Justo es vaquero trashumante. Guía al ganado desde las dehesas a la montaña.

Justo es vaquero trashumante. Guía al ganado desde las dehesas a la montaña.

Era la última vez, su último viaje. Se lo había prometido. Ésta sería la ocasión en la que por fin haría lo que cada año, uno tras otro, pensaba. Una y no más, no había vuelta atrás. Al mirar el color de los pastos, sentía calor. Al pisarlos, crujían bajo las botas, clavaban su aguijón seco y amarillo en la dura suela. El sol estaba peleón y aún la aguja chica no rozaba las diez. Al fondo y sin inmutarse, cuatrocientas vacas pastaban tranquilas, con la nostalgia con la que pastan las vacas. Y no eran vacas cualquiera. Eran vacas con pedigrí, vacas de pata negra. Reses que valían el desvelo de las noches al relente, de dormir sobre un saco o, en la mejor de las noches, sobre una suerte de colchón de mantas apiladas. Colocó la montura a su caballo, tensó la cincha, se caló el sombrero y posó su mirada en algún punto del horizonte. Echó un trago. Repetía el vaquero el mismo gesto que mediado junio venía repitiendo desde hacía veinte años. Así comenzó su viaje y así comenzó el nuestro. Tengo la suerte de haber crecido en un pueblo en el que a los niños nos permitían dar de comer a los cerdos, agarrar a los corderos al ser trasquilados, asistir a partos complicados de terneros, salir corriendo tras el gallo que te picó en el culo y cerrar los ojos al sentir el grito del cerdo en su matanza. Pero hasta este verano no he podido convivir con quienes pasan semanas enteras en el campo trasladando vacas desde las dehesas agostadas hasta las frescas cumbres. El último viaje del vaquero es para mí el primer viaje trashumante a una montaña cercana a mi infancia, de la dehesa extremeña a los agrestes picos de la Sierra de Gredos.

Acompañamos a 400 vacas en su camino trashumante

Acompañamos a 400 vacas en su camino trashumante

Los primeros kilómetros son los mejores. El estreno del camino aún no añora la propia cama, ni sabe de la sed o del polvo, ni de la incertidumbre que ocultan las nubes o el sol. El vaquero tiene por delante 300 kilómetros, con sus madrugadas y sus atardeceres. No va solo. Junto a él, el mayoral, los caballistas, cinco vaqueros curtidos a la sombra o a la intemperie y dos mozos aprendices de vaquero que cabalgan, teléfono móvil en mano, espoleando o sujetando las riendas de la caballería. Las reglas de la trashumancia han cambiado, las formas se han acomodado a los nuevos tiempos. El móvil silenció al silbido. El camión abarató los costes y la carretera asfaltada mermó el tiempo de traslado. En España hay nueve grandes rutas trashumantes, en teoría protegidas por la Ley de Vías Pecuarias. Las antiguas cañadas reales son pasto ahora de coches y de caprichos de alcaldes, administraciones públicas o particulares que han levantado en ellas gasolineras, casas, piscinas o cercas. Por suerte, aún hay ganaderos que tienen la espalda recia y que soportan diez horas diarias a caballo. Valientes que año tras año insisten en repetir el rito a pie. Han cambiado el burro y las alforjas por la furgoneta de alquiler para llevar los víveres. En la panza del vehículo caben el agua fresca, el vino, el chorizo cortado a navaja, el jamón con mucho magro y poca veta. Y en el camino, que se sabe cuándo empieza pero no cuándo acaba, hay lugar para la risa, para las confidencias, para sacar la guitarra y desmadejar la voz. La ganadería a la que acompañamos trashuma desde los tiempos en los que la mesta era sinónimo de poderío español frente a una Europa más proclive al desarrollo urbano.

Cabalgan semanas llevando el ganado a los pastos frescos de la Sierra de Gredos.

Cabalgan semanas llevando el ganado a los pastos frescos de la Sierra de Gredos.

El poderío de estos ganaderos es, ahora, trasladar el ganado a pie, más proclive al desarrollo rural. Encaramos la etapa reina del camino trashumante: El puerto del Pico, 1352 metros sobre el nivel del mar. Las reses suben por la calzada romana. El vaquero cuenta: una, dos, tres…, cuatrocientas. Si una vaca se pierde hay que parar, volver, buscarla para encontrarla, convencerla para que retome la senda. Las vacas -ya se sabe- tienen querencia. El vaquero se seca el sudor. Hace una semana que cabalga. Los últimos kilómetros son los peores. El final del viaje añora la propia cama, sabe de la sed y del polvo, de la certidumbre que ocultan las nubes o el sol. No hay sombrero que dé sombra.

En el Puerto del Pico, 1352 metros sobre el nivel del mar.

En el Puerto del Pico, 1352 metros sobre el nivel del mar.

Alcanzó la cumbre y nosotros con él. Tengo la suerte de ejercer un oficio que me permite vivir experiencias a veces casi extinguidas, para, después, contarlas. El cuento de este viaje se escribe gracias a quienes siguen apostando por el antiguo sistema de producción ganadera; a su paso se limpian los pastos, se abona la tierra, mueve músculo la res. Son ecologistas que no van de ello, ni lo pretenden. Aguantan la dureza de la tradición pese a que la regulación de la economía de mercado haya roto los mecanismos de la naturaleza. Llevar caminando las vacas durante semanas implica tal volumen de burocracia que a veces se hace más duro el papeleo que el pateo. Montarlas en un camión ahorra costes y tiempo pero eleva el estrés de los animales. Ahora que la pequeña ganadería ya no cumple con el viejo precepto de ser hereditaria, es muy difícil que el hijo de un ganadero continúe la senda paterna. Ya no hay quien retome o siga, salvo que vayan muy bien las cosas, una vida parecida a la de su padre, que recupere, que conserve.

En España hay nueve rutas trashumantes protegidas por la Ley de Vías Pecuarias.

En España hay nueve rutas trashumantes protegidas por la Ley de Vías Pecuarias.

Me hubiera gustado dormir al raso, sentir el relente, el frío, compartir el temor a que una vaca se escape, contar las cabezas antes de que llegue mañana, pero las normas de los presupuestos televisivos merman la economía del periodismo. Hay que apretarse la cincha, contar historias en el menor tiempo posible y con el menor coste. Como si fueras en camión.

Al mirar el color de los pastos, el vaquero siente frescor. Pisarlos mulle las botas, relaja la suavidad húmeda y verde en la dura suela. Es la ocasión en la que por fin hace lo que cada año, uno tras otro, desea. Al fondo y sin inmutarse, cuatrocientas vacas pastan tranquilas, con la nostalgia con la que pastan las vacas. El sol está peleón y aún la aguja chica no roza las diez.

Imágenes: Jose Antonio Julián.

Manuel es vaquero desde niño, lleva trashumando 25 años.

Manuel es vaquero desde niño, lleva trashumando 25 años.

La ruta trashumante en Comando Actualidad

 

El Pozo Sotón cerró en diciembre de 2014, ahora sirve de auxiliar a la extracción de carbón en el Pozo María Luisa.

El pozo Sotón cerró en diciembre de 2014, ahora sirve de auxiliar a la extracción de carbón en el pozo María Luisa.

La noche antes de bajar a la mina el sueño se ahuyentó. La cabeza se desbocó. A esas horas en las que la mente oscurece la claridad, basta con que abras una ventana a la incertidumbre para que no puedas volver a cerrarla ni a golpe de piedra. La noche era un hervidero de miedos. La mina mandaba. Y lo peor es que al día siguiente había que madrugar. El pozo Sotón abría su boca a nuestra cámara al amanecer. Enclavado en la comarca minera de Langreo, en Asturias, el pozo dejó de escupir carbón en diciembre de 2014. Ahora presta sus agujeros de mozo auxiliar al activo pozo María Luisa.

Cuando nos presentamos en la mina, mi estómago era un hueco hueco. La falta de sueño y el temor se habían llevado el hambre. No podía evitarlo.

A la mina se baja en una jaula, un ascensor industrial cerrado con barras de hierro por los cuatro costados. A través de las rejas puedes tocar la pared de hormigón, sentir el eco del mortero conteniendo la roca. Contengo la respiración. Descendemos a las entrañas de la tierra. Primera parada. Octavo piso. 400 metros bajo el suelo.

A la mina se sigue bajando por una chimenea, una escalera excavada en la piedra. Es el primer orificio que se le abre a la roca para extraer el carbón. Los puntales de madera castigan o sostienen, según, el movimiento del agujero y sirven de agarradero. Dos pies y una mano en los palos o dos manos y un pie. Siempre. Bajas casi en vertical. El movimiento desprende arena y polvo. Tengo mucho calor. Me ahogo. El hueco, pensado también para escapar si las cosas se ponen negras, tiene medio metro de ancho y 800 metros de longitud. Mejor no mirar hacia abajo. Segunda parada. Noveno piso. 500 metros bajo el suelo.

A la mina se puede seguir descendiendo por un tubo de peldaños inclinados, un túnel arañado a los intestinos de la tierra. Aferrada a una cuerda. A más profundidad, más humedad. No pensar, pisar. El carbón, cuanto más profundo, más caro. Cuanto más abajo, más duro. Cuanto más caes, más rumias la dureza del trabajo en la mina. Los callos del tajo son rumor siendo visita.  Décimo piso. 700 metros bajo el suelo. Última parada. La máxima cota a la que se puede descender en nuestro país. Ningún rascacielos llega tan alto sobre la superficie terrestre. Respiro. El recorrido dura cinco horas pero hace rato que no me funciona el tiempo.

A la mina se baja con casco, linterna, mono, botas de caña alta y rescatador; un aparato respiratorio que, si el aire se pone oscuro, has de enchufarte a boca y nariz para salir pitando. Al pozo no se baja en soledad. Si eres minero, vas en par. Si eres turista, vas en compañía. Seis mineros, formados como guías y en primeros auxilios, reconstruyen su mirada para dirigir al visitante a través del territorio sin luz. Intercalados. Minero, turista, minero, turista, minero… Así, hasta diez. Pedro es el capitán. Hijo de minero fallecido,  sabe de la dureza y de la oscuridad de la mina; de lo que la mina te quita y de lo que la mina te da. Él y sus compañeros han aparcado el martillo picador para convertirse en luminarias de las visitas. Ganan en salud y en condiciones laborales. Avanzo con ellos por las galerías y el hueco del estómago se llena, el estrés y la ansiedad se pulverizan. Todo lo que estamos viendo ha sido construido por hombres como ellos. Cierro las compuertas del miedo.

El pozo Sotón es el primero que abre al público cinco de sus 140 kilómetros de galerías.  La experiencia, pionera en España, se vende como turismo de aventura. Es el presente de la mina en una comarca donde antaño hubo 50 pozos abiertos y 40.000 familias viviendo del carbón. Hoy quedan cuatro activos y 1500 personas comen del mineral. ¿Será el turismo la mina del futuro del carbón?

Del pozo se sale en la misma jaula en la que se entra. Cuesta abrir los ojos. Respiro. Al fin y al cabo, la bajada a setecientos metros bajo tierra no se improvisa.

Bajando a la mina en 'la jaula'

Bajando a la mina en ‘la jaula’

En la chimenea del Pozo Sotón

En la chimenea del pozo Sotón

mineros

Seis mineros enseñan esta mina asturiana al turista

con carbón

El carbón a 700 metros bajo tierra.

MINA8

Preparando la detonación en el pozo Sotón.

Cinco kilómetros de galerías subterráneas abren al público por primera vez

Cinco kilómetros de galerías subterráneas abren al público por primera vez en España

Barrenar, o cómo meterse en el mono de un minero.

Bajando y bajando y bajando, hasta llegar al centro de la tierra

Bajando y bajando y bajando, hasta llegar al centro de la tierra

140 kilómetros excavados en la roca, dan para este gesto y mucho más.

140 kilómetros excavados en la roca, dan para este gesto y mucho más.

Seis mineros del Pozo Sotón pendientes de la seguridad del visitante.

Y de recuerdo, un trozo de carbón.

Cinco horas de viaje subterráneo.

Cinco horas de viaje subterráneo.

Entrar como turista en una mina asturiana de carbón cuesta 48 euros.

Ser minero por unas horas cuesta 48 euros.

Imágenes: Jose Antonio Julián.

El pastor de Espierba que habla belsetán.

El pastor de Espierba que habla belsetán.

La nevada del año ha caído en Espierba. El termómetro duerme bajo el bajo cero. La montaña hiberna asomada al sol. El ruido no circula. El silencio patina. Son las diez de la mañana,  Ángel Luis desciende por la única calle asfaltada y libre de nieve.  Aparece sonriente al encuentro. Hace 53 años que patea las cumbres y los barrancos del Valle de Bielsa, -según miras de frente el mapa, al norte, Huesca, a la derecha, Monte Perdido.- Son cinco paisanos en el pueblo (contando los perros), guardianes de ese pirineo aragonés donde suman 20 los picos de tres mil y donde no llega el turismo de la nieve. Es un desahogo para el paisaje que no haya remontes, ni pistas negras, ni pistas rojas. Es una suerte salvaje para la descomunal naturaleza que no hayan transformado su nieve en polvo de euros. La suerte y el desahogo de la montaña es hazaña para el pastor, vive de la carne que le regalan sus cabras y sus ovejas. Quiso estudiar y llegó a la cumbre del COU, seguir escalando la ladera del conocimiento suponía marcharse muy lejos de Espierba. Así, eligió cuidar del ganado y acompañar a sus padres.  Hace unos años se abarrancó y comenzó a guardar, una a una, todas las palabras que aprendió charrando con su madre. Su madre se llama Generosa; su lengua madre, Belsetán.

Es una suerte para la lengua que a Ángel Luis le diera por atesorar las palabras de la variante más antigua y conservadora del aragonés. Sólo él, su madre y otros cincuenta locos del lugar charran en belsetán, un habla arcaica que, como el aragonés, el castellano o el catalán, procede del latín y que mantiene sonidos casi extinguidos. Convencido de que lo que no se usa se pierde y que para que algo no se pierda hay que usarlo, está construyendo el primer diccionario de Belsetán del mundo. Ha recogido, escrito y definido 15.000 palabras. Guarda su tesoro en una carpeta de cartón azul, atrapado entre gomas. Segunda hazaña. Como no le sobra ni un minuto, entre ordeños, pastoreos y salidas al monte, le ha dado (además) por sentarse a escribir un manual con un atractivo título: ‘Aspectos morfosintácticos del belsetán’. Defiende, aquí, que sin lengua los hombres seremos otra cosa, no quienes somos. Tercera hazaña.

Con Ángel Luis yo he aprendido que abarrancarse significa tomar una decisión arriesgada, en belsetán, en castellano, o en chino capuchino. Que el aire fagüeño (caliente) que sopla en el Pirineo y en las mentes de quienes legislan puede derretir la nieve y la lengua. Que el lenguaje, las palabras, los giros, los vocablos, el acervo, los nombres, los pronombres, los adjetivos, los sustantivos… forman parte de nuestra cultura. Que no hay que olvidar hacia dónde vamos pero tampoco de dónde venimos. Que no hace falta convocar un referéndum para sacar la lengua o reivindicarla. A Ángel Luis le enseñaron en la escuela (cuando había que reeducar a los rojos que en la Guerra Civil se habían atrincherado en esta zona de Aragón) que charrar belsetán era feo, era paleto, era malo. Le inculcaron (regla en mano) que para ser finos había que hablar castellano. Y él, que es pastor e hila fino, defiende la lana, su lengua y, sobre todo, las palabras.

Don de lenguas. Comando Actualidad

 

 

Petardos

Publicado: 5 enero, 2015 en actualidad, opinión, periodismo
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La otra noche, cuando volvía a casa con mi hija después de la cena de Nochevieja, un hombre vestido de fiesta y entrado en los cuarenta, explotó un petardo frente a nuestro portal. El estruendo disparó la alarma de una tienda y de un coche aparcado al otro lado de la acera.  Mi hija, asustada, preguntó: -Mamá, ¿por qué hace eso? No supe qué responder. Alcancé a contarle que quizá era la  manera de ese individuo decirle al mundo: ‘Mírame, mírame, mírame. Mira qué bien me lo estoy pasando’. La respuesta no convenció y mi hija volvió al ataque: -Mamá, es un adulto, ¿tú crees que explotaría ese mismo petardo a la puerta de su casa? Me aventuré: -No, no creo que nadie quisiera despertar de un sobresalto las alarmas del vecino si, con ello, el ruido constante y machacón pudiera perturbar el sueño de toda su calle toda la noche. Qué risa.

Es a ese ruido constante y machacón, con el que me acosté, con el que soñé  y con el que me levanté, al que agradezco el fenomenal dolor de cabeza con el que he dado la bienvenida al año nuevo. No hay nada tan gratificante como empezar algo nuevo con un formidable dolor. Y siendo de cabeza es mucho más placentero. Dónde va a parar. Después, todo ha ido rodado. He entendido por qué un año tras otro, cuando llega la Navidad, nos empeñamos en comer más de lo que cabe en nuestro cerebro, de este modo es más fácil desear hacer dieta en cuanto ponemos un pie en Enero. He entendido por qué, en Nochevieja, disfrazados de frac o subidas en comodísimos tacones, nos lo fumamos todo y nos lo bebemos todo: no hay como un fantástico dolor de pies y una poderosa resaca para desear dejar de fumar y de beber el primer día del año. Además, ¿qué hay más placentero que desayunarse en el nuevo año con la noticia esencial del día? ¿Quién puede negar que una de las cosas más importantes que han pasado en nuestro país, en las primeras horas de 2015, es que los andaluces no hayan podido tomarse las uvas por un fallo en la emisión de las campanadas? Qué risa.

Gracias al petardo que explotó el petardo también he entendido por qué la palabra ’empatía’ no será nunca elegida como palabra del año, que para eso trabaja la Fundación del Español Urgente, para designar ‘selfi’ como anglicismo españolizado. El vocablo ganador del recién enterrado año dice mucho de cómo somos y de cómo nos comportamos.

Ahí vamos, petardeando a la puerta del prójimo como buenos ciudadanos en el país de la risa, con armas de revolución masiva: petardos y selfis. Epidérmicos, tecnológicos, buscadores de experiencias efímeras, aduladores del yo. Así nos va. Dicen quienes saben de esto: filósofos, sociólogos, antropólogos y otros estudiosos del yo colectivo, que las costumbres públicas españolas son iguales a las de todas las épocas de nuestra cultura. Que somos desordenados, anárquicos, faltos de solidaridad social y de aptitud para lo común. Eso sí, cuando queremos que todo cambie, acudimos al mito de la Lotería y al golpe de suerte. Ya se sabe: ‘Spain is different’.

Somos tan diferentes que tenemos el país lleno de petardos. Tenemos tonadilleras, toreros y presidentes de clubes de fútbol en chirona. Tenemos un honorable Pujol que manda callar a quienes preguntan con qué oscuras comisiones se enriqueció su familia. Tenemos tarjetas opacas para repartir a quienes cobran sueldos millonarios. Tenemos respetuosas marquesas que dicen que se van de la política pero que después se quedan para huir de la policía arrollando a los agentes del orden, Esperanzas y Aguirres que en 2015 se postulan alcaldesas.  Tenemos un consejero de sanidad experto en protocolo, modales y vocabularios de la prepotencia. Al que, menos mal, han acabado destituyendo por su manifiesta ineficacia en el caso del ébola. Tenemos Anas Matos, Arturos Fernández, Bárcenas, sindicalistas con cuentas en Suiza, Jaumes Matas, Monagos, Urdangarines e Infantas. Y, por supuesto, tenemos ciudadanos petardos que reparten petardos a los cuarenta cumplidos (insisto, la edad es un dato). Si es que tenemos de .

¿Qué pasaría si nos diéramos de alta como ciudadanos responsables? ¿Seríamos capaces de dar de baja a los petardos? No soy muy de pedir deseos, pero este año, me obliga el dolor de cabeza.  Así que deseo que recordemos el texto de John Donne que da título a la novela que Ernest Hemingway publicara en 1940.

“Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.

Con su prostitución a la puerta de casa, sus yonkis ochenteros y sus navajas-jeringa en el portal, mi barrio ha sido, lo que se dice, un barrio ejemplar. Situado en la trasera de la Gran Vía de Madrid, con casi igual número de iglesias que de bares, Malasaña siempre ha hecho honor a su nombre. El apodo de malasañero se lo dieron los modernos de la movida madrileña. Llamarse Barrio de Universidad o Maravillas no era cool ya ni en aquel entonces alucinógeno y heroínico. La dejadez municipal apoyó la degradación urbana convirtiendo todas sus esquinas en gueto.

Yo llegué al barrio cuando la pátina gris del humo a tabaco, los tapizados de polipiel en los antros o las jeringuillas en los lavabos se habían esfumado. A finales de los 90 hasta el ayuntamiento quería lavar la cara a sus calles. Claro, son estratégicas y céntricas. A dos pasos del turismo. ¡Cómo no haberlo visto antes! Tuvieron que matar a una yonki en la Plaza de la Luna para que estallara todo. Y todo estalló.

Estallaron los precios de los pisos, dinamitaron los burdeles en tiendas de diseño, deconstruyeron las tascas en afterlunchs y las mercerías en art gallerys. Mi barrio dejó de ser ejemplar para ser moderno.

Y, hace unos días, cuando me enfrentaba al reportaje que hoy inspira este post. Sobre la página en blanco apareció la gentrificación. Una palabra de esas que te para,  te congela, te paraliza y te hace acudir con urgencia al diccionario (no lo hagas, no hallarás respuesta). Me quedé gentrificada. Resulta que la afección que corroe las entrañas de Malasaña es la de la ‘etilización’, el ‘aburguesamiento’. La élite moderna con sus ipad, sus ipod, sus laptops y otros utensilios mega fashion, desembarca en un espacio degradado para transformarlo. Eso que,  a priori, ha de ser positivo (estando las jeringas donde estaban) viene aliñado con los matices del  ‘todo por la pasta’. Los especuladores del diseño compran inmuebles a precio de risa para venderlos a importes de carcajada. Los alquileres de los locales escalan montañas. El ayuntamiento quita la protección a las viviendas protegidas y les dice a sus inquilinos que se vayan. A los burdeles les venden el todo por las putas pero sin las putas.  Lo in te deja out. Nos han gentrificado pero las calles siguen sucias, que esto no es el Barrio de Salamanca.

Y, una vez gentrificada, me eché a las calles para husmear en esos negocios de toda la vida que resisten los envites de la modernidad porque no tienen que pagar ni hipotecas ni alquileres estratosféricos. Y conocí a Nines que trabaja desde los doce años en Casa Perico, el restaurante que abrió su padre en Ballesta (una de esas calles donde aún hay chicas paseando su exterior para dar placer en interiores de pensiones por horas). Descubrí a Maxi y a Ana, cuya familia lleva cosiendo alpargatas desde finales del siglo XIX, viven del turismo que los busca porque son únicos. Y me metí en la cueva de La Moda de Ángel, en la que guarda faldones, camisetas, pantalones, faldas, leotardos, bragas, braguitas y calzones que han vestido desde 1800 a todos los niños del barrio. Y puse un poco de luz al reportaje en la tienda de Rubén, el mago de las lámparas maravillosas. Es capaz de hacer cumplir más de tres deseos y encontrar cualquier aplique por lejano que esté. Y a la hora de comer pasé por Tejidos Antonio. Tiene sábanas, manteles, mantas, colchas, servilletas, cortinas. Con sus colores viste las casas de los modernos, que a lo antiguo lo llaman vintage y lo vintage, ya se sabe, está de moda. Y acabé la tarde charlando con el mítico Casto en su mítico Palentino. 60 años dando de beber y comer a todo padre y todo hijo de vecino. Sus cañas  y sus sandwiches mixtos  no han variado el precio desde que inventaran los duros. Lo que no hayan visto sus ojos o no haya sucedido en los lavabos de su bar, no es historia.

Maxi, Ana y sus alpargatas centenarias

Maxi, Ana y sus alpargatas centenarias

Casto y su mítico Palentino

Casto y su mítico Palentino

Rubén y sus lámparas maravillosas

Rubén y sus lámparas maravillosas

Nines en su casa de la Calle Ballesta

Nines en su casa de la Calle Ballesta

Ángel y el niño del chocolate

Ángel y el niño del chocolate

La Sole solía decir que su nombre había inspirado multitud de poesías, miles de cuentos y cientos de telenovelas de final infeliz. La Sole, una mujer entrada en años y en carnes a quien conocí remangándose  antes de trabajar la masa de pan, solía ponerse en jarras al explicar que su mejor compañía era su nombre. No indagué en la razón de sus razones porque el reportaje era otro, pero hoy remango mi memoria para recuperar la suya y amasar sus palabras.

Y sí, mi Sole tenía razón: ‘soledad’ es uno de los vocablos más usado del diccionario. Esa palabra que solemos pintar de gris oscuro y rodear de espesa bruma. Soledad no lleva tilde pero pone acento a la emoción, y la emoción que acentúa suele ser de trazo grueso, mirada triste e infinitas trazas de coco rallado.

Qué queréis que os diga, a mí me gusta la Sole, me alegra su nombre. Si lo cerceno por la mitad con la cuchilla de cortar pan, obtengo un ‘sol’ y una ‘edad’. Luz y sabiduría. ¡Todo junto! Pero… ¡Qué placer separarse, retirarse, ahuyentarse, alejarse, incomunicarse, recogerse, escaparse, abandonarse, desaparecer(se), guarecerse…! Del todo y de uno mismo. A sorbitos o a lo bonzo.

Irse para después reaparecerse, retornarse, mudarse, regresarse y… transformarse. Acompañarse de la soledad es como meter el pan en el horno. Vuelves nueva, vuelves otra.

La cosa es que la frase que inspira este post tiene que ver con la Sole y con las cosas, esas que construimos, utilizamos, compramos, pensamos,  viajamos, descubrimos,  pisamos, miramos,  regalamos, amamos y… ¡Cuántas cosas podemos hacer de las cosas!

¿Qué sucede cuando son abandonadas? ¿Qué acontece si nos alejamos de los objetos? ¿Qué pasa mientras la muchedumbre se va? ¿Qué significado adquieren al ser devoradas por el tiempo?

´La soledad de las cosas’ es una muestra fotográfica que pone el foco en el efecto que sobre los objetos ejercen el aislamiento y el abandono. La exposición, en la que me expongo por primera vez como fotógrafa aficionada, ha sido posible gracias a que mis amigos Joaquín y Carlos han echado el agua y la harina. La masa comenzamos a trabajarla hace más de un año. En el entretanto ha habido tiempos de idas y de venidas. De marchas y vueltas. De miradas solitarias a través del visor. De búsqueda personal en la soledad del álbum de cada uno. Y luego, cuándo la masa estaba a punto,  llegó Juan ofreciéndonos cocinar nuestras soledades en su bar. Y la sal la trajo Dani,  diseñando todos los carteles para que luzca bonito. Si quieres acompañarnos, nos encontrarás hasta el 22 de noviembre en el Gastrobar ‘La Luna 22’ en Madrid.

Dicen que la soledad endurece y pule, ablanda y pudre. ¡Qué cosas tiene la Sole!

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Traigo una historia, un cuento. Y estoy en franca desventaja con quien me inspira porque esa persona me ha enseñado muchas cosas y tiene muchas más historias que contar. Yo tengo mucho tiempo qure recuperar, ponerme al día y compensar sus enseñanzas. Dicen que para contar historias no hay que ser buen escribiente sino mejor escucha. Hay estadísticas que hablan de que el 120% de las buenas narraciones no salen de la cabeza genial de un escritor: le entran por las orejas. Los escritores ordenan las palabras, les dan forma y las sacan a bailar.

Y quien inspira esta historia, bailaba y baila. Salía a hurtadillas de la casa de sus padres cuando llegaban las fiestas y, con ellas, el baile al pueblo. Allá por 1930, cuando llegaba la noche y mientras sus padres soñaban, se escapaba por la ventana de atrás para que no le robaran sus sueños. Porque entonces, cuando estrenaba juventud y le apetecía bailar, el baile de la mujer era cosa fea. Qué cosa.

La cosa es que tengo abuela. Y eso ya es más que buena cosa. Pero es que además de historias, mi abuela tiene una edad. Una edad de haber vivido un reinado, una guerra, una posguerra, una república, una dictadura, una transición, una democracia y otro reinado más. Palabras esas que ahora tanto usan los que cuentan, aunque no sepamos si cuenta su uso o si no es su uso lo que cuenta.

Volvamos, que lo que cuenta es mi abuela, una abuela que me cuenta que vivió todo eso sin casi salir del pueblo. Bueno, sí, salió a servir como otras muchas mujeres del valle. Así se llamaba entonces el empleo del servicio doméstico. Recién estrenada su adolescencia (si es que entonces había de eso) partió a Madrid a casa de ‘la señora’. A mi abuela le sirvió servir y después de servir volvió a su pueblo. En esa vuelta aprendió a no ser reina y puede que en algún baile bailara con Zacarías, mi abuelo. Decidió que sí, que tenía ya una edad y con él se casó.

Isabel y Zacarías. Zacarías e Isabel. Tanto monta monta tanto. Entre baile y baile encargaron nueve hijos. Llegaron siete. Todos especiales para su vida especial en la casa de adobe que da al arroyo. En la casa de la calle Zahurdilla. La casa con cueva donde envejece el vino y donde en verano se guardan las patatas al resguardo del invierno. En la casa de ida y vuelta a la guerra y la posguerra. Ella, estirando los garbanzos, repartiendo el somier, multiplicando la manta, plantando tomates o, con suerte, recogiendo pimientos y alimentando gallinas para dar de comer a siete bocas. La octava era la suya. Y, mientras, él iba y venía. Siendo vinatero, arriero y cabrero por los pueblos de la sierra de Ávila. Pastoreando su rebaño por los montes. Aquel entonces de colchón de lana, dio paso al después de somier con colchón de espuma y como el viscolástico no llegaba se quedó en colchón a secas.

Y hubo tiempos a secas y tiempos de húmeda espuma. Y en esa casa que da al arroyo, que tiene cueva y huerto han crecido sus siete hijos, se ha mecido apelotonada la risa de sus trece nietos o el llanto de trece biznietos. Ha habido tiempos de llantos y tiempos de risa. Tiempos de lluvia y tiempos de sol. Tiempos de idas y tiempos de vueltas.

En esa casa que da al arroyo, que tiene cueva y huerto, mi abuela sigue contando historias, en verano bajo la parra y frente a la lumbre en invierno. Y allí desmadeja el tiempo mientras teje labores y ganchillos. Con ella hemos sabido que meditar es concentrarse contando los puntos y deshacer los miles de líos en los que se mete la lana para ser manta, colcha, bolso o vestido. Con la abuela unos y otras hemos descubierto que internet y las redes sociales se inventaron a la fresca del portal. Que pueden cambiarse calabazas por melones o patatas por lechugas. Porque cuando el vecino está cerca -y esa es escuela de pueblo- uno da lo que recibe y luego recibe lo que da.

Y ahora que se invierte la historia y que los bolsillos se ajustan y nos empujan a volver a lo nuestro, a lo local, al campo, al pueblo, quienes aún tenemos la suerte de tener abuela y hemos probado el sabor de un tomate recién cortado de la mata sabemos cuándo regar es urgente y escardar es importante. Sabemos de la libertad de las puertas abiertas de par en par. Sabemos que los colores de la tele los inventó el paisaje y que los sonidos, sus paisanos. Las historias de mi abuela construyen el presente con el lenguaje de antaño. Me regaló la badila para fundir el ascua, o el artesón para amasar la uva o el alambique para aguardientes escondidos y embotellar damajuanas. Las historias bailan en lugares secretos y danzan en casas hinchadas de fotos enmarcadas con dolores en color o con fiestas en blanco y negro.

Mi abuela Isabel nació un 8 de julio de 1918 en San Esteban del Valle, una localidad de apenas mil paisanos escondido en el abulense Valle del Tiétar. Hoy, mientras el pueblo celebra sus fiestas de verano, ella cumple 96 años. Sus historias son valores. Cuentos de identidad. Cuando suenen las campanas, repique la fiesta y la plaza se llene de música, ella saldrá a bailar. Si te fijas bien, seguro que ves danzando sus diminutos pies sobre la arena. Feliz baile, abuela.

Foto: Silvia Sánchez

Amanece en San Esteban del Valle. Ávila.

(Este texto ha sido publicado en la revista anual que se edita con motivo de las Fiestas Patronales de San Esteban. La publicación carece de edición digital, por ello he querido insertarlo en mi blog).