a la prensa crómetro en mano son:  315 minutos y siete penúltimos cafés. Cafés negros.  Hay que salir. Hay que estirar. Respirar hondo. Llega el momento. Llegan las fans. Hugo mira por la ventana. Enciende el penúltimo cigarrillo. Mario mira el reloj,  estira por penúltima vez su pantalón. Ni una raya descolocada. Mario abotona el penúltimo botón de su camisa; mira a Hugo. Juntos bajan la penúltima escalera de caracol.

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Hay una  ciudad en la que viven 185.000 vecinos y en la que estos días se venden 150.000 entradas de cine. Esa ciudad que consigue alargar el verano y mover en una semana 27 millones de euros  de bolsillo en bolsillo.
Hay una vez en la vida en la que tienes que planchar el acongoje para que entre en la maleta, recoger del tinte los nervios y disimular en la trasera de la mochila tres noches de insomnio. Hay una vez en la vida en la que pisas -por primera vez- la alfombra roja del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Hay una primera vez y, para mí,  esa vez ha sido esta.
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Hugo y Mario atarviesan la puerta del hotel. Miles de adolescentes, mujeres, hermosas, sencillas o feas enloquecen. Apiladas gritan. Mario y Hugo pisan la calle. Al otro lado de la valla, miles de manos femeninas y un propósito:  ganar un autógrafo a las  manos masculinas. Ellas llevan de pie horas como siglos. A ellos nada les perturba. El mundo se mueve por impulsos invisibles. A ellas les basta con la ensoñación. Ellos viven una ficción paralela.

Hay un cine español que se promociona a la americana. Hay un cine español que que grita, que tiene insomnio; un cine que se queda sin espectadores, sin ingresos, un cine que soporta un IVA del 21%. Ojalá haya una vez en la que  los autógrafos de Mario y Hugo consigan resucitar el cine español. Ojalá, esta vez, Las brujas de Zugarramurdi de Alex de la Iglesia hagan lo que  hizo Lo Imposible de Juan Antonio Bayona esa otra vez.

Ojalá sirva este atracón de histeria.
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Vivo en el centro de Madrid y sufro a veces, con verdadera desgana, la transformación que transforma la Gran Vía y sus arterias colindantes las tardes y noches de los fines de semana. Soy más de acercarme a la Gran Calle madrileña a comprar el pan cualquier día laborable -y por la mañana-. Me gusta pasear cuando no hay hordas de turistas foráneos o del extrarradio; me siento incómoda viendo mostrar a los primeros sus cámaras fotográficas a la desvergüenza del tironero, y fuera de lugar al observar a los segundos pasear por la urbe vestidos de boda, bautizo o comunión.

Pero anoche era la noche de la fiebre del sábado olímpico; esa noche en la que, por tercera vez consecutiva, Madrid tenía dolores de parto. Esta vez sí, esta vez nos iba a nacer un hijo capaz de librarnos de todos los males, un primogénito con fuerza suficiente para borrar la deuda de la ciudad más endeudada de España. Y más por curiosidad periodística que por convicción de ciudadana implicada, me eché a la calle. Quería asistir al parto.

Divisé la desembocadura de la calle Alcalá en la Plaza de la Independencia atestada de gente. Observé desde lejos la gran pantalla gigante (gran redundancia) instalada para facilitar el seguimiento multitudinario del parto olímpico. Preámbulo de la gran fiesta, la pantalla escupía imágenes como contracciones. Vi varias dotaciones del SAMUR preparando dosis de epidural y cajas de bisturís por posible riesgo de hemorragia colectiva. Había cientos de policías dispuestos a cortar el cordón umbilical si la euforia se desbordaba, y decenas de periodistas (hubo más de un centenar de medios acreditados) retransmitiendo en directo cada contracción. Sentí envidia de mis compañeros, iban a grabar los primeros llantos del recién nacido sueño olímpico.

Al filo de las nueve, un mensaje en el móvil de mi amigo y periodista Carlos Roldán me avanzaba el titular. El niño turco había sacado la cabeza. Estambul adelantaba a España en el parto. El sueño olímpico entró en sufrimiento fetal. Para entonces yo ya estaba volviendo a casa. Antes de que llegara al portal el bebé japonés nacía con un pan bajo el brazo. Tokio, su madre, es de una economía más que solvente y no tiene doscientas bolsas de sangre escondidas por dopaje -está certificado en la partida de nacimiento-.

Justo cuando yo abría la puerta de casa, y antes de que el sueño olímpico madrileño entrara en parada cardio-respiratoria, los médicos decidían practicar un aborto olímpico. El feto venía con malformaciones económicas y una baja tasa sanguínea de credibilidad internacional.

Queda contrastado: no se me había perdido nada en la Gran Vía durante la noche de la fiebre del sábado olímpico. Respiré hondo. Encendí el ordenador y derogué la Ley de Plazos que le había puesto a mi pereza para escribir en este blog. Después del aborto olímpico, ¿seguirá menguando, por obsoleto, el 80% de las infraestructuras deportivas construidas? ¿Acabará como campo santo el Estadio de La Peineta, contratarán a jardineros para cortar sus malvas? ¿Habrá contabilidad B en La Caja Mágica que anime a algún mago a trabajar en ella? ¿Aprenderá inglés Ana Botella antes de 2020?

Respiré hondo otra vez. Entonces no sé muy bien qué extraña asociación de ideas me llevó a acordarme de uno de los primeros padres de la criatura olímpica: Alberto Ruiz Gallardón, ex alcalde de Madrid y actual Ministro de Justicia. Con el aborto olímpico aún en quirófano, lo imaginé ensayando su no sonrisa ante el espejo. De haber nacido el bebé olímpico, él no sería hoy protagonista. Apagué la tele y pedí sushi para cenar.