El pastor de Espierba que habla belsetán.

El pastor de Espierba que habla belsetán.

La nevada del año ha caído en Espierba. El termómetro duerme bajo el bajo cero. La montaña hiberna asomada al sol. El ruido no circula. El silencio patina. Son las diez de la mañana,  Ángel Luis desciende por la única calle asfaltada y libre de nieve.  Aparece sonriente al encuentro. Hace 53 años que patea las cumbres y los barrancos del Valle de Bielsa, -según miras de frente el mapa, al norte, Huesca, a la derecha, Monte Perdido.- Son cinco paisanos en el pueblo (contando los perros), guardianes de ese pirineo aragonés donde suman 20 los picos de tres mil y donde no llega el turismo de la nieve. Es un desahogo para el paisaje que no haya remontes, ni pistas negras, ni pistas rojas. Es una suerte salvaje para la descomunal naturaleza que no hayan transformado su nieve en polvo de euros. La suerte y el desahogo de la montaña es hazaña para el pastor, vive de la carne que le regalan sus cabras y sus ovejas. Quiso estudiar y llegó a la cumbre del COU, seguir escalando la ladera del conocimiento suponía marcharse muy lejos de Espierba. Así, eligió cuidar del ganado y acompañar a sus padres.  Hace unos años se abarrancó y comenzó a guardar, una a una, todas las palabras que aprendió charrando con su madre. Su madre se llama Generosa; su lengua madre, Belsetán.

Es una suerte para la lengua que a Ángel Luis le diera por atesorar las palabras de la variante más antigua y conservadora del aragonés. Sólo él, su madre y otros cincuenta locos del lugar charran en belsetán, un habla arcaica que, como el aragonés, el castellano o el catalán, procede del latín y que mantiene sonidos casi extinguidos. Convencido de que lo que no se usa se pierde y que para que algo no se pierda hay que usarlo, está construyendo el primer diccionario de Belsetán del mundo. Ha recogido, escrito y definido 15.000 palabras. Guarda su tesoro en una carpeta de cartón azul, atrapado entre gomas. Segunda hazaña. Como no le sobra ni un minuto, entre ordeños, pastoreos y salidas al monte, le ha dado (además) por sentarse a escribir un manual con un atractivo título: ‘Aspectos morfosintácticos del belsetán’. Defiende, aquí, que sin lengua los hombres seremos otra cosa, no quienes somos. Tercera hazaña.

Con Ángel Luis yo he aprendido que abarrancarse significa tomar una decisión arriesgada, en belsetán, en castellano, o en chino capuchino. Que el aire fagüeño (caliente) que sopla en el Pirineo y en las mentes de quienes legislan puede derretir la nieve y la lengua. Que el lenguaje, las palabras, los giros, los vocablos, el acervo, los nombres, los pronombres, los adjetivos, los sustantivos… forman parte de nuestra cultura. Que no hay que olvidar hacia dónde vamos pero tampoco de dónde venimos. Que no hace falta convocar un referéndum para sacar la lengua o reivindicarla. A Ángel Luis le enseñaron en la escuela (cuando había que reeducar a los rojos que en la Guerra Civil se habían atrincherado en esta zona de Aragón) que charrar belsetán era feo, era paleto, era malo. Le inculcaron (regla en mano) que para ser finos había que hablar castellano. Y él, que es pastor e hila fino, defiende la lana, su lengua y, sobre todo, las palabras.

Don de lenguas. Comando Actualidad

 

 

Petardos

Publicado: 5 enero, 2015 en actualidad, opinión, periodismo
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La otra noche, cuando volvía a casa con mi hija después de la cena de Nochevieja, un hombre vestido de fiesta y entrado en los cuarenta, explotó un petardo frente a nuestro portal. El estruendo disparó la alarma de una tienda y de un coche aparcado al otro lado de la acera.  Mi hija, asustada, preguntó: -Mamá, ¿por qué hace eso? No supe qué responder. Alcancé a contarle que quizá era la  manera de ese individuo decirle al mundo: ‘Mírame, mírame, mírame. Mira qué bien me lo estoy pasando’. La respuesta no convenció y mi hija volvió al ataque: -Mamá, es un adulto, ¿tú crees que explotaría ese mismo petardo a la puerta de su casa? Me aventuré: -No, no creo que nadie quisiera despertar de un sobresalto las alarmas del vecino si, con ello, el ruido constante y machacón pudiera perturbar el sueño de toda su calle toda la noche. Qué risa.

Es a ese ruido constante y machacón, con el que me acosté, con el que soñé  y con el que me levanté, al que agradezco el fenomenal dolor de cabeza con el que he dado la bienvenida al año nuevo. No hay nada tan gratificante como empezar algo nuevo con un formidable dolor. Y siendo de cabeza es mucho más placentero. Dónde va a parar. Después, todo ha ido rodado. He entendido por qué un año tras otro, cuando llega la Navidad, nos empeñamos en comer más de lo que cabe en nuestro cerebro, de este modo es más fácil desear hacer dieta en cuanto ponemos un pie en Enero. He entendido por qué, en Nochevieja, disfrazados de frac o subidas en comodísimos tacones, nos lo fumamos todo y nos lo bebemos todo: no hay como un fantástico dolor de pies y una poderosa resaca para desear dejar de fumar y de beber el primer día del año. Además, ¿qué hay más placentero que desayunarse en el nuevo año con la noticia esencial del día? ¿Quién puede negar que una de las cosas más importantes que han pasado en nuestro país, en las primeras horas de 2015, es que los andaluces no hayan podido tomarse las uvas por un fallo en la emisión de las campanadas? Qué risa.

Gracias al petardo que explotó el petardo también he entendido por qué la palabra ’empatía’ no será nunca elegida como palabra del año, que para eso trabaja la Fundación del Español Urgente, para designar ‘selfi’ como anglicismo españolizado. El vocablo ganador del recién enterrado año dice mucho de cómo somos y de cómo nos comportamos.

Ahí vamos, petardeando a la puerta del prójimo como buenos ciudadanos en el país de la risa, con armas de revolución masiva: petardos y selfis. Epidérmicos, tecnológicos, buscadores de experiencias efímeras, aduladores del yo. Así nos va. Dicen quienes saben de esto: filósofos, sociólogos, antropólogos y otros estudiosos del yo colectivo, que las costumbres públicas españolas son iguales a las de todas las épocas de nuestra cultura. Que somos desordenados, anárquicos, faltos de solidaridad social y de aptitud para lo común. Eso sí, cuando queremos que todo cambie, acudimos al mito de la Lotería y al golpe de suerte. Ya se sabe: ‘Spain is different’.

Somos tan diferentes que tenemos el país lleno de petardos. Tenemos tonadilleras, toreros y presidentes de clubes de fútbol en chirona. Tenemos un honorable Pujol que manda callar a quienes preguntan con qué oscuras comisiones se enriqueció su familia. Tenemos tarjetas opacas para repartir a quienes cobran sueldos millonarios. Tenemos respetuosas marquesas que dicen que se van de la política pero que después se quedan para huir de la policía arrollando a los agentes del orden, Esperanzas y Aguirres que en 2015 se postulan alcaldesas.  Tenemos un consejero de sanidad experto en protocolo, modales y vocabularios de la prepotencia. Al que, menos mal, han acabado destituyendo por su manifiesta ineficacia en el caso del ébola. Tenemos Anas Matos, Arturos Fernández, Bárcenas, sindicalistas con cuentas en Suiza, Jaumes Matas, Monagos, Urdangarines e Infantas. Y, por supuesto, tenemos ciudadanos petardos que reparten petardos a los cuarenta cumplidos (insisto, la edad es un dato). Si es que tenemos de .

¿Qué pasaría si nos diéramos de alta como ciudadanos responsables? ¿Seríamos capaces de dar de baja a los petardos? No soy muy de pedir deseos, pero este año, me obliga el dolor de cabeza.  Así que deseo que recordemos el texto de John Donne que da título a la novela que Ernest Hemingway publicara en 1940.

“Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.

Con su prostitución a la puerta de casa, sus yonkis ochenteros y sus navajas-jeringa en el portal, mi barrio ha sido, lo que se dice, un barrio ejemplar. Situado en la trasera de la Gran Vía de Madrid, con casi igual número de iglesias que de bares, Malasaña siempre ha hecho honor a su nombre. El apodo de malasañero se lo dieron los modernos de la movida madrileña. Llamarse Barrio de Universidad o Maravillas no era cool ya ni en aquel entonces alucinógeno y heroínico. La dejadez municipal apoyó la degradación urbana convirtiendo todas sus esquinas en gueto.

Yo llegué al barrio cuando la pátina gris del humo a tabaco, los tapizados de polipiel en los antros o las jeringuillas en los lavabos se habían esfumado. A finales de los 90 hasta el ayuntamiento quería lavar la cara a sus calles. Claro, son estratégicas y céntricas. A dos pasos del turismo. ¡Cómo no haberlo visto antes! Tuvieron que matar a una yonki en la Plaza de la Luna para que estallara todo. Y todo estalló.

Estallaron los precios de los pisos, dinamitaron los burdeles en tiendas de diseño, deconstruyeron las tascas en afterlunchs y las mercerías en art gallerys. Mi barrio dejó de ser ejemplar para ser moderno.

Y, hace unos días, cuando me enfrentaba al reportaje que hoy inspira este post. Sobre la página en blanco apareció la gentrificación. Una palabra de esas que te para,  te congela, te paraliza y te hace acudir con urgencia al diccionario (no lo hagas, no hallarás respuesta). Me quedé gentrificada. Resulta que la afección que corroe las entrañas de Malasaña es la de la ‘etilización’, el ‘aburguesamiento’. La élite moderna con sus ipad, sus ipod, sus laptops y otros utensilios mega fashion, desembarca en un espacio degradado para transformarlo. Eso que,  a priori, ha de ser positivo (estando las jeringas donde estaban) viene aliñado con los matices del  ‘todo por la pasta’. Los especuladores del diseño compran inmuebles a precio de risa para venderlos a importes de carcajada. Los alquileres de los locales escalan montañas. El ayuntamiento quita la protección a las viviendas protegidas y les dice a sus inquilinos que se vayan. A los burdeles les venden el todo por las putas pero sin las putas.  Lo in te deja out. Nos han gentrificado pero las calles siguen sucias, que esto no es el Barrio de Salamanca.

Y, una vez gentrificada, me eché a las calles para husmear en esos negocios de toda la vida que resisten los envites de la modernidad porque no tienen que pagar ni hipotecas ni alquileres estratosféricos. Y conocí a Nines que trabaja desde los doce años en Casa Perico, el restaurante que abrió su padre en Ballesta (una de esas calles donde aún hay chicas paseando su exterior para dar placer en interiores de pensiones por horas). Descubrí a Maxi y a Ana, cuya familia lleva cosiendo alpargatas desde finales del siglo XIX, viven del turismo que los busca porque son únicos. Y me metí en la cueva de La Moda de Ángel, en la que guarda faldones, camisetas, pantalones, faldas, leotardos, bragas, braguitas y calzones que han vestido desde 1800 a todos los niños del barrio. Y puse un poco de luz al reportaje en la tienda de Rubén, el mago de las lámparas maravillosas. Es capaz de hacer cumplir más de tres deseos y encontrar cualquier aplique por lejano que esté. Y a la hora de comer pasé por Tejidos Antonio. Tiene sábanas, manteles, mantas, colchas, servilletas, cortinas. Con sus colores viste las casas de los modernos, que a lo antiguo lo llaman vintage y lo vintage, ya se sabe, está de moda. Y acabé la tarde charlando con el mítico Casto en su mítico Palentino. 60 años dando de beber y comer a todo padre y todo hijo de vecino. Sus cañas  y sus sandwiches mixtos  no han variado el precio desde que inventaran los duros. Lo que no hayan visto sus ojos o no haya sucedido en los lavabos de su bar, no es historia.

Maxi, Ana y sus alpargatas centenarias

Maxi, Ana y sus alpargatas centenarias

Casto y su mítico Palentino

Casto y su mítico Palentino

Rubén y sus lámparas maravillosas

Rubén y sus lámparas maravillosas

Nines en su casa de la Calle Ballesta

Nines en su casa de la Calle Ballesta

Ángel y el niño del chocolate

Ángel y el niño del chocolate

La Sole solía decir que su nombre había inspirado multitud de poesías, miles de cuentos y cientos de telenovelas de final infeliz. La Sole, una mujer entrada en años y en carnes a quien conocí remangándose  antes de trabajar la masa de pan, solía ponerse en jarras al explicar que su mejor compañía era su nombre. No indagué en la razón de sus razones porque el reportaje era otro, pero hoy remango mi memoria para recuperar la suya y amasar sus palabras.

Y sí, mi Sole tenía razón: ‘soledad’ es uno de los vocablos más usado del diccionario. Esa palabra que solemos pintar de gris oscuro y rodear de espesa bruma. Soledad no lleva tilde pero pone acento a la emoción, y la emoción que acentúa suele ser de trazo grueso, mirada triste e infinitas trazas de coco rallado.

Qué queréis que os diga, a mí me gusta la Sole, me alegra su nombre. Si lo cerceno por la mitad con la cuchilla de cortar pan, obtengo un ‘sol’ y una ‘edad’. Luz y sabiduría. ¡Todo junto! Pero… ¡Qué placer separarse, retirarse, ahuyentarse, alejarse, incomunicarse, recogerse, escaparse, abandonarse, desaparecer(se), guarecerse…! Del todo y de uno mismo. A sorbitos o a lo bonzo.

Irse para después reaparecerse, retornarse, mudarse, regresarse y… transformarse. Acompañarse de la soledad es como meter el pan en el horno. Vuelves nueva, vuelves otra.

La cosa es que la frase que inspira este post tiene que ver con la Sole y con las cosas, esas que construimos, utilizamos, compramos, pensamos,  viajamos, descubrimos,  pisamos, miramos,  regalamos, amamos y… ¡Cuántas cosas podemos hacer de las cosas!

¿Qué sucede cuando son abandonadas? ¿Qué acontece si nos alejamos de los objetos? ¿Qué pasa mientras la muchedumbre se va? ¿Qué significado adquieren al ser devoradas por el tiempo?

´La soledad de las cosas’ es una muestra fotográfica que pone el foco en el efecto que sobre los objetos ejercen el aislamiento y el abandono. La exposición, en la que me expongo por primera vez como fotógrafa aficionada, ha sido posible gracias a que mis amigos Joaquín y Carlos han echado el agua y la harina. La masa comenzamos a trabajarla hace más de un año. En el entretanto ha habido tiempos de idas y de venidas. De marchas y vueltas. De miradas solitarias a través del visor. De búsqueda personal en la soledad del álbum de cada uno. Y luego, cuándo la masa estaba a punto,  llegó Juan ofreciéndonos cocinar nuestras soledades en su bar. Y la sal la trajo Dani,  diseñando todos los carteles para que luzca bonito. Si quieres acompañarnos, nos encontrarás hasta el 22 de noviembre en el Gastrobar ‘La Luna 22′ en Madrid.

Dicen que la soledad endurece y pule, ablanda y pudre. ¡Qué cosas tiene la Sole!

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Traigo una historia, un cuento. Y estoy en franca desventaja con quien me inspira porque esa persona me ha enseñado muchas cosas y tiene muchas más historias que contar. Yo tengo mucho tiempo qure recuperar, ponerme al día y compensar sus enseñanzas. Dicen que para contar historias no hay que ser buen escribiente sino mejor escucha. Hay estadísticas que hablan de que el 120% de las buenas narraciones no salen de la cabeza genial de un escritor: le entran por las orejas. Los escritores ordenan las palabras, les dan forma y las sacan a bailar.

Y quien inspira esta historia, bailaba y baila. Salía a hurtadillas de la casa de sus padres cuando llegaban las fiestas y, con ellas, el baile al pueblo. Allá por 1930, cuando llegaba la noche y mientras sus padres soñaban, se escapaba por la ventana de atrás para que no le robaran sus sueños. Porque entonces, cuando estrenaba juventud y le apetecía bailar, el baile de la mujer era cosa fea. Qué cosa.

La cosa es que tengo abuela. Y eso ya es más que buena cosa. Pero es que además de historias, mi abuela tiene una edad. Una edad de haber vivido un reinado, una guerra, una posguerra, una república, una dictadura, una transición, una democracia y otro reinado más. Palabras esas que ahora tanto usan los que cuentan, aunque no sepamos si cuenta su uso o si no es su uso lo que cuenta.

Volvamos, que lo que cuenta es mi abuela, una abuela que me cuenta que vivió todo eso sin casi salir del pueblo. Bueno, sí, salió a servir como otras muchas mujeres del valle. Así se llamaba entonces el empleo del servicio doméstico. Recién estrenada su adolescencia (si es que entonces había de eso) partió a Madrid a casa de ‘la señora’. A mi abuela le sirvió servir y después de servir volvió a su pueblo. En esa vuelta aprendió a no ser reina y puede que en algún baile bailara con Zacarías, mi abuelo. Decidió que sí, que tenía ya una edad y con él se casó.

Isabel y Zacarías. Zacarías e Isabel. Tanto monta monta tanto. Entre baile y baile encargaron nueve hijos. Llegaron siete. Todos especiales para su vida especial en la casa de adobe que da al arroyo. En la casa de la calle Zahurdilla. La casa con cueva donde envejece el vino y donde en verano se guardan las patatas al resguardo del invierno. En la casa de ida y vuelta a la guerra y la posguerra. Ella, estirando los garbanzos, repartiendo el somier, multiplicando la manta, plantando tomates o, con suerte, recogiendo pimientos y alimentando gallinas para dar de comer a siete bocas. La octava era la suya. Y, mientras, él iba y venía. Siendo vinatero, arriero y cabrero por los pueblos de la sierra de Ávila. Pastoreando su rebaño por los montes. Aquel entonces de colchón de lana, dio paso al después de somier con colchón de espuma y como el viscolástico no llegaba se quedó en colchón a secas.

Y hubo tiempos a secas y tiempos de húmeda espuma. Y en esa casa que da al arroyo, que tiene cueva y huerto han crecido sus siete hijos, se ha mecido apelotonada la risa de sus trece nietos o el llanto de trece biznietos. Ha habido tiempos de llantos y tiempos de risa. Tiempos de lluvia y tiempos de sol. Tiempos de idas y tiempos de vueltas.

En esa casa que da al arroyo, que tiene cueva y huerto, mi abuela sigue contando historias, en verano bajo la parra y frente a la lumbre en invierno. Y allí desmadeja el tiempo mientras teje labores y ganchillos. Con ella hemos sabido que meditar es concentrarse contando los puntos y deshacer los miles de líos en los que se mete la lana para ser manta, colcha, bolso o vestido. Con la abuela unos y otras hemos descubierto que internet y las redes sociales se inventaron a la fresca del portal. Que pueden cambiarse calabazas por melones o patatas por lechugas. Porque cuando el vecino está cerca -y esa es escuela de pueblo- uno da lo que recibe y luego recibe lo que da.

Y ahora que se invierte la historia y que los bolsillos se ajustan y nos empujan a volver a lo nuestro, a lo local, al campo, al pueblo, quienes aún tenemos la suerte de tener abuela y hemos probado el sabor de un tomate recién cortado de la mata sabemos cuándo regar es urgente y escardar es importante. Sabemos de la libertad de las puertas abiertas de par en par. Sabemos que los colores de la tele los inventó el paisaje y que los sonidos, sus paisanos. Las historias de mi abuela construyen el presente con el lenguaje de antaño. Me regaló la badila para fundir el ascua, o el artesón para amasar la uva o el alambique para aguardientes escondidos y embotellar damajuanas. Las historias bailan en lugares secretos y danzan en casas hinchadas de fotos enmarcadas con dolores en color o con fiestas en blanco y negro.

Mi abuela Isabel nació un 8 de julio de 1918 en San Esteban del Valle, una localidad de apenas mil paisanos escondido en el abulense Valle del Tiétar. Hoy, mientras el pueblo celebra sus fiestas de verano, ella cumple 96 años. Sus historias son valores. Cuentos de identidad. Cuando suenen las campanas, repique la fiesta y la plaza se llene de música, ella saldrá a bailar. Si te fijas bien, seguro que ves danzando sus diminutos pies sobre la arena. Feliz baile, abuela.

Foto: Silvia Sánchez

Amanece en San Esteban del Valle. Ávila.

(Este texto ha sido publicado en la revista anual que se edita con motivo de las Fiestas Patronales de San Esteban. La publicación carece de edición digital, por ello he querido insertarlo en mi blog).

Cuando el deseo de callar es más grande que la necesidad de contar, hay desequilibrios en suspense o equilibrios en claro suspenso. Y claro, el suspenso pica. Pica de rascar. Y si rascas, pica más. Las palabras que hoy me pican y que pico  para contar son las que he encontrado bajo el picajoso sol canario. Estaban ahí, juntas, apelotonadas, tendidas en la arena de la playa. Descansando frente al mar alicatado para el turista alemán, británico o nórdico de la Gran Canaria. Doce millones de blancos y rubios europeos pisaron el año pasado la capital del archipiélago del sol y la playa. Record batido. Este año va a más. Llega el verano y lanzamos  la caña para que vuelvan a picar. Y pican. Claro, porque el “made in Spain” ya picó la roca que bate el mar haciendo picadillo la ley de costas. Hay hoteles como caries en Las Palmas, Lanzarote o Tenerife (lo mismo da). Hay palabras de neón en los complejos del sur que han perdido el norte para intentar ganarlo.  Si caminas, ya sea rápido o lento, te topas con ellas: supermarket, shopping center, sales, coffee… El alemán ni lo pico, tanta consonante me rasca el cielo del paladar. 

El primer turista británico pisó Canarias cuando la costa de Las Palmas era una plantación tomatera. Hoy aquellos tomates son huertas de apartamentos y complejos muy complejos de gestionar. El ‘todo incluido’ hace su agosto de noviembre a mayo, temporada en la que el ‘guiri’ convierte Canarias en su invernadero. Pero claro, si el turista no sale del hotel hay restaurantes, taxis y mercaderes de excursiones que mueren en el ‘nada incluido’.

Y si picas, y confieso que he picado, encuentras familias (declaradas hay 53.000 en todo el archipiélago) viviendo única y exclusivamente de alquilar sus propias casas al extranjero. Familias ‘alegales’  que se enfrentan a multas de hasta 60.000 euros y que están perdiendo sus casas por no poder hacer frente a las sanciones. El gobierno canario persigue  a aquellos que subsisten del llamado  ‘alquiler vacacional’. Gran paradoja. ¿No hay turistas para todos?

Hay taxistas, camareras de piso, freganchines, hamaqueros, quiosqueros, gobernantas que hablan cinco idiomas. Todo por el turismo. Vendemos sol, clima, gastronomía, fútbol, playa, siestas, sangría, plátanos, aloe vera y  papas con mojo. ¿Pero qué vemos de ese milagro turístico que exportamos a bombo y platillo?

Cuando baja la marea, el océano deja a la vista otros picos: el pico del 33 por ciento de paro que ahoga Canarias, el pico que la convierte en la comunidad española con más desahucios o el pico que dice que es la zona con mayor número de familias que no llega a fin de mes. Y por poco que horades un poquito más, sale a flote todo un arsenal de vocablos canarios traducidos al lenguaje del monedero que rima con dinero. Desequilibrios suspendidos en un mar que calla más que cuenta.

 

Atardecer en la Playa de Maspalomas (Gran Canaria)

Atardecer en la Playa de Maspalomas (Gran Canaria)

 

 

Cartel de Aquel no era yo

Cartel de Aquel no era yo

Un periodista sin historia no es nadie. Un periodista sin resaca, tampoco. Lo dicen los manuales prácticos sobre periodismo. En mi manual, hoy, tenía pensado contar que el cortometraje Aquel no era yo se había llevado el Óscar. La noticia llenaría diarios, portadas, correría como la pólvora por los periódicos digitales, por los teléfonos móviles. El Ministerio de Cultura español colgaría la noticia en su página web y el ministro aparecería sonriente en los telediarios. En el mundo del cine, hoy, no se hablaría de otra cosa.

Resulta que la realidad -otra vez- supera la ficción y la noticia que yo quería contar no ha sido noticia. Helium, del danés Anders Walters se ha hecho con la estatuilla dorada al mejor corto de ficción. Pero tengo una historia, y aunque he tardado en verla porque no tengo resaca, me he decidido a escribirla.

Son más de 400 las personas que han trabajado en Aquel no era yo, el corto de mínimo presupuesto que se ha alzado como la única baza española en la Meca del cine. Ahí están Pepe, Gloria, Joaquín, Edu, Dani o Isabel. Sus nombres se suman, insisto, a más de 400 nombres que un día se dejaron llevar por la ilusión del madrileño Esteban Crespo, guionista y director del corto, y convirtieron el toledano pueblo de Escalona y sus alrededores en una parte de África. Entre todos transformaron una antigua granja de cerdos en el escenario de un conflicto armado para denunciar que los tiranos utilizan a menores como niños soldado. José Luis, el director de arte y del diseño gráfico, recreó una realidad sangrante. Ahí estuvieron Joaquín y Edu ofreciendo su ayuda para dar forma a las explosiones entre los vehículos  acorazados y el armamento que prestó el Ejército Nacional de Tierra.  Gloria, ayudante de producción, anduvo de cabeza los cinco días de rodaje. Con su furgoneta de Madrid a Escalona y de Escalona a Madrid llevaba y traía, traía y llevaba. Consiguió en las calles de Lavapiés que 80 personas de raza negra y de distintas etnias trabajaran como extras. Muchos eran menores así que llegaron acompañados de sus madres. Y al final, las madres y los extras repitieron, se quedaron, había que echar una mano.  Y todo sin un euro.

Sucedió a finales de octubre y principios de noviembre de 2011, antes y después del rodaje las lluvias arreciaban y, como por arte de magia, el sol salió durante esos cinco días. Sin sol, el rodaje no hubiera sido.  Luego, el montaje y, después, el estreno. Fue en la Gran Vía, en el Capitol, uno de los pocos cines que aún no ha mudado su piel a centro comercial. Lo recuerdo bien, la cola daba la vuelta a la esquina.

El corto se ha paseado por festivales y ha cosechado, además de un Goya, más de 90 premios nacionales e internacionales. La nominación al Óscar llegó por sorpresa. Después llegó Isabel, y Montse, su socia, desde Tilde Consultora dieron forma a la página web de “Aquel no era yo”. La promoción no ha parado.

Esteban, Álvaro, José Luis, Susana, David y quienes sí pudieron pagarse en febrero el billete de avión a Los Ángeles y después el viaje a Hollywood se han vuelto locos entre hispanos, americanos, contactos, entrevistas con agentes, visionados… Un mes de trabajo incesante con un objetivo:  cuantos más académicos vieran el corto, más posibilidades de ganar la estatuilla.

Desde entonces hasta hoy -la noche de resaca de los Óscar- varios cines han cerrado en España, el IVA sigue siendo un peaje muy caro para quienes quieren ver historias en la gran pantalla. La crisis acorta la mínima distribución de los cortos. La cacareada Ley de la Industria Cinematográfica no llega. Los políticos se sientan en otras butacas.

“Lo más duro es volver a ser tú mismo después de hacer lo que has hecho”, dice Juan Tojaka, -el niño soldado protagonista de Aquel no era yo-. Me quedo con su frase: elocuente, directa y redonda. Juan representa a Kaney, uno de los 250.000 menores obligados en el mundo a participar en conflictos bélicos. Juan es también uno de esos 400 locos que han hecho posible un sueño en versión corto, aunque esta noche Óscar no esté entre ellos.