Antonio

Publicado: 29 noviembre, 2016 en opinión, periodismo, Reportajes
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Es noviembre. Todavía. Es noviembre y estoy en casa. Son las cuatro de la tarde, y es nueve de noviembre, y pienso. Pienso en lo que voy a decir este nueve de noviembre, día en el que Donald Trump ha sido elegido presidente de los Estados Unidos. Presidente electo. Pienso en la palabra electo. Pienso eso encerrada en mi apartamento que tiene una cama, una cocina, un sillón, una televisión, una radio que no he apagado desde que esta mañana desayuné con la noticia. Pienso en el poder de la palabra elegir. Texto elegido, texto electo. Elegir. Y pienso. Y vuelvo a pensar. Y entonces me visto y salgo a comprar.

Es noviembre, pero hace calor. Camino por las calles sorteando familias, niños, carritos de bebés, gente que entra y sale de las tiendas, gente que hace cola en cada esquina. Esquivo madres, padres, abuelas, tíos, tías, cuñados que cargan con bolsas. Y pienso. Entro en la frutería de la esquina que hoy abre porque es fiesta. Compro kiwis, zanahorias, patatas y puerros. Tengo que elegir. Entro en el supermercado y me muevo entre los lineales rebosantes de botellas de vino, de productos de limpieza, de pan, de latas de conserva. Pienso que elegir lo que hay que hacer no es un verbo libre. Elegir es sujeto peligroso cuando va en contra de lo que parece conveniente. Elegir revela un predicado que apuesta por su real gana. Inconveniente y libre. Y pienso, y vuelvo a pensar, y entonces, como un trueno, recuerdo la foto que tengo sobre mi escritorio. La foto de Antonio. Y vuelvo sobre mis pasos, salgo del supermercado, esquivo más gente, más bolsas. Subo por San Bernardo y entro en mi apartamento. Sobre el escritorio, la foto de Antonio. La foto es así: un niño de rodillas en el suelo mira su propia imagen en el espejo de la lluvia asfaltada.

Cuando conocí a Antonio acababa de cumplir un año. Rubio, ojos azules, no hablaba. Sonreía. Sólo sonreía. Acababa de aprender a andar. Él fue el único motivo capaz de reunir a quince amigos que, como perdigones, no encuentran un punto de encuentro. Antonio se tambaleaba entre las mesas de un bar, mantenía el equilibrio como un muñeco con base redonda. Como un barbapapá. Recuerdo cómo esquivó el pico de una mesa, cómo se agarró a la pata de una silla. Y cómo volvió a sonreír. Y pienso que elegir es agarrarse a lo que recomienda la lógica. Elegir la fuerza de la razón.

Antonio me miró y abrió sus brazos. Lo cogí. Pesaba un quintal. Antonio era un niño rollizo, demasiado grande, demasiado fuerte para su edad. Antonio nació en la cárcel. Tiene cuatro hermanos. Todos de distinto padre. La madre pasó su infancia y su juventud en un centro de acogida. Fue un número más en la estadística de niños y jóvenes sin hogar. 40.000 en España. La madre de Antonio no tuvo padres, madres, tías o abuelos a los que agarrarse. Fue engullida por la serpiente de un sistema que protege a los niños sin familia, arrastrada por los colmillos que, a veces, institucionalizan la protección hasta convertirla en una cárcel de la que es imposible salir. Cumplir 18 años es traumático si no has podido fomentar tu autoestima. Y pienso que elegir es poder hacer lo que prefieres, es poder equivocarte.

¿Quieres otra caña?, preguntó Sara mientras preparaba la merienda de Antonio con una mano, plegaba el carrito del bebé con la otra y no quitaba ojo a su hija menor. Sara es la madre de acogida de Antonio. Ella y Dani, recién convertido en padre de acogida, tienen otras dos niñas: Martina y Teresa. Dos niñas rubias, de ojos azules y grises. Dos niñas que no se tambalean. Sara abrió el potito, sentó a Antonio en sus rodillas y le dio de comer. Antonio abrió la boca. Tragó y sonrió. Sonrió y tragó. Sara me contó que la madre biológica de Antonio ha salido de prisión y que está desaparecida. Miro al bebé y pienso en un maremoto arrastrando a esa mujer. Veo troncos, árboles, coches flotando en el océano, a una mujer que intenta salvarse. El tronco se parte en dos, el árbol cae al agua y desaparece, los coches se hunden. Y pienso que elegir es el poder más temible, el poder de la libertad.

Sara me contó que los otros cuatro hermanos del pequeño viven con distintas familias de acogida mientras rebañaba los restos de papilla de frutas de los labios de Antonio. Están en contacto con una de ellas. Cuando sea el momento, quedarán para que los dos hermanos se conozcan. El niño terminó el potito y sonrió. Se agarró al pantalón de Sara y aterrizó en el suelo. Ella le acarició el pelo. Sara cogió mi mano y la pasó por la parte trasera de la cabeza del bebé. No era curva, sino plana. Antonio estuvo siete meses sin apenas levantarse de la cuna. No tiene zapatos porque no hay talla suficiente para el diámetro de sus tobillos. Pienso en una habitación con muchos niños, muchas camas, muchas cunas y pocas manos que puedan sostenerlos, cogerlos por las axilas, lanzarlos hacia arriba, sentir el vértigo en su risa al caer, abrazarlos y sacarlos a pasear. Pienso elegir como posibilidad de hacer o no hacer.

Sara guardó el babero, retiró el potito vacío y llamó a su hija pequeña. Teresa giró el dedo índice diciendo no. Las niñas juegan con Antonio. Le llaman Tito. Tito, Tito, Tito. Tito sonríe, y balbucea: ito, ito, ito. Saben que en cualquier momento la madre biológica de Antonio puede aparecer. Si ella quisiera ver al bebé, ellos tendrían que dejarlo unas horas en el centro de acogida. Recogerlo después. Sara y Dani nunca verán a la madre biológica de Antonio. Lo dice la ley. Si la situación de la madre de Antonio cambiara podría reclamar la custodia del bebé. Sara y Dani tendrían que devolverlo. Pienso en la palabra devolver. No casa con la palabra infancia.

Pienso en Sara y en Dani cuando criaban a Martina y a Teresa. Y les veo alzar a sus hijas, cambiarles el pañal, rozar las plantas rosadas de sus pies, ponerlas en su pecho, darles de comer. Acunarlas despacio, oler su piel, peinar la pelusa de su pelo. Salir de paseo. Dormir. Dormir con ellas. Y pienso en su ahora y en su futuro con Antonio. Pienso que elegir es ir en contra de lo que parece conveniente. Elegir ha de ser peligroso.

Vuelvo a pensar en lo que estoy escribiendo este nueve de noviembre. Los pitidos de las señales horarias suenan en la radio. La locutora pregunta a los oyentes por qué nadie se explica la victoria de Donald Trump. Una señora con voz aguda cuenta en antena que los votantes están hartos de desigualdad. Un señor de voz ronca asegura que Trump va a traer más oportunidades a los que no las tienen. La foto de Antonio sobre la mesa. Si eres de esas personas que no pueden llorar, ten un hijo. Pienso en la madre biológica de Antonio y vuelvo a pensar en la serpiente tragándose a una niña, vuelve el maremoto zarandeando a una mujer, y pienso en instituciones que no funcionan, en oportunidades que se hunden en el mar como un coche a la deriva. Pienso en Antonio, un niño elegido, un niño electo. Pienso en Sara y en Dani, y en su elección con riesgo de perder. Pienso en un tipo blanco, rubio, racista, alto y arrogante, y en la democracia del verbo elegir. Es noviembre. Todavía. Es noviembre, y estoy en casa. Apago la radio.

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Garganta de los Montes, Madrid. Foto: Tomás Hernández.

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comentarios
  1. monpb dice:

    Oohhh… Qué bien contado 🙂

  2. MPVL dice:

    Como siempre, Silvia, un placer leerte. Qué generosas algunas elecciones y qué puñeteras otras…😘

  3. Al dice:

    Has contado seis historias entrelazadas poniendo el énfasis en las tres centrales. No sé cuál de ellas me lleva a reflexionar más porque has dejado suficientes cabos como para elegir cualquiera de ellos por separado. No están sueltos, tejes la red. Es una buena historia coral. Siempre es buen momento para pensar en lo que propones. La foto complementa y matiza el lado emocional de los hechos. Me gusta.

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