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Antonio

Publicado: 29 noviembre, 2016 en opinión, periodismo, Reportajes
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Es noviembre. Todavía. Es noviembre y estoy en casa. Son las cuatro de la tarde, y es nueve de noviembre, y pienso. Pienso en lo que voy a decir este nueve de noviembre, día en el que Donald Trump ha sido elegido presidente de los Estados Unidos. Presidente electo. Pienso en la palabra electo. Pienso eso encerrada en mi apartamento que tiene una cama, una cocina, un sillón, una televisión, una radio que no he apagado desde que esta mañana desayuné con la noticia. Pienso en el poder de la palabra elegir. Texto elegido, texto electo. Elegir. Y pienso. Y vuelvo a pensar. Y entonces me visto y salgo a comprar.

Es noviembre, pero hace calor. Camino por las calles sorteando familias, niños, carritos de bebés, gente que entra y sale de las tiendas, gente que hace cola en cada esquina. Esquivo madres, padres, abuelas, tíos, tías, cuñados que cargan con bolsas. Y pienso. Entro en la frutería de la esquina que hoy abre porque es fiesta. Compro kiwis, zanahorias, patatas y puerros. Tengo que elegir. Entro en el supermercado y me muevo entre los lineales rebosantes de botellas de vino, de productos de limpieza, de pan, de latas de conserva. Pienso que elegir lo que hay que hacer no es un verbo libre. Elegir es sujeto peligroso cuando va en contra de lo que parece conveniente. Elegir revela un predicado que apuesta por su real gana. Inconveniente y libre. Y pienso, y vuelvo a pensar, y entonces, como un trueno, recuerdo la foto que tengo sobre mi escritorio. La foto de Antonio. Y vuelvo sobre mis pasos, salgo del supermercado, esquivo más gente, más bolsas. Subo por San Bernardo y entro en mi apartamento. Sobre el escritorio, la foto de Antonio. La foto es así: un niño de rodillas en el suelo mira su propia imagen en el espejo de la lluvia asfaltada.

Cuando conocí a Antonio acababa de cumplir un año. Rubio, ojos azules, no hablaba. Sonreía. Sólo sonreía. Acababa de aprender a andar. Él fue el único motivo capaz de reunir a quince amigos que, como perdigones, no encuentran un punto de encuentro. Antonio se tambaleaba entre las mesas de un bar, mantenía el equilibrio como un muñeco con base redonda. Como un barbapapá. Recuerdo cómo esquivó el pico de una mesa, cómo se agarró a la pata de una silla. Y cómo volvió a sonreír. Y pienso que elegir es agarrarse a lo que recomienda la lógica. Elegir la fuerza de la razón.

Antonio me miró y abrió sus brazos. Lo cogí. Pesaba un quintal. Antonio era un niño rollizo, demasiado grande, demasiado fuerte para su edad. Antonio nació en la cárcel. Tiene cuatro hermanos. Todos de distinto padre. La madre pasó su infancia y su juventud en un centro de acogida. Fue un número más en la estadística de niños y jóvenes sin hogar. 40.000 en España. La madre de Antonio no tuvo padres, madres, tías o abuelos a los que agarrarse. Fue engullida por la serpiente de un sistema que protege a los niños sin familia, arrastrada por los colmillos que, a veces, institucionalizan la protección hasta convertirla en una cárcel de la que es imposible salir. Cumplir 18 años es traumático si no has podido fomentar tu autoestima. Y pienso que elegir es poder hacer lo que prefieres, es poder equivocarte.

¿Quieres otra caña?, preguntó Sara mientras preparaba la merienda de Antonio con una mano, plegaba el carrito del bebé con la otra y no quitaba ojo a su hija menor. Sara es la madre de acogida de Antonio. Ella y Dani, recién convertido en padre de acogida, tienen otras dos niñas: Martina y Teresa. Dos niñas rubias, de ojos azules y grises. Dos niñas que no se tambalean. Sara abrió el potito, sentó a Antonio en sus rodillas y le dio de comer. Antonio abrió la boca. Tragó y sonrió. Sonrió y tragó. Sara me contó que la madre biológica de Antonio ha salido de prisión y que está desaparecida. Miro al bebé y pienso en un maremoto arrastrando a esa mujer. Veo troncos, árboles, coches flotando en el océano, a una mujer que intenta salvarse. El tronco se parte en dos, el árbol cae al agua y desaparece, los coches se hunden. Y pienso que elegir es el poder más temible, el poder de la libertad.

Sara me contó que los otros cuatro hermanos del pequeño viven con distintas familias de acogida mientras rebañaba los restos de papilla de frutas de los labios de Antonio. Están en contacto con una de ellas. Cuando sea el momento, quedarán para que los dos hermanos se conozcan. El niño terminó el potito y sonrió. Se agarró al pantalón de Sara y aterrizó en el suelo. Ella le acarició el pelo. Sara cogió mi mano y la pasó por la parte trasera de la cabeza del bebé. No era curva, sino plana. Antonio estuvo siete meses sin apenas levantarse de la cuna. No tiene zapatos porque no hay talla suficiente para el diámetro de sus tobillos. Pienso en una habitación con muchos niños, muchas camas, muchas cunas y pocas manos que puedan sostenerlos, cogerlos por las axilas, lanzarlos hacia arriba, sentir el vértigo en su risa al caer, abrazarlos y sacarlos a pasear. Pienso elegir como posibilidad de hacer o no hacer.

Sara guardó el babero, retiró el potito vacío y llamó a su hija pequeña. Teresa giró el dedo índice diciendo no. Las niñas juegan con Antonio. Le llaman Tito. Tito, Tito, Tito. Tito sonríe, y balbucea: ito, ito, ito. Saben que en cualquier momento la madre biológica de Antonio puede aparecer. Si ella quisiera ver al bebé, ellos tendrían que dejarlo unas horas en el centro de acogida. Recogerlo después. Sara y Dani nunca verán a la madre biológica de Antonio. Lo dice la ley. Si la situación de la madre de Antonio cambiara podría reclamar la custodia del bebé. Sara y Dani tendrían que devolverlo. Pienso en la palabra devolver. No casa con la palabra infancia.

Pienso en Sara y en Dani cuando criaban a Martina y a Teresa. Y les veo alzar a sus hijas, cambiarles el pañal, rozar las plantas rosadas de sus pies, ponerlas en su pecho, darles de comer. Acunarlas despacio, oler su piel, peinar la pelusa de su pelo. Salir de paseo. Dormir. Dormir con ellas. Y pienso en su ahora y en su futuro con Antonio. Pienso que elegir es ir en contra de lo que parece conveniente. Elegir ha de ser peligroso.

Vuelvo a pensar en lo que estoy escribiendo este nueve de noviembre. Los pitidos de las señales horarias suenan en la radio. La locutora pregunta a los oyentes por qué nadie se explica la victoria de Donald Trump. Una señora con voz aguda cuenta en antena que los votantes están hartos de desigualdad. Un señor de voz ronca asegura que Trump va a traer más oportunidades a los que no las tienen. La foto de Antonio sobre la mesa. Si eres de esas personas que no pueden llorar, ten un hijo. Pienso en la madre biológica de Antonio y vuelvo a pensar en la serpiente tragándose a una niña, vuelve el maremoto zarandeando a una mujer, y pienso en instituciones que no funcionan, en oportunidades que se hunden en el mar como un coche a la deriva. Pienso en Antonio, un niño elegido, un niño electo. Pienso en Sara y en Dani, y en su elección con riesgo de perder. Pienso en un tipo blanco, rubio, racista, alto y arrogante, y en la democracia del verbo elegir. Es noviembre. Todavía. Es noviembre, y estoy en casa. Apago la radio.

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Garganta de los Montes, Madrid. Foto: Tomás Hernández.

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El pastor de Espierba que habla belsetán.

El pastor de Espierba que habla belsetán.

La nevada del año ha caído en Espierba. El termómetro duerme bajo el bajo cero. La montaña hiberna asomada al sol. El ruido no circula. El silencio patina. Son las diez de la mañana,  Ángel Luis desciende por la única calle asfaltada y libre de nieve.  Aparece sonriente al encuentro. Hace 53 años que patea las cumbres y los barrancos del Valle de Bielsa, -según miras de frente el mapa, al norte, Huesca, a la derecha, Monte Perdido.- Son cinco paisanos en el pueblo (contando los perros), guardianes de ese pirineo aragonés donde suman 20 los picos de tres mil y donde no llega el turismo de la nieve. Es un desahogo para el paisaje que no haya remontes, ni pistas negras, ni pistas rojas. Es una suerte salvaje para la descomunal naturaleza que no hayan transformado su nieve en polvo de euros. La suerte y el desahogo de la montaña es hazaña para el pastor, vive de la carne que le regalan sus cabras y sus ovejas. Quiso estudiar y llegó a la cumbre del COU, seguir escalando la ladera del conocimiento suponía marcharse muy lejos de Espierba. Así, eligió cuidar del ganado y acompañar a sus padres.  Hace unos años se abarrancó y comenzó a guardar, una a una, todas las palabras que aprendió charrando con su madre. Su madre se llama Generosa; su lengua madre, Belsetán.

Es una suerte para la lengua que a Ángel Luis le diera por atesorar las palabras de la variante más antigua y conservadora del aragonés. Sólo él, su madre y otros cincuenta locos del lugar charran en belsetán, un habla arcaica que, como el aragonés, el castellano o el catalán, procede del latín y que mantiene sonidos casi extinguidos. Convencido de que lo que no se usa se pierde y que para que algo no se pierda hay que usarlo, está construyendo el primer diccionario de Belsetán del mundo. Ha recogido, escrito y definido 15.000 palabras. Guarda su tesoro en una carpeta de cartón azul, atrapado entre gomas. Segunda hazaña. Como no le sobra ni un minuto, entre ordeños, pastoreos y salidas al monte, le ha dado (además) por sentarse a escribir un manual con un atractivo título: ‘Aspectos morfosintácticos del belsetán’. Defiende, aquí, que sin lengua los hombres seremos otra cosa, no quienes somos. Tercera hazaña.

Con Ángel Luis yo he aprendido que abarrancarse significa tomar una decisión arriesgada, en belsetán, en castellano, o en chino capuchino. Que el aire fagüeño (caliente) que sopla en el Pirineo y en las mentes de quienes legislan puede derretir la nieve y la lengua. Que el lenguaje, las palabras, los giros, los vocablos, el acervo, los nombres, los pronombres, los adjetivos, los sustantivos… forman parte de nuestra cultura. Que no hay que olvidar hacia dónde vamos pero tampoco de dónde venimos. Que no hace falta convocar un referéndum para sacar la lengua o reivindicarla. A Ángel Luis le enseñaron en la escuela (cuando había que reeducar a los rojos que en la Guerra Civil se habían atrincherado en esta zona de Aragón) que charrar belsetán era feo, era paleto, era malo. Le inculcaron (regla en mano) que para ser finos había que hablar castellano. Y él, que es pastor e hila fino, defiende la lana, su lengua y, sobre todo, las palabras.

Don de lenguas. Comando Actualidad

 

 

Petardos

Publicado: 5 enero, 2015 en actualidad, opinión, periodismo
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La otra noche, cuando volvía a casa con mi hija después de la cena de Nochevieja, un hombre vestido de fiesta y entrado en los cuarenta, explotó un petardo frente a nuestro portal. El estruendo disparó la alarma de una tienda y de un coche aparcado al otro lado de la acera.  Mi hija, asustada, preguntó: -Mamá, ¿por qué hace eso? No supe qué responder. Alcancé a contarle que quizá era la  manera de ese individuo decirle al mundo: ‘Mírame, mírame, mírame. Mira qué bien me lo estoy pasando’. La respuesta no convenció y mi hija volvió al ataque: -Mamá, es un adulto, ¿tú crees que explotaría ese mismo petardo a la puerta de su casa? Me aventuré: -No, no creo que nadie quisiera despertar de un sobresalto las alarmas del vecino si, con ello, el ruido constante y machacón pudiera perturbar el sueño de toda su calle toda la noche. Qué risa.

Es a ese ruido constante y machacón, con el que me acosté, con el que soñé  y con el que me levanté, al que agradezco el fenomenal dolor de cabeza con el que he dado la bienvenida al año nuevo. No hay nada tan gratificante como empezar algo nuevo con un formidable dolor. Y siendo de cabeza es mucho más placentero. Dónde va a parar. Después, todo ha ido rodado. He entendido por qué un año tras otro, cuando llega la Navidad, nos empeñamos en comer más de lo que cabe en nuestro cerebro, de este modo es más fácil desear hacer dieta en cuanto ponemos un pie en Enero. He entendido por qué, en Nochevieja, disfrazados de frac o subidas en comodísimos tacones, nos lo fumamos todo y nos lo bebemos todo: no hay como un fantástico dolor de pies y una poderosa resaca para desear dejar de fumar y de beber el primer día del año. Además, ¿qué hay más placentero que desayunarse en el nuevo año con la noticia esencial del día? ¿Quién puede negar que una de las cosas más importantes que han pasado en nuestro país, en las primeras horas de 2015, es que los andaluces no hayan podido tomarse las uvas por un fallo en la emisión de las campanadas? Qué risa.

Gracias al petardo que explotó el petardo también he entendido por qué la palabra ‘empatía’ no será nunca elegida como palabra del año, que para eso trabaja la Fundación del Español Urgente, para designar ‘selfi’ como anglicismo españolizado. El vocablo ganador del recién enterrado año dice mucho de cómo somos y de cómo nos comportamos.

Ahí vamos, petardeando a la puerta del prójimo como buenos ciudadanos en el país de la risa, con armas de revolución masiva: petardos y selfis. Epidérmicos, tecnológicos, buscadores de experiencias efímeras, aduladores del yo. Así nos va. Dicen quienes saben de esto: filósofos, sociólogos, antropólogos y otros estudiosos del yo colectivo, que las costumbres públicas españolas son iguales a las de todas las épocas de nuestra cultura. Que somos desordenados, anárquicos, faltos de solidaridad social y de aptitud para lo común. Eso sí, cuando queremos que todo cambie, acudimos al mito de la Lotería y al golpe de suerte. Ya se sabe: ‘Spain is different’.

Somos tan diferentes que tenemos el país lleno de petardos. Tenemos tonadilleras, toreros y presidentes de clubes de fútbol en chirona. Tenemos un honorable Pujol que manda callar a quienes preguntan con qué oscuras comisiones se enriqueció su familia. Tenemos tarjetas opacas para repartir a quienes cobran sueldos millonarios. Tenemos respetuosas marquesas que dicen que se van de la política pero que después se quedan para huir de la policía arrollando a los agentes del orden, Esperanzas y Aguirres que en 2015 se postulan alcaldesas.  Tenemos un consejero de sanidad experto en protocolo, modales y vocabularios de la prepotencia. Al que, menos mal, han acabado destituyendo por su manifiesta ineficacia en el caso del ébola. Tenemos Anas Matos, Arturos Fernández, Bárcenas, sindicalistas con cuentas en Suiza, Jaumes Matas, Monagos, Urdangarines e Infantas. Y, por supuesto, tenemos ciudadanos petardos que reparten petardos a los cuarenta cumplidos (insisto, la edad es un dato). Si es que tenemos de .

¿Qué pasaría si nos diéramos de alta como ciudadanos responsables? ¿Seríamos capaces de dar de baja a los petardos? No soy muy de pedir deseos, pero este año, me obliga el dolor de cabeza.  Así que deseo que recordemos el texto de John Donne que da título a la novela que Ernest Hemingway publicara en 1940.

“Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.

Traigo una historia, un cuento. Y estoy en franca desventaja con quien me inspira porque esa persona me ha enseñado muchas cosas y tiene muchas más historias que contar. Yo tengo mucho tiempo qure recuperar, ponerme al día y compensar sus enseñanzas. Dicen que para contar historias no hay que ser buen escribiente sino mejor escucha. Hay estadísticas que hablan de que el 120% de las buenas narraciones no salen de la cabeza genial de un escritor: le entran por las orejas. Los escritores ordenan las palabras, les dan forma y las sacan a bailar.

Y quien inspira esta historia, bailaba y baila. Salía a hurtadillas de la casa de sus padres cuando llegaban las fiestas y, con ellas, el baile al pueblo. Allá por 1930, cuando llegaba la noche y mientras sus padres soñaban, se escapaba por la ventana de atrás para que no le robaran sus sueños. Porque entonces, cuando estrenaba juventud y le apetecía bailar, el baile de la mujer era cosa fea. Qué cosa.

La cosa es que tengo abuela. Y eso ya es más que buena cosa. Pero es que además de historias, mi abuela tiene una edad. Una edad de haber vivido un reinado, una guerra, una posguerra, una república, una dictadura, una transición, una democracia y otro reinado más. Palabras esas que ahora tanto usan los que cuentan, aunque no sepamos si cuenta su uso o si no es su uso lo que cuenta.

Volvamos, que lo que cuenta es mi abuela, una abuela que me cuenta que vivió todo eso sin casi salir del pueblo. Bueno, sí, salió a servir como otras muchas mujeres del valle. Así se llamaba entonces el empleo del servicio doméstico. Recién estrenada su adolescencia (si es que entonces había de eso) partió a Madrid a casa de ‘la señora’. A mi abuela le sirvió servir y después de servir volvió a su pueblo. En esa vuelta aprendió a no ser reina y puede que en algún baile bailara con Zacarías, mi abuelo. Decidió que sí, que tenía ya una edad y con él se casó.

Isabel y Zacarías. Zacarías e Isabel. Tanto monta monta tanto. Entre baile y baile encargaron nueve hijos. Llegaron siete. Todos especiales para su vida especial en la casa de adobe que da al arroyo. En la casa de la calle Zahurdilla. La casa con cueva donde envejece el vino y donde en verano se guardan las patatas al resguardo del invierno. En la casa de ida y vuelta a la guerra y la posguerra. Ella, estirando los garbanzos, repartiendo el somier, multiplicando la manta, plantando tomates o, con suerte, recogiendo pimientos y alimentando gallinas para dar de comer a siete bocas. La octava era la suya. Y, mientras, él iba y venía. Siendo vinatero, arriero y cabrero por los pueblos de la sierra de Ávila. Pastoreando su rebaño por los montes. Aquel entonces de colchón de lana, dio paso al después de somier con colchón de espuma y como el viscolástico no llegaba se quedó en colchón a secas.

Y hubo tiempos a secas y tiempos de húmeda espuma. Y en esa casa que da al arroyo, que tiene cueva y huerto han crecido sus siete hijos, se ha mecido apelotonada la risa de sus trece nietos o el llanto de trece biznietos. Ha habido tiempos de llantos y tiempos de risa. Tiempos de lluvia y tiempos de sol. Tiempos de idas y tiempos de vueltas.

En esa casa que da al arroyo, que tiene cueva y huerto, mi abuela sigue contando historias, en verano bajo la parra y frente a la lumbre en invierno. Y allí desmadeja el tiempo mientras teje labores y ganchillos. Con ella hemos sabido que meditar es concentrarse contando los puntos y deshacer los miles de líos en los que se mete la lana para ser manta, colcha, bolso o vestido. Con la abuela unos y otras hemos descubierto que internet y las redes sociales se inventaron a la fresca del portal. Que pueden cambiarse calabazas por melones o patatas por lechugas. Porque cuando el vecino está cerca -y esa es escuela de pueblo- uno da lo que recibe y luego recibe lo que da.

Y ahora que se invierte la historia y que los bolsillos se ajustan y nos empujan a volver a lo nuestro, a lo local, al campo, al pueblo, quienes aún tenemos la suerte de tener abuela y hemos probado el sabor de un tomate recién cortado de la mata sabemos cuándo regar es urgente y escardar es importante. Sabemos de la libertad de las puertas abiertas de par en par. Sabemos que los colores de la tele los inventó el paisaje y que los sonidos, sus paisanos. Las historias de mi abuela construyen el presente con el lenguaje de antaño. Me regaló la badila para fundir el ascua, o el artesón para amasar la uva o el alambique para aguardientes escondidos y embotellar damajuanas. Las historias bailan en lugares secretos y danzan en casas hinchadas de fotos enmarcadas con dolores en color o con fiestas en blanco y negro.

Mi abuela Isabel nació un 8 de julio de 1918 en San Esteban del Valle, una localidad de apenas mil paisanos escondido en el abulense Valle del Tiétar. Hoy, mientras el pueblo celebra sus fiestas de verano, ella cumple 96 años. Sus historias son valores. Cuentos de identidad. Cuando suenen las campanas, repique la fiesta y la plaza se llene de música, ella saldrá a bailar. Si te fijas bien, seguro que ves danzando sus diminutos pies sobre la arena. Feliz baile, abuela.

Foto: Silvia Sánchez

Amanece en San Esteban del Valle. Ávila.

(Este texto ha sido publicado en la revista anual que se edita con motivo de las Fiestas Patronales de San Esteban. La publicación carece de edición digital, por ello he querido insertarlo en mi blog).

Cuando el deseo de callar es más grande que la necesidad de contar, hay desequilibrios en suspense o equilibrios en claro suspenso. Y claro, el suspenso pica. Pica de rascar. Y si rascas, pica más. Las palabras que hoy me pican y que pico  para contar son las que he encontrado bajo el picajoso sol canario. Estaban ahí, juntas, apelotonadas, tendidas en la arena de la playa. Descansando frente al mar alicatado para el turista alemán, británico o nórdico de la Gran Canaria. Doce millones de blancos y rubios europeos pisaron el año pasado la capital del archipiélago del sol y la playa. Record batido. Este año va a más. Llega el verano y lanzamos  la caña para que vuelvan a picar. Y pican. Claro, porque el “made in Spain” ya picó la roca que bate el mar haciendo picadillo la ley de costas. Hay hoteles como caries en Las Palmas, Lanzarote o Tenerife (lo mismo da). Hay palabras de neón en los complejos del sur que han perdido el norte para intentar ganarlo.  Si caminas, ya sea rápido o lento, te topas con ellas: supermarket, shopping center, sales, coffee… El alemán ni lo pico, tanta consonante me rasca el cielo del paladar. 

El primer turista británico pisó Canarias cuando la costa de Las Palmas era una plantación tomatera. Hoy aquellos tomates son huertas de apartamentos y complejos muy complejos de gestionar. El ‘todo incluido’ hace su agosto de noviembre a mayo, temporada en la que el ‘guiri’ convierte Canarias en su invernadero. Pero claro, si el turista no sale del hotel hay restaurantes, taxis y mercaderes de excursiones que mueren en el ‘nada incluido’.

Y si picas, y confieso que he picado, encuentras familias (declaradas hay 53.000 en todo el archipiélago) viviendo única y exclusivamente de alquilar sus propias casas al extranjero. Familias ‘alegales’  que se enfrentan a multas de hasta 60.000 euros y que están perdiendo sus casas por no poder hacer frente a las sanciones. El gobierno canario persigue  a aquellos que subsisten del llamado  ‘alquiler vacacional’. Gran paradoja. ¿No hay turistas para todos?

Hay taxistas, camareras de piso, freganchines, hamaqueros, quiosqueros, gobernantas que hablan cinco idiomas. Todo por el turismo. Vendemos sol, clima, gastronomía, fútbol, playa, siestas, sangría, plátanos, aloe vera y  papas con mojo. ¿Pero qué vemos de ese milagro turístico que exportamos a bombo y platillo?

Cuando baja la marea, el océano deja a la vista otros picos: el pico del 33 por ciento de paro que ahoga Canarias, el pico que la convierte en la comunidad española con más desahucios o el pico que dice que es la zona con mayor número de familias que no llega a fin de mes. Y por poco que horades un poquito más, sale a flote todo un arsenal de vocablos canarios traducidos al lenguaje del monedero que rima con dinero. Desequilibrios suspendidos en un mar que calla más que cuenta.

 

Atardecer en la Playa de Maspalomas (Gran Canaria)

Atardecer en la Playa de Maspalomas (Gran Canaria)

 

 

Cartel de Aquel no era yo

Cartel de Aquel no era yo

Un periodista sin historia no es nadie. Un periodista sin resaca, tampoco. Lo dicen los manuales prácticos sobre periodismo. En mi manual, hoy, tenía pensado contar que el cortometraje Aquel no era yo se había llevado el Óscar. La noticia llenaría diarios, portadas, correría como la pólvora por los periódicos digitales, por los teléfonos móviles. El Ministerio de Cultura español colgaría la noticia en su página web y el ministro aparecería sonriente en los telediarios. En el mundo del cine, hoy, no se hablaría de otra cosa.

Resulta que la realidad -otra vez- supera la ficción y la noticia que yo quería contar no ha sido noticia. Helium, del danés Anders Walters se ha hecho con la estatuilla dorada al mejor corto de ficción. Pero tengo una historia, y aunque he tardado en verla porque no tengo resaca, me he decidido a escribirla.

Son más de 400 las personas que han trabajado en Aquel no era yo, el corto de mínimo presupuesto que se ha alzado como la única baza española en la Meca del cine. Ahí están Pepe, Gloria, Joaquín, Edu, Dani o Isabel. Sus nombres se suman, insisto, a más de 400 nombres que un día se dejaron llevar por la ilusión del madrileño Esteban Crespo, guionista y director del corto, y convirtieron el toledano pueblo de Escalona y sus alrededores en una parte de África. Entre todos transformaron una antigua granja de cerdos en el escenario de un conflicto armado para denunciar que los tiranos utilizan a menores como niños soldado. José Luis, el director de arte y del diseño gráfico, recreó una realidad sangrante. Ahí estuvieron Joaquín y Edu ofreciendo su ayuda para dar forma a las explosiones entre los vehículos  acorazados y el armamento que prestó el Ejército Nacional de Tierra.  Gloria, ayudante de producción, anduvo de cabeza los cinco días de rodaje. Con su furgoneta de Madrid a Escalona y de Escalona a Madrid llevaba y traía, traía y llevaba. Consiguió en las calles de Lavapiés que 80 personas de raza negra y de distintas etnias trabajaran como extras. Muchos eran menores así que llegaron acompañados de sus madres. Y al final, las madres y los extras repitieron, se quedaron, había que echar una mano.  Y todo sin un euro.

Sucedió a finales de octubre y principios de noviembre de 2011, antes y después del rodaje las lluvias arreciaban y, como por arte de magia, el sol salió durante esos cinco días. Sin sol, el rodaje no hubiera sido.  Luego, el montaje y, después, el estreno. Fue en la Gran Vía, en el Capitol, uno de los pocos cines que aún no ha mudado su piel a centro comercial. Lo recuerdo bien, la cola daba la vuelta a la esquina.

El corto se ha paseado por festivales y ha cosechado, además de un Goya, más de 90 premios nacionales e internacionales. La nominación al Óscar llegó por sorpresa. Después llegó Isabel, y Montse, su socia, desde Tilde Consultora dieron forma a la página web de “Aquel no era yo”. La promoción no ha parado.

Esteban, Álvaro, José Luis, Susana, David y quienes sí pudieron pagarse en febrero el billete de avión a Los Ángeles y después el viaje a Hollywood se han vuelto locos entre hispanos, americanos, contactos, entrevistas con agentes, visionados… Un mes de trabajo incesante con un objetivo:  cuantos más académicos vieran el corto, más posibilidades de ganar la estatuilla.

Desde entonces hasta hoy -la noche de resaca de los Óscar- varios cines han cerrado en España, el IVA sigue siendo un peaje muy caro para quienes quieren ver historias en la gran pantalla. La crisis acorta la mínima distribución de los cortos. La cacareada Ley de la Industria Cinematográfica no llega. Los políticos se sientan en otras butacas.

“Lo más duro es volver a ser tú mismo después de hacer lo que has hecho”, dice Juan Tojaka, -el niño soldado protagonista de Aquel no era yo-. Me quedo con su frase: elocuente, directa y redonda. Juan representa a Kaney, uno de los 250.000 menores obligados en el mundo a participar en conflictos bélicos. Juan es también uno de esos 400 locos que han hecho posible un sueño en versión corto, aunque esta noche Óscar no esté entre ellos. 

Begoña se puso de parto una tarde en la que el frío lo cambió todo. Fue en Vallecas, hace un año. En su vientre, Víctor, su primer hijo. En el hospital, huelga sanitaria. El bebé empuja en el interior de la madre mientras los recortes empujan al mínimo el cuadrante de médicos y enfermeras. Es un parto más en un hospital público más de Madrid. Puede que ni la huelga ni los recortes tuvieran la culpa. Puede que el cordón umbilical fuera demasiado corto, puede que la placenta fuera demasiado vieja, puede que pasara mucho tiempo entre la primera y la última contracción. Puede. Víctor y Begoña no pudieron.

A Begoña le practicaron una cesárea de urgencia. Lo urgente acabó siendo importante y lo importante era más que urgente. El corazón de Víctor nació sin latido. En el informe médico, dos palabras: parada cardiorespiratoria. En lenguaje de la calle, una palabra: muerto.  Aún no lo ha visto, no ha podido abrazarlo, y Begoña ya se despide de su bebé.  Las piernas anestesiadas, el corazón helado. El recién nacido vuela en ambulancia hacia otro hospital público de Madrid. Frío.

La hipoxia afecta a uno de cada 1000 bebés en España y es responsable del 20% de los casos de parálisis cerebral. El único arma que tiene la medicina para evitar las secuelas neurológicas que, como en el caso de Víctor, se pueden producir por la falta de oxígeno en el cerebro es el frío.

El corazón del pequeño tardó seis minutos en latir. Recuperado el pulso, lo metieron en “la nevera” de la UCI de neonatos. La terapia hipotérmica hace que la actividad corporal y cerebral se ralentice. El bebé estuvo 72 horas enchufado a una máquina que bajó a 28 grados centígrados la temperatura de su corteza cerebral y acostado en una manta que enfrió su cuerpo a 35 grados. Tres días después del parto Begoña pudo abrazar, por primera vez,  a su bebé.

Hoy, un año después, un niño de mejillas rojas y ojos sonrientes entra en brazos de su madre a la consulta de la Doctora Blanco. No tiene ni una sola secuela, aún así tendrá que someterse a exámenes médicos hasta que llegue a la edad escolar. 

La terapia del frío se aplica desde hace seis años en la unidad de cuidados intensivos del Hospital Gregorio Marañón de Madrid. Su complejidad técnica y elevado coste económico hace que muy pocos hospitales puedan tenerla entre sus terapias. La mayor parte son hospitales públicos. “Víctor, el niño que llegó del frío” es parte de una de las historias que podrás ver hoy en Comando Actualidad.  El frío me ha despertado también a mí del letargo bloguero en una semana en la que hospitales, médicos y pacientes celebramos la congelación de la privatización de la sanidad madrileña.

La terapia del frío disminuye las secuelas neurológicas tras una muerte súbita

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