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Hostias consagradas a domicilio. Foto: Daniel Galindo-José Ángel García Pavón.

Acelera, agarra el volante y sus pulseras de cuero giran en la misma dirección que la curva. Hay casas de piedra, algunas en pie. Las calles están desiertas y llenas de polvo. El termómetro roza los cinco grados, es marzo, no hay humo en las chimeneas. Desde el asiento de copiloto observo al cura que no lleva sotana ni alzacuellos. La camisa suelta de cuadros, el pelo largo. Miro la raya que hace su pantalón vaquero al pisar el acelerador. El vello corporal asoma por el último botón de su camisa. La carretera zigzaguea por los pueblos, los une y los separa como una frontera vacía.
– Los perdemos, dice Teo.
-¿Para qué te viniste a trabajar aquí, lejos de todo?, pregunto.
Para en seco el coche. Abro la puerta y veo que saca del maletero un papel. Se lo ofrece a una mujer que cuida vacas frente a la carretera. Sé exactamente lo que está haciendo.
-Buscamos gente, contesta.
Se retira el pelo de la cara y le ofrece el papel a la mujer, es un folio escrito por las dos caras y envuelto en plástico. Se remanga la camisa, las pulseras de cuero ciñen su muñeca. La mujer tiene unos cuarenta años, sonríe y golpea en el lomo a las vacas con un bastón. Es una celebrante de la palabra, una vecina que lee en misa el texto que escribe el cura. Hay veinte como ella en la comarca. Habitantes que llegan donde él no llega. Teo, el cura, tiene a su cargo quince pueblos. Sólo en un fin de semana celebra seis misas. Además de ser el sacerdote con más parroquias de toda Zamora, por las mañanas es profesor de religión. La mujer guarda el papel en el delantal, sus gafas rojas contrastan con el verde del campo. Vive de vender chuletas. Si sus hijos quisieran quedarse esa tierra y continuar con la ganadería, ella les diría que no. La mano derecha del cura sujeta un mechón de pelo que el viento empuja en la misma dirección que la hierba.
-¿Buscamos gente?, pregunto.
Teo conecta el radiocasete de su Opel Astra. Se recuesta en el asiento. Suena Luis Eduardo Aute. Baja el volumen. Sabe a lo que he venido. Le observo conducir por las carreteras desiertas de una comarca desierta y pienso en el recorte que dejé abandonado sobre mi escritorio antes de salir de casa. La prensa de tirada nacional le sacó en portada. Un cura en la primera página de un periódico es como un extra de moda primaveral en una revista de economía. Guardé el recorte; y su foto, la foto de un rockero dando la comunión a una anciana vestida de negro tapada de pies a cabeza. Salir a buscar gente, eso es exactamente lo que hacemos. Intentar descifrar qué sucede en esta zona de España con rincones menos habitados que los lugares menos poblados de Siberia o Laponia. Teo mete quinta y las ruedas rebasan una curva que yo no habría pasado ni en tercera. Miro hacia atrás, el atardecer dibuja dos rayas paralelas de polvo en la carretera. Un puñado de ancianos sentados al sol saludan al cura. Estamos a una hora de Zamora aunque las señales digan que la capital de provincia está a 65 kilómetros. Las arboledas centenarias avanzan a través de la ventanilla.
-¿Esto no tiene salida?, insisto.
Teo tira de freno de mano, sale al camino y vocea. Un millar de ovejas come lo que queda verde del pasto, el rebaño se espanta. Un niño de apenas diez años chisca la lengua, contiene al ganado y corre hacia el cura. Una mujer y un hombre le siguen despacio. Sonríen. Teo les entrega una botella de vino. Ella limpia la iglesia de uno de los pueblos, él lleva la cruz en los entierros. El chaval dice que de mayor quiere ser pastor. La mujer le mira. Su hijo es el único niño que queda en el pueblo, le acaricia el pelo. Será pastor, dice, pero primero tendrá que estudiar.
-La salida es montar un tanatorio, oigo al cura mascullar mientras se despide del matrimonio y del niño. Enfilamos un sendero de arena. Hay algunas casas más adelante. Un cementerio en una colina. Un bosque al fondo. Delante, la llanura. Eso que llaman los campos de Castilla aquí limita al norte con Galicia y al oeste con Portugal. Estamos más cerca de la raya portuguesa que de cualquier capital de cualquier provincia española. A Teo se le mueren los pueblos, se le desprenden del mapa como migas de un mantel al sacudirlo por la ventana. Las aldeas, las casas, las iglesias, los habitantes de la Comarca de Aliste son migajas que se escapan para ser devoradas en vuelo por gorriones como aves carroñeras.
-¿Cuántos años llevas en esta zona?, digo.
-Llegamos tarde, contesta.
Las campanas tocan a misa. Entra en la iglesia, en la sacristía y con la puerta abierta se mete en la casulla, la estira despacio sobre el pantalón vaquero. Las mujeres han encendido las velas. Al fondo, tres o cuatro ancianos; delante, señoras con pañuelo a la cabeza vestidas de negro, con la mirada fija en el altar. A la hora de la paz, Teo baja del púlpito y da la mano a todos los vecinos, uno a uno. Se levantan, le esperan.

El cura con más parroquias de Zamora. Foto: Daniel Galindo-José Ángel García Pavón.

Teo se crió entre obreros, a los veinte eligió el sacerdocio y el pueblo. Hoy está nervioso. Es un cura, un sacerdote, un clérigo, un pastor y la cámara le persigue, indiscreta; le interroga, le convierte en el protagonista del relato audiovisual sobre la falta de habitantes en su comarca. Teo es el sacerdote al que todos esperan, el cura que no vende biblias. Ese que se ha quedado sin mayos de infancias y comunión, aquel que no ve llegar puntillas bordadas a las pilas bautismales, el que pelea por robarle al alcalde el penúltimo sacramento del matrimonio y quien ha cambiado los ataúdes por urnas. El cura que no pasa el cepillo se debe al voto de pobreza, de castidad, de obediencia, de caridad. El cura que tiene un póster del Ché Guevara colgado detrás de la puerta de su dormitorio nunca podrá estar en las afueras de las afueras del marco que lo sostiene. Llega a mi altura, las pulseras de cuero apretadas a su mano izquierda. Pasa de largo. Sabe que la cámara no cree en Dios. Son las ocho y media de la tarde. Un rayo de luz se cuela por un ventanuco. Al fondo, el cura levanta el misal. La estufa de butano no puede con el frío.
-Llevo veintidós, dice Teo.
-¿Veintidós?
-Veintidós años trabajando en estos pueblos, tengo cuarenta y siete.
Teo sabe que los periodistas adoran los números. Se ha hecho de noche. Llueve. La luz roja del salpicadero marca seis grados. Me fijo en el cuentakilómetros, hemos recorrido sesenta en dos horas. Avanzamos en la oscuridad de la carretera. Todos los habitantes de la contorna suman mil doscientos, son quince pueblos. En cinco años ha enterrado a 210 vecinos y bautizado a cinco niños. La última rapaza nació hace dos meses. El parabrisas del coche barre las gotas que resbalan amarillas al trasluz de las farolas.
La contorna y la rapaza. El lenguaje y sus fronteras. Las palabras mueren o desaparecen en el abismo cuando no se usan. Las palabras nos definen: los amigos que tuvimos, el grupo social al que pertenecemos. Las palabras le cuentan a un ladrón, antes de que nos robe, cuánto dinero llevamos en la cartera. Teo no quiere dejar caer a su contorna ni a la rapaza que sostiene en brazos. Se llama Sofía. Es la última niña que pasará por su pila bautismal. Los padres de Sofía reciben al cura en casa, vestidos de domingo; la lumbre baja. El vino y el chorizo, sobre la mesa.
Hace veinte años comenzó a dar clase de religión en el único instituto de la zona a 300 chavales. Hoy en sus aulas quedan 136 alumnos. El cura que tiene un ojo verde y otro azul entra en clase y un remolino de chavalería se le acerca, le pone la mano en el hombro, le enseña las últimas fotos de grupo en Facebook. Teo proyecta la imagen de los apóstoles en una pizarra digital, hoy toca examen del Evangelio. Fuera: la carretera, la bombona de oxígeno en el maletero dentro de un bote de hostias consagradas, las pulseras de cuero bien prietas, las manos al volante.

Instituto de Alcañices, Zamora. Foto: Daniel Galindo-José Ángel García Pavón.

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Justo es vaquero trashumante. Guía al ganado desde las dehesas a la montaña.

Justo es vaquero trashumante. Guía al ganado desde las dehesas a la montaña.

Era la última vez, su último viaje. Se lo había prometido. Ésta sería la ocasión en la que por fin haría lo que cada año, uno tras otro, pensaba. Una y no más, no había vuelta atrás. Al mirar el color de los pastos, sentía calor. Al pisarlos, crujían bajo las botas, clavaban su aguijón seco y amarillo en la dura suela. El sol estaba peleón y aún la aguja chica no rozaba las diez. Al fondo y sin inmutarse, cuatrocientas vacas pastaban tranquilas, con la nostalgia con la que pastan las vacas. Y no eran vacas cualquiera. Eran vacas con pedigrí, vacas de pata negra. Reses que valían el desvelo de las noches al relente, de dormir sobre un saco o, en la mejor de las noches, sobre una suerte de colchón de mantas apiladas. Colocó la montura a su caballo, tensó la cincha, se caló el sombrero y posó su mirada en algún punto del horizonte. Echó un trago. Repetía el vaquero el mismo gesto que mediado junio venía repitiendo desde hacía veinte años. Así comenzó su viaje y así comenzó el nuestro. Tengo la suerte de haber crecido en un pueblo en el que a los niños nos permitían dar de comer a los cerdos, agarrar a los corderos al ser trasquilados, asistir a partos complicados de terneros, salir corriendo tras el gallo que te picó en el culo y cerrar los ojos al sentir el grito del cerdo en su matanza. Pero hasta este verano no he podido convivir con quienes pasan semanas enteras en el campo trasladando vacas desde las dehesas agostadas hasta las frescas cumbres. El último viaje del vaquero es para mí el primer viaje trashumante a una montaña cercana a mi infancia, de la dehesa extremeña a los agrestes picos de la Sierra de Gredos.

Acompañamos a 400 vacas en su camino trashumante

Acompañamos a 400 vacas en su camino trashumante

Los primeros kilómetros son los mejores. El estreno del camino aún no añora la propia cama, ni sabe de la sed o del polvo, ni de la incertidumbre que ocultan las nubes o el sol. El vaquero tiene por delante 300 kilómetros, con sus madrugadas y sus atardeceres. No va solo. Junto a él, el mayoral, los caballistas, cinco vaqueros curtidos a la sombra o a la intemperie y dos mozos aprendices de vaquero que cabalgan, teléfono móvil en mano, espoleando o sujetando las riendas de la caballería. Las reglas de la trashumancia han cambiado, las formas se han acomodado a los nuevos tiempos. El móvil silenció al silbido. El camión abarató los costes y la carretera asfaltada mermó el tiempo de traslado. En España hay nueve grandes rutas trashumantes, en teoría protegidas por la Ley de Vías Pecuarias. Las antiguas cañadas reales son pasto ahora de coches y de caprichos de alcaldes, administraciones públicas o particulares que han levantado en ellas gasolineras, casas, piscinas o cercas. Por suerte, aún hay ganaderos que tienen la espalda recia y que soportan diez horas diarias a caballo. Valientes que año tras año insisten en repetir el rito a pie. Han cambiado el burro y las alforjas por la furgoneta de alquiler para llevar los víveres. En la panza del vehículo caben el agua fresca, el vino, el chorizo cortado a navaja, el jamón con mucho magro y poca veta. Y en el camino, que se sabe cuándo empieza pero no cuándo acaba, hay lugar para la risa, para las confidencias, para sacar la guitarra y desmadejar la voz. La ganadería a la que acompañamos trashuma desde los tiempos en los que la mesta era sinónimo de poderío español frente a una Europa más proclive al desarrollo urbano.

Cabalgan semanas llevando el ganado a los pastos frescos de la Sierra de Gredos.

Cabalgan semanas llevando el ganado a los pastos frescos de la Sierra de Gredos.

El poderío de estos ganaderos es, ahora, trasladar el ganado a pie, más proclive al desarrollo rural. Encaramos la etapa reina del camino trashumante: El puerto del Pico, 1352 metros sobre el nivel del mar. Las reses suben por la calzada romana. El vaquero cuenta: una, dos, tres…, cuatrocientas. Si una vaca se pierde hay que parar, volver, buscarla para encontrarla, convencerla para que retome la senda. Las vacas -ya se sabe- tienen querencia. El vaquero se seca el sudor. Hace una semana que cabalga. Los últimos kilómetros son los peores. El final del viaje añora la propia cama, sabe de la sed y del polvo, de la certidumbre que ocultan las nubes o el sol. No hay sombrero que dé sombra.

En el Puerto del Pico, 1352 metros sobre el nivel del mar.

En el Puerto del Pico, 1352 metros sobre el nivel del mar.

Alcanzó la cumbre y nosotros con él. Tengo la suerte de ejercer un oficio que me permite vivir experiencias a veces casi extinguidas, para, después, contarlas. El cuento de este viaje se escribe gracias a quienes siguen apostando por el antiguo sistema de producción ganadera; a su paso se limpian los pastos, se abona la tierra, mueve músculo la res. Son ecologistas que no van de ello, ni lo pretenden. Aguantan la dureza de la tradición pese a que la regulación de la economía de mercado haya roto los mecanismos de la naturaleza. Llevar caminando las vacas durante semanas implica tal volumen de burocracia que a veces se hace más duro el papeleo que el pateo. Montarlas en un camión ahorra costes y tiempo pero eleva el estrés de los animales. Ahora que la pequeña ganadería ya no cumple con el viejo precepto de ser hereditaria, es muy difícil que el hijo de un ganadero continúe la senda paterna. Ya no hay quien retome o siga, salvo que vayan muy bien las cosas, una vida parecida a la de su padre, que recupere, que conserve.

En España hay nueve rutas trashumantes protegidas por la Ley de Vías Pecuarias.

En España hay nueve rutas trashumantes protegidas por la Ley de Vías Pecuarias.

Me hubiera gustado dormir al raso, sentir el relente, el frío, compartir el temor a que una vaca se escape, contar las cabezas antes de que llegue mañana, pero las normas de los presupuestos televisivos merman la economía del periodismo. Hay que apretarse la cincha, contar historias en el menor tiempo posible y con el menor coste. Como si fueras en camión.

Al mirar el color de los pastos, el vaquero siente frescor. Pisarlos mulle las botas, relaja la suavidad húmeda y verde en la dura suela. Es la ocasión en la que por fin hace lo que cada año, uno tras otro, desea. Al fondo y sin inmutarse, cuatrocientas vacas pastan tranquilas, con la nostalgia con la que pastan las vacas. El sol está peleón y aún la aguja chica no roza las diez.

Imágenes: Jose Antonio Julián.

Manuel es vaquero desde niño, lleva trashumando 25 años.

Manuel es vaquero desde niño, lleva trashumando 25 años.

La ruta trashumante en Comando Actualidad

 

El Pozo Sotón cerró en diciembre de 2014, ahora sirve de auxiliar a la extracción de carbón en el Pozo María Luisa.

El pozo Sotón cerró en diciembre de 2014, ahora sirve de auxiliar a la extracción de carbón en el pozo María Luisa.

La noche antes de bajar a la mina el sueño se ahuyentó. La cabeza se desbocó. A esas horas en las que la mente oscurece la claridad, basta con que abras una ventana a la incertidumbre para que no puedas volver a cerrarla ni a golpe de piedra. La noche era un hervidero de miedos. La mina mandaba. Y lo peor es que al día siguiente había que madrugar. El pozo Sotón abría su boca a nuestra cámara al amanecer. Enclavado en la comarca minera de Langreo, en Asturias, el pozo dejó de escupir carbón en diciembre de 2014. Ahora presta sus agujeros de mozo auxiliar al activo pozo María Luisa.

Cuando nos presentamos en la mina, mi estómago era un hueco hueco. La falta de sueño y el temor se habían llevado el hambre. No podía evitarlo.

A la mina se baja en una jaula, un ascensor industrial cerrado con barras de hierro por los cuatro costados. A través de las rejas puedes tocar la pared de hormigón, sentir el eco del mortero conteniendo la roca. Contengo la respiración. Descendemos a las entrañas de la tierra. Primera parada. Octavo piso. 400 metros bajo el suelo.

A la mina se sigue bajando por una chimenea, una escalera excavada en la piedra. Es el primer orificio que se le abre a la roca para extraer el carbón. Los puntales de madera castigan o sostienen, según, el movimiento del agujero y sirven de agarradero. Dos pies y una mano en los palos o dos manos y un pie. Siempre. Bajas casi en vertical. El movimiento desprende arena y polvo. Tengo mucho calor. Me ahogo. El hueco, pensado también para escapar si las cosas se ponen negras, tiene medio metro de ancho y 800 metros de longitud. Mejor no mirar hacia abajo. Segunda parada. Noveno piso. 500 metros bajo el suelo.

A la mina se puede seguir descendiendo por un tubo de peldaños inclinados, un túnel arañado a los intestinos de la tierra. Aferrada a una cuerda. A más profundidad, más humedad. No pensar, pisar. El carbón, cuanto más profundo, más caro. Cuanto más abajo, más duro. Cuanto más caes, más rumias la dureza del trabajo en la mina. Los callos del tajo son rumor siendo visita.  Décimo piso. 700 metros bajo el suelo. Última parada. La máxima cota a la que se puede descender en nuestro país. Ningún rascacielos llega tan alto sobre la superficie terrestre. Respiro. El recorrido dura cinco horas pero hace rato que no me funciona el tiempo.

A la mina se baja con casco, linterna, mono, botas de caña alta y rescatador; un aparato respiratorio que, si el aire se pone oscuro, has de enchufarte a boca y nariz para salir pitando. Al pozo no se baja en soledad. Si eres minero, vas en par. Si eres turista, vas en compañía. Seis mineros, formados como guías y en primeros auxilios, reconstruyen su mirada para dirigir al visitante a través del territorio sin luz. Intercalados. Minero, turista, minero, turista, minero… Así, hasta diez. Pedro es el capitán. Hijo de minero fallecido,  sabe de la dureza y de la oscuridad de la mina; de lo que la mina te quita y de lo que la mina te da. Él y sus compañeros han aparcado el martillo picador para convertirse en luminarias de las visitas. Ganan en salud y en condiciones laborales. Avanzo con ellos por las galerías y el hueco del estómago se llena, el estrés y la ansiedad se pulverizan. Todo lo que estamos viendo ha sido construido por hombres como ellos. Cierro las compuertas del miedo.

El pozo Sotón es el primero que abre al público cinco de sus 140 kilómetros de galerías.  La experiencia, pionera en España, se vende como turismo de aventura. Es el presente de la mina en una comarca donde antaño hubo 50 pozos abiertos y 40.000 familias viviendo del carbón. Hoy quedan cuatro activos y 1500 personas comen del mineral. ¿Será el turismo la mina del futuro del carbón?

Del pozo se sale en la misma jaula en la que se entra. Cuesta abrir los ojos. Respiro. Al fin y al cabo, la bajada a setecientos metros bajo tierra no se improvisa.

Bajando a la mina en 'la jaula'

Bajando a la mina en ‘la jaula’

En la chimenea del Pozo Sotón

En la chimenea del pozo Sotón

mineros

Seis mineros enseñan esta mina asturiana al turista

con carbón

El carbón a 700 metros bajo tierra.

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Preparando la detonación en el pozo Sotón.

Cinco kilómetros de galerías subterráneas abren al público por primera vez

Cinco kilómetros de galerías subterráneas abren al público por primera vez en España

Barrenar, o cómo meterse en el mono de un minero.

Bajando y bajando y bajando, hasta llegar al centro de la tierra

Bajando y bajando y bajando, hasta llegar al centro de la tierra

140 kilómetros excavados en la roca, dan para este gesto y mucho más.

140 kilómetros excavados en la roca, dan para este gesto y mucho más.

Seis mineros del Pozo Sotón pendientes de la seguridad del visitante.

Y de recuerdo, un trozo de carbón.

Cinco horas de viaje subterráneo.

Cinco horas de viaje subterráneo.

Entrar como turista en una mina asturiana de carbón cuesta 48 euros.

Ser minero por unas horas cuesta 48 euros.

Imágenes: Jose Antonio Julián.

El pastor de Espierba que habla belsetán.

El pastor de Espierba que habla belsetán.

La nevada del año ha caído en Espierba. El termómetro duerme bajo el bajo cero. La montaña hiberna asomada al sol. El ruido no circula. El silencio patina. Son las diez de la mañana,  Ángel Luis desciende por la única calle asfaltada y libre de nieve.  Aparece sonriente al encuentro. Hace 53 años que patea las cumbres y los barrancos del Valle de Bielsa, -según miras de frente el mapa, al norte, Huesca, a la derecha, Monte Perdido.- Son cinco paisanos en el pueblo (contando los perros), guardianes de ese pirineo aragonés donde suman 20 los picos de tres mil y donde no llega el turismo de la nieve. Es un desahogo para el paisaje que no haya remontes, ni pistas negras, ni pistas rojas. Es una suerte salvaje para la descomunal naturaleza que no hayan transformado su nieve en polvo de euros. La suerte y el desahogo de la montaña es hazaña para el pastor, vive de la carne que le regalan sus cabras y sus ovejas. Quiso estudiar y llegó a la cumbre del COU, seguir escalando la ladera del conocimiento suponía marcharse muy lejos de Espierba. Así, eligió cuidar del ganado y acompañar a sus padres.  Hace unos años se abarrancó y comenzó a guardar, una a una, todas las palabras que aprendió charrando con su madre. Su madre se llama Generosa; su lengua madre, Belsetán.

Es una suerte para la lengua que a Ángel Luis le diera por atesorar las palabras de la variante más antigua y conservadora del aragonés. Sólo él, su madre y otros cincuenta locos del lugar charran en belsetán, un habla arcaica que, como el aragonés, el castellano o el catalán, procede del latín y que mantiene sonidos casi extinguidos. Convencido de que lo que no se usa se pierde y que para que algo no se pierda hay que usarlo, está construyendo el primer diccionario de Belsetán del mundo. Ha recogido, escrito y definido 15.000 palabras. Guarda su tesoro en una carpeta de cartón azul, atrapado entre gomas. Segunda hazaña. Como no le sobra ni un minuto, entre ordeños, pastoreos y salidas al monte, le ha dado (además) por sentarse a escribir un manual con un atractivo título: ‘Aspectos morfosintácticos del belsetán’. Defiende, aquí, que sin lengua los hombres seremos otra cosa, no quienes somos. Tercera hazaña.

Con Ángel Luis yo he aprendido que abarrancarse significa tomar una decisión arriesgada, en belsetán, en castellano, o en chino capuchino. Que el aire fagüeño (caliente) que sopla en el Pirineo y en las mentes de quienes legislan puede derretir la nieve y la lengua. Que el lenguaje, las palabras, los giros, los vocablos, el acervo, los nombres, los pronombres, los adjetivos, los sustantivos… forman parte de nuestra cultura. Que no hay que olvidar hacia dónde vamos pero tampoco de dónde venimos. Que no hace falta convocar un referéndum para sacar la lengua o reivindicarla. A Ángel Luis le enseñaron en la escuela (cuando había que reeducar a los rojos que en la Guerra Civil se habían atrincherado en esta zona de Aragón) que charrar belsetán era feo, era paleto, era malo. Le inculcaron (regla en mano) que para ser finos había que hablar castellano. Y él, que es pastor e hila fino, defiende la lana, su lengua y, sobre todo, las palabras.

Don de lenguas. Comando Actualidad

 

 

Con su prostitución a la puerta de casa, sus yonkis ochenteros y sus navajas-jeringa en el portal, mi barrio ha sido, lo que se dice, un barrio ejemplar. Situado en la trasera de la Gran Vía de Madrid, con casi igual número de iglesias que de bares, Malasaña siempre ha hecho honor a su nombre. El apodo de malasañero se lo dieron los modernos de la movida madrileña. Llamarse Barrio de Universidad o Maravillas no era cool ya ni en aquel entonces alucinógeno y heroínico. La dejadez municipal apoyó la degradación urbana convirtiendo todas sus esquinas en gueto.

Yo llegué al barrio cuando la pátina gris del humo a tabaco, los tapizados de polipiel en los antros o las jeringuillas en los lavabos se habían esfumado. A finales de los 90 hasta el ayuntamiento quería lavar la cara a sus calles. Claro, son estratégicas y céntricas. A dos pasos del turismo. ¡Cómo no haberlo visto antes! Tuvieron que matar a una yonki en la Plaza de la Luna para que estallara todo. Y todo estalló.

Estallaron los precios de los pisos, dinamitaron los burdeles en tiendas de diseño, deconstruyeron las tascas en afterlunchs y las mercerías en art gallerys. Mi barrio dejó de ser ejemplar para ser moderno.

Y, hace unos días, cuando me enfrentaba al reportaje que hoy inspira este post. Sobre la página en blanco apareció la gentrificación. Una palabra de esas que te para,  te congela, te paraliza y te hace acudir con urgencia al diccionario (no lo hagas, no hallarás respuesta). Me quedé gentrificada. Resulta que la afección que corroe las entrañas de Malasaña es la de la ‘etilización’, el ‘aburguesamiento’. La élite moderna con sus ipad, sus ipod, sus laptops y otros utensilios mega fashion, desembarca en un espacio degradado para transformarlo. Eso que,  a priori, ha de ser positivo (estando las jeringas donde estaban) viene aliñado con los matices del  ‘todo por la pasta’. Los especuladores del diseño compran inmuebles a precio de risa para venderlos a importes de carcajada. Los alquileres de los locales escalan montañas. El ayuntamiento quita la protección a las viviendas protegidas y les dice a sus inquilinos que se vayan. A los burdeles les venden el todo por las putas pero sin las putas.  Lo in te deja out. Nos han gentrificado pero las calles siguen sucias, que esto no es el Barrio de Salamanca.

Y, una vez gentrificada, me eché a las calles para husmear en esos negocios de toda la vida que resisten los envites de la modernidad porque no tienen que pagar ni hipotecas ni alquileres estratosféricos. Y conocí a Nines que trabaja desde los doce años en Casa Perico, el restaurante que abrió su padre en Ballesta (una de esas calles donde aún hay chicas paseando su exterior para dar placer en interiores de pensiones por horas). Descubrí a Maxi y a Ana, cuya familia lleva cosiendo alpargatas desde finales del siglo XIX, viven del turismo que los busca porque son únicos. Y me metí en la cueva de La Moda de Ángel, en la que guarda faldones, camisetas, pantalones, faldas, leotardos, bragas, braguitas y calzones que han vestido desde 1800 a todos los niños del barrio. Y puse un poco de luz al reportaje en la tienda de Rubén, el mago de las lámparas maravillosas. Es capaz de hacer cumplir más de tres deseos y encontrar cualquier aplique por lejano que esté. Y a la hora de comer pasé por Tejidos Antonio. Tiene sábanas, manteles, mantas, colchas, servilletas, cortinas. Con sus colores viste las casas de los modernos, que a lo antiguo lo llaman vintage y lo vintage, ya se sabe, está de moda. Y acabé la tarde charlando con el mítico Casto en su mítico Palentino. 60 años dando de beber y comer a todo padre y todo hijo de vecino. Sus cañas  y sus sandwiches mixtos  no han variado el precio desde que inventaran los duros. Lo que no hayan visto sus ojos o no haya sucedido en los lavabos de su bar, no es historia.

Maxi, Ana y sus alpargatas centenarias

Maxi, Ana y sus alpargatas centenarias

Casto y su mítico Palentino

Casto y su mítico Palentino

Rubén y sus lámparas maravillosas

Rubén y sus lámparas maravillosas

Nines en su casa de la Calle Ballesta

Nines en su casa de la Calle Ballesta

Ángel y el niño del chocolate

Ángel y el niño del chocolate

Cuando el deseo de callar es más grande que la necesidad de contar, hay desequilibrios en suspense o equilibrios en claro suspenso. Y claro, el suspenso pica. Pica de rascar. Y si rascas, pica más. Las palabras que hoy me pican y que pico  para contar son las que he encontrado bajo el picajoso sol canario. Estaban ahí, juntas, apelotonadas, tendidas en la arena de la playa. Descansando frente al mar alicatado para el turista alemán, británico o nórdico de la Gran Canaria. Doce millones de blancos y rubios europeos pisaron el año pasado la capital del archipiélago del sol y la playa. Record batido. Este año va a más. Llega el verano y lanzamos  la caña para que vuelvan a picar. Y pican. Claro, porque el “made in Spain” ya picó la roca que bate el mar haciendo picadillo la ley de costas. Hay hoteles como caries en Las Palmas, Lanzarote o Tenerife (lo mismo da). Hay palabras de neón en los complejos del sur que han perdido el norte para intentar ganarlo.  Si caminas, ya sea rápido o lento, te topas con ellas: supermarket, shopping center, sales, coffee… El alemán ni lo pico, tanta consonante me rasca el cielo del paladar. 

El primer turista británico pisó Canarias cuando la costa de Las Palmas era una plantación tomatera. Hoy aquellos tomates son huertas de apartamentos y complejos muy complejos de gestionar. El ‘todo incluido’ hace su agosto de noviembre a mayo, temporada en la que el ‘guiri’ convierte Canarias en su invernadero. Pero claro, si el turista no sale del hotel hay restaurantes, taxis y mercaderes de excursiones que mueren en el ‘nada incluido’.

Y si picas, y confieso que he picado, encuentras familias (declaradas hay 53.000 en todo el archipiélago) viviendo única y exclusivamente de alquilar sus propias casas al extranjero. Familias ‘alegales’  que se enfrentan a multas de hasta 60.000 euros y que están perdiendo sus casas por no poder hacer frente a las sanciones. El gobierno canario persigue  a aquellos que subsisten del llamado  ‘alquiler vacacional’. Gran paradoja. ¿No hay turistas para todos?

Hay taxistas, camareras de piso, freganchines, hamaqueros, quiosqueros, gobernantas que hablan cinco idiomas. Todo por el turismo. Vendemos sol, clima, gastronomía, fútbol, playa, siestas, sangría, plátanos, aloe vera y  papas con mojo. ¿Pero qué vemos de ese milagro turístico que exportamos a bombo y platillo?

Cuando baja la marea, el océano deja a la vista otros picos: el pico del 33 por ciento de paro que ahoga Canarias, el pico que la convierte en la comunidad española con más desahucios o el pico que dice que es la zona con mayor número de familias que no llega a fin de mes. Y por poco que horades un poquito más, sale a flote todo un arsenal de vocablos canarios traducidos al lenguaje del monedero que rima con dinero. Desequilibrios suspendidos en un mar que calla más que cuenta.

 

Atardecer en la Playa de Maspalomas (Gran Canaria)

Atardecer en la Playa de Maspalomas (Gran Canaria)

 

 

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Melilla es un cruasán de doce kilómetros cuadrados, media luna de tierra apretada, de este lado, por las olas del mediterráneo, del otro, empujada por la presión fronteriza del continente al que pertenece. A Melilla llegan cada día desde el Rif una legión de 30.000 marroquíes. Hombres y mujeres que se aplastan en la frontera, pasaporte en mano, atravesando el torno fronterizo para llenar sus fardos de mercancías imposibles en las decenas de naves industriales que hay en el paso de Beni Enzar. Melilla come del comercio. Los porteadores marroquíes comen de cada ir y venir, de allí a aquí, de aquí a allí, echan al estómago tres o cinco euros por viaje.

La masa del cruasán melillense es compleja. Añade a los 30.000 rifeños diarios, un buen puñado de cristianos, cuarto y mitad de musulmanes, una pizca de hindúes, y un millar de judíos. Bate bien la mezcla. ¿Salen grumos? ¿Qué esperabas? Ahí llegan, once mil funcionarios para amasar. Si el pasado militar de Melilla ha llenado su historia de legionarios, soldados de reemplazo o familias peninsulares en juras de bandera; el presente fronterizo de Melilla llena sus calles de guardias civiles y de policía nacional.  La tan traída y llevada concertina, esa rosca de cuchillas que no cortan, hiere. Pasear por sus 12 kilómetros y setecientos metros, inquieta. Al fondo, disparos. La legión sigue utilizando el poco monte libre de ladrillo para entrenar a este lado del muro de acero.

La concertina de la valla de Melilla.

La concertina de la valla de Melilla.

La suma diaria de ingredientes eleva a 83.000 el vecindario. Y aún no hemos echado los 2000 subsaharianos que esperan en el Gurugú su gran salto, a ratos, mortal. ¿Qué hacemos? ¿Los unimos a la masa? Pero si sólo tenemos 12 kilómetros cuadrados de cruasán. No hay café para todos. Ni leche en la que mojar.

Y, ahora, el horno. El horno de la Ciudad Autónoma tiene su propio gobierno, que para eso es autónoma. Un horno con Marca España de termostato obsoleto. Es una compleja maquinaria burocrática donde para todo se necesita un papel, un sello y donde impera el oficialista “vuelva usted mañana”.

42 cámaras vigilan la frontera.

42 cámaras vigilan la frontera.

Melilla es una gran hermana, una torre de vigilancia 24 horas. Sólo en el perímetro fronterizo terrestre hay esparcidas 42 cámaras y un semillero de alarmas. Y luego está el habitante autóctono. El cristiano, melillense o melillita (según quien mire) que, celoso de su nacionalidad, ha esparcido la bandera de España en cada esquina, en cada bar, en sus ropas, en la frontera, en los comercios, en el Mercado Central. La bandera como defensa, la bandera como asta para recordar a Marruecos -y al propio gobierno español- que ese trozo de tierra ganado a África es España. El horno está encendido, caliente, a punto de reventar.

Melilla es la única ciudad española que tiene la única estatua de Franco defendiendo la memoria histórica en el centro de la ciudad.  ¿Y quién cuenta esta realidad local?: Cuatro periódicos, varias emisoras de radio y media docena de televisiones locales. Medios “patrocinados” o “subvencionados” (según quien mire) por el propio gobierno autónomo. Y luego están las mafias haciendo negocio con los sueños de los subsaharianos que quieren soñar. Si a este lado colocan concertina, al otro lado aumenta la dificultad y, por tanto, aumenta el precio del viaje a la tierra prometida.  A dos mil euros el salto y cuatro mil el pasaporte falso. Puro negocio. De la guerra civil en Siria están llegando familias enteras que pagan fortunas a las mafias para entrar en la ciudad. ¡Ah!, y los niños de la calle, dos centenares de menores (sin padres ni madres responsables o conocidos) que se escapan del Centro de La Purísima porque cuando cumplen 18 no tienen papeles y han de volver a empezar.

La realidad melillense tiene vértices como pinchos. Los de dentro, apretados gritan. Los que mandan, miran hacia otro lado:  el negro no vende. Melilla no es una valla, ni una frontera ni una concertina. Es más, mucho más. África se aplasta intentando pasar por una diminuta puerta hacia esta gigantesca y ciega Europa.

Casi me como la guinda: Melilla tiene un 41% de paro. La masa se me ha hecho bola. No está el horno para cruasanes.

La casa de Miguel Ángel está al otro lado de la valla. Vive en Marruecos y paga impuestos en Melilla.

La casa de Miguel Ángel está al otro lado de la valla. Vive en Marruecos y paga impuestos en Melilla.